La parodia de la parodia

Lo mínimo que uno podría esperar de las máximas autoridades del Estado es que proyecten seriedad en su actuar y que se abstengan de resbalarse en “travesuras de adolescente”.

La parodia de la parodia

No sumó nada para sí el presidente, Jimmy Morales, con vestirse de militar. Perdón, sí sumó. Y mucho. Pero sumó en materia de críticas, burlas y desconfianza. No recuerdo que Vinicio Cerezo haya hecho algo así. Pese a los intentos de golpe de que fue objeto y a las complicaciones propias de aquellos años de transición.

Tampoco lo hizo Jorge Serrano, con todo y su fallido rompimiento del orden constitucional. Mucho menos Ramiro de León Carpio, que antes de ser electo por el Congreso, había sido procurador de los Derechos Humanos. No lo hizo Álvaro Arzú, firmante de la paz, que por cierto tuvo una buena relación con Fidel Castro. Tampoco Alfonso Portillo, quien solía decir que amagaba con la izquierda, pero pateaba con la derecha, y viceversa.

No guardo en la memoria a Óscar Berger haciendo tal cosa. Ni a Álvaro Colom. Ni siquiera a Otto Pérez Molina, general y kaibil. Por supuesto, ni de chiste lo hizo Alejandro Maldonado Aguirre. Y eso puede explicarse fácilmente si revisamos las hojas de vida de cada uno de ellos. Porque todos, unos más y otros menos, eran políticos de profesión, vocación o de trayectoria. No es el caso del actual mandatario.

Coincido con Ramiro Mac Donald, experto en semiología, en que Morales, con su indumentaria camuflajeada, no le rendía ningún homenaje al Ejército, sino todo lo contrario. “Lo vi fuera de lugar”, dijo el académico. Y añadió que, más que un comandante general de las fuerzas armadas, parecía un funcionario que portaba un disfraz. De hecho, un jurista en cuyo criterio confío me dijo que hasta pudo haber incurrido en usurpación de calidades. Sin embargo, no considero lo anterior lo más grave de su osada vestimenta.

Lo primero que viene a mi mente es algo que mancha, inevitablemente, la presidencia de Morales. Me refiero al bono de sobresueldo de Q50 mil que recibió del Ministerio de la Defensa durante meses. Es cierto: Lo devolvió. Pero dudo mucho de que lo hubiera hecho si la información y los cheques no se hubieran publicado en la prensa.
No es lo único.

Aunque se afanó en negarlo cuando era candidato, Morales llegó al poder acuerpado por un equipo de militares, de los cuales hay varios a quienes la justicia ya les puso el ojo y a los que les está pisando los talones. Uno de ellos, prófugo. Y aclaro: No es pecado sentir atracción por los uniformes, los kepis y los galones. Pero cuando se es presidente de la República, es decir, símbolo de la unidad nacional, cuidar las formas es obligatorio. “La ropa comunica”, dice Mac Donald en su análisis.

Y si lo que Morales pretendía era lanzarle el mensaje a sus detractores de que, pese a sus debilidades, el Ejército lo respalda y lo arropa, se equivocó estruendosamente. Porque más que temor, lo que causa es pena ajena. Y también cierta angustia, por lo que sugiere en cuanto a su manejo emocional. Es de suponer, además, que adentro de las fuerzas armadas hay varios oficiales muy molestos por lo mal que queda la institución con estos episodios tan “vistosos”.

Los asesores cercanos del mandatario no parecen leer la realidad con suficiente agudeza. Y cobran un salario por empujarlo al abismo. ¿Cómo le justificarán a Morales la golpiza recibida en las redes sociales y en el teléfono abierto de los programas radiales? Además, luego de una seguidilla de errores que han desgastado su imagen, resulta imprudente y hasta irónico exponerlo a que se le asocie con uno de los personajes de sus años de comediante. Habrá quienes digan, en su defensa, que la prensa se fija en tonterías. Que hay otros temas más importantes para escribir o reportear. Y claro que los hay.
Pero en un momento de extrema polarización, de marcado desconcierto y de economía desacelerada,

Lo mínimo que uno podría esperar de las máximas autoridades del Estado es que proyecten seriedad en su actuar y que se abstengan de resbalarse en “travesuras de adolescente”.

Reitero: Nada de malo hay en que alguien, incluido el presidente Jimmy Morales, sienta admiración por los uniformes, los kepis y los galones. Pero se ve sumamente improvisado, y escolar, que el comandante general de las fuerzas armadas, condición que el mandatario tiene por voluntad popular, no permita (y hasta impida) que se le tome en serio como gobernante. Las carreteras siguen en crisis y no hay manera de que el gabinete se desintoxique de varios impresentables.

Aunque mejoramos en el nivel de advertencia de viaje en los parámetros de Estados Unidos, el aeropuerto La Aurora no vive sus mejores días. Como sociedad precisamos, lo antes posible, de señales que nos brinden esperanza de que el laberinto de corruptelas y de trampas algún día tendrá solución. El peligro del hambre, en su cruda versión de epidemia, nos acecha. Son innumerables las tensiones. Moraleja: Es urgente que el mandatario evite ser la parodia de la parodia.