Con 75 años, “se gana la vida” en medio de la oscuridad y el frío

A pesar de su edad y de su pobreza, conserva una sonrisa envidiable y un espíritu luchador.

Por Reina Damián y Omar Solís

La soledad y el frío de la noche se han convertido en los compañeros inseparables de Eva Evadista Beteta, los que la han visto ir y venir durante varios años.

Su mirada luce cansada, pero no solo por las más de 10 horas que trabaja todos los días, sino por la vida que le ha tocado, algo que parece indiferente para quienes a diario pasan a su lado, sin ni siquiera notar su presencia.

“¡Chocolate!, ¡papel!”, son las palabras que se mezclan con el sonido de los vehículos y los pasos de las personas que se apresuran a transitar por el solitario y peligroso lugar.

“Con unos 20 quetzalitos que gane ya es algo para mi comida”, dice la anciana, que a pesar de su edad (75 años) y de su pobreza, conserva una sonrisa que muchos desearían tener.

Doña Eva, de baja estatura y complexión delgada, ubica su humilde venta sobre el puente El Trébol, frente a la estación del Transmetro, uno de los puntos rojos de la Ciudad.

En ese lugar, alrededor de las 10 de la noche termina su jornada laboral, que comienza horas antes en Ciudad Peronia, donde lava y plancha ropa ajena, para luego movilizarse por más de 10 kilómetros para continuar “ganándose la vida”.

Para ella no hay descanso, ni siquiera cuando llueve o hace frío. “Hoy vine tarde porque perdí mi sombrilla en el bus, regresé a buscarla pero no la encontré. He vendido 20 quetzalitos, gano poco pero es algo”, dice, satisfecha por su ganancia.

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Sin embargo, su edad y la pobreza que se refleja en su vestimenta, bufanda, calzado de plástico, un gorro y un suéter desgastados, no la ha librado de la delincuencia.

“A veces se pasan llevando el papel, pero qué puedo hacer”. “No tengo miedo, he trabajado en esto desde hace años, los policías me regañan, me dicen que ya no trabaje”, cuenta la anciana, que vive con uno de sus hijos, quien le pide que ya no venda, “pero la verdad hay necesidad, además yo si no trabajo me muero”, agrega.

Doña Eva comienza el retorno a casa a altas horas de la noche. Aborda una unidad de transmetro y en la Aguilar Batres toma un bus que la lleva hasta Ciudad Peronia.

Cada vez que puede va a la iglesia, en donde se aferra a su fe. Así que, si algún día pasa por el puente de El Trébol, entre las 18 y las 22 horas, seguramente la verá ofreciendo papel higiénico y chocolate instantáneo.

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