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En los últimos meses, las calles de Nueva York, especialmente en el vibrante distrito de Queens, se han convertido en el escenario de una controversia que mezcla gastronomía, leyes locales y sensibilidad cultural. La aparición de puestos ambulantes que ofrecen cuy asado (guinea pig), un plato emblemático de la región andina —principalmente de Ecuador y Perú—, ha provocado una oleada de reacciones encontradas entre residentes y autoridades neoyorquinas.
Para la comunidad de inmigrantes ecuatorianos en barrios como Corona y Jackson Heights, el cuy no es solo alimento; es un símbolo de identidad y una fuente de proteína alta en valor nutricional y baja en grasas. Sin embargo, para gran parte de la sociedad estadounidense, este animal es percibido exclusivamente como una mascota doméstica, lo que genera un fuerte rechazo visual y ético al ser observado en asadores públicos.
Los hechos han escalado debido a las estrictas regulaciones del Departamento de Salud de Nueva York. Aunque la ciudad ha avanzado recientemente en la despenalización de la venta ambulante con la Ley Local 122 —que busca evitar arrestos por falta de licencias—, las normas de higiene siguen siendo rigurosas. La venta de alimentos preparados en barbacoas improvisadas sobre la acera a menudo carece de los permisos sanitarios necesarios, lo que ha llevado a las autoridades a decomisar productos y aplicar multas que pueden alcanzar los 1,000 dólares.
A pesar de las críticas por el impacto visual y las preocupaciones de bienestar animal, el mercado del cuy sigue creciendo. Restaurantes establecidos en la zona ya lo ofrecen en sus menús por precios que rondan los 110 dólares, demostrando que, más allá de la polémica callejera, existe una demanda real y un negocio en expansión que desafía las fronteras culturales de la metrópoli.
