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La Copa Jules Rimet, concebida originalmente como la “Diosa de la Victoria” y diseñada por el escultor francés Abel Lafleur, no es solo un objeto de plata esterlina bañada en oro; es el símbolo primigenio de la historia de los mundiales. A lo largo de su existencia, este trofeo ha transitado por episodios cinematográficos, protagonizando relatos de heroísmo, negligencia y misterio que perduran en la memoria colectiva de los aficionados al deporte rey.

El primer gran desafío para el trofeo ocurrió durante la Segunda Guerra Mundial. Tras las victorias de Italia en 1934 y 1938, el trofeo quedó bajo la custodia de la Federación Italiana de Fútbol. Ante el avance de las fuerzas nazis, Ottorino Barassi, vicepresidente de dicha entidad, tomó una decisión audaz para proteger la pieza histórica: trasladarla fuera de las bóvedas bancarias y esconderla en una caja de zapatos debajo de su cama. Este acto de valentía permitió que el trofeo sobreviviera al conflicto bélico, preservando el legado de las primeras citas mundialistas.
Sin embargo, el destino de la Copa Jules Rimet dio un giro dramático en 1966, en el preludio del Mundial celebrado en Inglaterra. Mientras era exhibida en el Central Hall Westminster en Londres, el trofeo fue sustraído, generando una crisis de seguridad sin precedentes para Scotland Yard. La resolución del caso llegó de manera inesperada cuando un perro de raza collie llamado “Pickles” localizó el trofeo envuelto en papel de diario en un jardín. Este hallazgo permitió que la selección inglesa, tras coronarse campeona, pudiera alzar el trofeo original.
El capítulo final y más sombrío de esta historia ocurrió en 1983. Brasil, habiendo ganado el derecho a quedarse con la copa de forma definitiva tras sus tres títulos (1958, 1962 y 1970), la mantenía en exhibición en la Confederación Brasileña de Fútbol en Río de Janeiro. El 19 de diciembre, un robo liderado por el joyero argentino Juan Carlos Hernández marcó el fin de la existencia física del objeto original. Aunque las autoridades lograron capturar a los responsables del atraco, el trofeo nunca fue recuperado. La teoría más aceptada y persistente sugiere que la pieza fue fundida en lingotes de oro dentro de una favela, dejando como único vestigio real la base original de lapislázuli, que aún se conserva. Hasta la fecha, el paradero del oro que alguna vez formó a la “Diosa de la Victoria” sigue siendo uno de los enigmas más grandes de la historia del deporte mundial.
