Don Douglas Monzón, una vida a punta de hilo y aguja

Don Douglas comenzó en el oficio desde los 13 años, cuando el auge de las sastrerías en el Centro Histórico en su máximo esplendor. Pero el negocio ha caído debido al surgimiento de las pacas y maquilas.

Por Esvin Lopez
Foto: Edwin Bercián
Don Douglas Monzón, una vida a punta de hilo y aguja

Con más de 40 años de experiencia, don Douglas Monzón atiende todos los días desde las 8 de la mañana a sus clientes con una sonrisa en el rostro y con la amabilidad que le caracteriza en su negocio "Confecciones Monzón", ubicado en la 12 avenida y 20 calle, esquina, de la zona 1.

Douglas Monzón Foto: Edwin Bercián

Su padre le enseñó un poco sobre el oficio, comenta. Sin embargo, fue en la década de los años 1970, a la edad de 13 años, cuando comenzó a aprender todo sobre la actividad sartorial en la sastrería "Calín", ubicada en la antañona 10a. avenida, entre 17 y 18 calle, siempre en la zona 1.

"Ahí trabajé 11 años, el maestro me enseñó a cortar, a hacer sacos y todo lo demás. Se llamaba Carlos Yat y falleció el año pasado", reflexiona don Douglas.

37 años en el mismo lugar

Sin embargo, luego de más de una década de ser dependiente, decidió adquirir los derechos de lo que ahora es su propia sastrería.

Aquí abrí el 6 de enero de 1981, hace 37 años ya", asegura.

Confecciones Monzón Foto: Edwin Bercián

¿Qué fue lo primero que confeccionó?

Fue un pantalón en sastrería "Calín". Luego aprendí a hacer chalecos.

¿Aparte de su señor padre, algún otro familiar se dedicó al oficio?

Dos hermanos también se dedicaron a esto, pero uno falleció hace 4 años.

¿Recuerda algún pasaje jocoso o algún problema con clientes?

Nunca tuve mayores problemas, los clientes siempre se han ido satisfechos, asegura.

Douglas Monzón Foto: Edwin Bercián

 

Tengo clientes que vienen desde distintos departamentos, de Jutiapa, de Petén".

Aunque sí tuve un inconveniente pero fue causa a un operario que tenía. Un cliente encargó la confección de dos pantalones para su hijo, venía desde Amatitlán.

Como casi no me encontraba aquí, llamé a mi operario para ver cómo iba el trabajo y me contestó que estaba casi listo. A media semana lo volví a llamar y me dijo que solo faltaba plancharlos. Pero el jueves, un día antes de la entrega, se me olvidó por completo llamarlo y cuando llegó el cliente aún no estaban listos y se enojó bastante.

Le ofrecí que llegara el sábado y no quiso. Le ofrecí que le devolvía el dinero de la tela y tampoco quiso. Finalmente, solo le cobré lo de la confección de un pantalón y eso sí lo aceptó.

Esa vez le costó el trabajo al empleado, el cliente tenía la razón.

Sobre el oficio

Don Douglas comenta que ocupa cerca de 3 horas para elaborar un pantalón. Mientras que para la confección de un traje completo se lleva de dos a tres días. Esto incluye que el cliente se lo llegue a tallar para hacer arreglos finales.

En cuanto a los precios, un pantalón tiene un costo de Q225, incluyendo la tela. Un traje, saco y pantalón, tiene un precio de Q1 mil.

Douglas Monzón Foto: Edwin Bercián

¿Cómo ve actualmente el negocio de las sastrerías y sartoriales?

Ahorita bajó un 80%. Cuando yo me pasé aquí, en el año 1981, desde la 18 calle hasta antes de llegar del estadio estaba lleno de sastrerías. Nos daban las 11 de la noche y nosotros seguíamos trabajando.

Había bastante trabajo. Con decirle que para el 15 de noviembre era la última fecha que recibíamos trabajo, de ahí hasta el 15 de enero.

¿Por qué cree que la situación está así?

En primer lugar, la economía. Pero también la ropa de paca y las maquilas han afectado la labor de los sastres. Hay pacas exclusivas de trajes y a veces nos toca hacer reparaciones porque no les quedan ajustados.

Esto es lo que sucede con el gremio de zapateros, por ejemplos, debido a las ventas en las pacas. Pero gracias a Dios siempre hay trabajo.

¿Y sus hijos no siguieron con el oficio?

Fíjese que no, tengo 3 varones y una mujer, pero cada quién siguió una profesión distinta. A ninguno le gustó la sastrería, en el caso de los varones, ya que las mujeres elaboran vestidos como modistas.

Tengo una anécdota con el mayor. Fíjese que una vez me vinieron a dejar un pantalón de casimir y mi hijo estaba pequeño. Tomó la tijera y lo cortó, y en ese entonces, tal como ahora, la yarda de esa tela es carísima. Tuve que hacerle un zurcido invisible (ríe).

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