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Kimberly: Una joven víctima del atentado en el San Juan de Dios

El 10 de marzo de 2015, un atentado en el Hospital San Juan de Dios se cobró la vida de varias personas, entre ellas la de una joven entusiasta: Kimberly. A un año del incidente, sus padres nos cuentan detalles de cómo era “Kim”, y cómo una chica inocente y trabajadora luchó por vivir.

Podemos imaginar a Kimberly, de niña, corriendo por toda la casa. Era alegre, atrevida, risueña, nada tímida. Fue la primera de tres hijos que tuvieron los esposos Sully y Luis Ruano. Sus ojos grandes y cabellos lisos le daban un toque de ternura, pero gozaba de un carácter fuerte. Cuando se proponía algo, lo lograba. Era una pequeña líder en la familia. Defendía y protegía a sus hermanos Andrés y David. 

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Cuando cumplió 15 años, sus padres se lo celebraron a lo grande. Además de misa y un vestido bonito, hubo marimba, música disco, buena comida y la sorprendieron con una limusina que llegó a traerla a la puerta de la casa. Kimberly bailó tanto aquella noche, recuerda su mamá, que hasta se quitó los zapatos para seguir bailando.

Cuando se graduó de secretaria bilingüe del colegio Sagrado Corazón, sus aspiraciones crecieron. Entró a estudiar veterinaria en la Universidad de San Carlos. Tuvo que abandonar sus estudios, pero nunca su amor por los animales. Cuando la perra de la casa tuvo ocho cachorros, ella quería quedarse con todos, pero sus papás consiguieron que conservara solo uno y a la madre.

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Había en casa, eso sí, una reina. Su gata, “Pelusa”, su consentida durante 12 años. Aquella gata de color negro y blanco tenía el privilegio de subirse a la cama y ocupar los espacios de Kimberly.

Debido a que nunca había tenido un trabajo formal, si no algunos eventuales (por ejemplo, fue acomodadora de Todoticket), Kimberly se sintió inmensamente feliz cuando la llamaron de una empresa de colocación para informarle que sería aceptada como secretaria en el departamento de Epidemiología del Hospital San Juan de Dios. Su padre recuerda que en aquel momento podía elegir entre dos empleos, pues al mismo tiempo le daban la oportunidad en un call center. Optó por el hospital.

Ganaría un poco menos, pero tendría un horario más favorable, menos riesgoso. Así que empezó a trabajar a mediados de enero del año pasado. Amaba su trabajo. Y también amaba los panes con chile. Le compraba uno por la mañana a una señora que los vendía en la puerta del hospital.

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En poco tiempo, Kimberly se ganó el cariño de muchas personas. Le gustaba ayudarlas. Las pacientes que venían de otros departamentos del país, ya la conocían. Era una joven excepcionalmente simpática, amigable, que atendía con entusiasmo.
La mañana del 10 de marzo de 2015, Kimberly salió a la puerta del hospital a comprar su pan. Como siempre, conversó sonriente con la señora que los vendía. Sucedió lo inesperado.

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En cuestión de segundos, el estallido, los gritos, las heridas. Kimberly tuvo un instinto protector. Cubrió con su cuerpo a la señora de los panes. Las dos cayeron al suelo, pero una esquirla se incrustó en la cabeza de la joven. Así comenzaron 53 días de un terrible sufrimiento, para ella y para sus padres.

Tuvieron que inducirle un coma, le hicieron una traqueotomía, una craneotomía, entre otras cirugías. En todo ese tiempo, Kimberly no estuvo sola. Los médicos, el director del hospital, las enfermeras, el personal de laboratorio, el administrativo, todos estuvieron al tanto de su salud. Su madre nos cuenta que la atendían con gran esmero, no le hizo falta ni un especialista.

Todos los días le echaban cremas para evitar ulceraciones. Parecía mejorar, estaba a punto de ser dada de alta, pero no sobrevivió a una infección y el 3 de mayo de 2015 falleció de un paro cardiorrespiratorio. Su funeral fue muy concurrido. Amigos, familiares y vecinos ocuparon varias salas y pasillos de la funeraria.

En su casa, su familia conserva vivo el recuerdo de aquella niña sonriente, muchacha hacendosa, joven feliz que se esmeraba por hacer un buen trabajo. En aquella casa, alguien ronda por el patio sin entrar a la casa, es su gata. Cuando Kimberly la consentía, “Pelusa” entraba sin pedir permiso, a toda hora; desde que no llegó, se volvió huraña, no entra al cuarto, come y se va.

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Con los perros, sucede algo distinto. A veces, en la terraza, de madrugada pareciera que alguien juega con ellos, tal como cuando Kimberly volvía del hospital y los llenaba de besos.

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