“Llanto de llantas”

Luis Felipe Valenzuela
"Pasivamente enfurecidos. Así vivimos aquí. Bumper con bumper. Enardecidos de parsimonia."
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Hoy desperté pensando en el tráfico. Era de noche aún. O, para ser exacto, todavía estaba oscuro. El reloj marcaba la hora del taladro; ese taladro tan rigurosamente puntual que suena de lunes a viernes, cuando la madrugada está más fría.

Fue una especie de alivio abrir los ojos. La pesadilla me asediaba en la tediosa lentitud de un embotellamiento. El de todos los días. Quise dormir otros 10 minutos. Soñar con praderas. Eludir la prisa. Pisar, en el quinto sueño, un acelerador sin ataduras y abrirme paso en la autopista infinita. No fue posible. Apenas me alcanzó el tiempo para una ducha que más pareció sobresalto. Uno sabe que los segundos cuentan cuando debe enfrentar a ese monstruo de mil volantes. El que nos condena al cotidiano trayecto del agobio. Pienso que el tráfico es como mi familia. Educa a mis hijos. Atormenta a mi mujer. Desquicia a mis amigos. Y es también un maestro en el rabioso arte de la ansiedad. Esa ansiedad que, a fuerza de impotencia, se disfraza de resignación.

Me quedan casi tres horas en este tráfico infernal. Siento que me la paso más aquí que en el resto de mi vida. “El tiempo perdido hasta los santos los lloran”, dice mi mamá. La fila interminable de carros, en esta oscuridad matinal, es un llanto de llantas. Las lágrimas de gasolina que cuestan caro. El gimoteo que desgasta el motor de nuestras ilusiones. El que nos desmantela, sin opción real al enderezado y pintura.

Suena la bocina de un tráiler. Es estruendosa y ordinaria. Los autómatas sabemos que ese ruido es inútil. Que, aunque nos aturda los oídos con su necedad, nada cambiará. Es otro taladro. Hay un accidente reportado un kilómetro adelante. No cambia demasiado el panorama. Igual, es eterno lo que viene.

El tráfico es mi confidente. Sabe todo de mí. Y también es parte de mi trabajo. Mi horario laboral lo incluye, pese a que el cheque que cobro ignore el esfuerzo invertido en su fábrica de aburrimiento.

No sería mala idea conspirar contra esta dictadura del atasco. Me veo, por momentos, armando barricadas para impedir que el tráfico llegue a mí. Imagino al tirano doblegándose frente a la protesta, invitándome a abordar un tren de alta velocidad para llevarme hasta mi destino. Pero no encuentro eco en el resto de oprimidos que saturamos las rutas de acceso a la ciudad. Ellos, como yo, son buenos para despotricar, pero pésimos para organizarse. Y eso nos condena a estas interminables rutinas cargante inercia.

El tráfico es el reflejo de este país que tanto me duele: cada vez más poblado y cada vez con menos esperanza. Hace 30 años yo creía que podíamos aspirar a un decoroso transporte público. También creía que la democracia iba a consolidarse y que traería consigo un civilizado bienestar. Pero tanto la democracia como el tráfico se nos fueron de las manos. Y con ellos, el país. Nuestro desarrollo es un estancamiento que sufre de severa congestión nasal. Es la crónica de un atolladero anunciado.

El taladro diario de la corrupción nos pone contra las cuerdas. Y nos enfurece pasivamente con sus maniobras que enaltecen el descaro. Pasivamente enfurecidos. Así vivimos aquí. Bumper con bumper. Enardecidos de parsimonia.

He decidido entablar una relación clandestina con el tráfico. Pero no es fácil echarla a andar. Por más que busco, no hallo un sitio baldío para huir de quienes no aprueben mi despropósito. Y si el tráfico se enloqueciera conmigo y me impusiera una relación tormentosa, no habría donde esconderme de él. Y, entonces, se volvería una pesadilla adentro de mi pesadilla. Como una afrenta vial que se repite sin cesar.

La madrugada ha vuelto. Despierto del mal sueño de dormir con el tráfico que me espera. Y no hay opción. La cama me pide el cuarto. Son las cuatro y media de la mañana. El taladro es rigurosamente puntual. Me toca el llanto de llantas.

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