“La mano del trapecista”

Luis Felipe Valenzuela
"Así han vivido desde jóvenes. Nada va a cambiar. Ambos son como son. Y así, hasta que alguno de los dos se vaya."
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Son dos hermanos. Ella, Ofelia, es amargada y criticona. Acaba de cumplir setenta. Sus doce rentas la hacen sumamente adinerada cada fin de mes. No tiene descendencia a quien dejarle su fortuna. Él, Carlos, es divorciado y entusiasta. Solvente en sus finanzas por las tres casas que heredó. Es cuatro años menor que ella. Tiene cuatro hijos, producto de dos matrimonios.

Este mediodía van juntos a firmar un asunto legal que les incumbe. Venderán la última propiedad que les queda en común. El abogado les pide un par de horas más. Necesita completar una papelería y, para ello, los cita justo después del almuerzo. Están lejos de casa. Lejos por tráfico. Carlos propone comer en un afamado lugar de carne que está en el área. Ofelia rechaza la idea con una reacción automática. Su hermano insiste. Ella vuelve a hacer mala cara. “Es urgente arreglar hoy mismo este asunto”, dice Carlos con cierta autoridad. De mala gana, Ofelia accede. Es la de nunca acabar. Dos visiones distintas y distantes de la vida.

Ya están sentados, uno frente al otro. Al ver la carta, ella se escandaliza. “Aquí te arrancan un ojo de la cara por un pedazo de lomito”, dice entre dientes. Él finge no oírla y pide un puyazo importado sin fijarse en los precios. Hay mucho ambiente en el restaurante. Es uno de los de moda. Abundan los conocidos que se saludan entre sí. Es la farándula del ocio gastronómico. El quién es quién del “qué lindo verte”.

El mesero se aparece con las bebidas y lleva una entrada de cortesía. Caldo de res con cilantro. Carlos decide añadir pan con ajo a la orden. Su hermana, incómoda, opina que se le va la mano en la cantidad de comida. Llevan los platos. Predomina el silencio entre los hermanos. Carlos come con gusto y acompaña sus viandas con un par de whiskeys. Ofelia apenas se toma un vaso de agua. Mientras tanto, el bullicio sigue. Celebran un cumpleaños en un salón contiguo. El mesero pregunta si todo está bien y les ofrece postre. A Carlos se le nota la disposición; Ofelia contesta que “ni de chiste”. Piden la cuenta. Es hora ya de ir donde el abogado para consumar la venta de la última propiedad que les queda en común. Una casa antañona del patrimonio familiar de la que van 60/40, con ella de socia mayoritaria. Ambos recibirán varios miles por el negocio.

Llegado el momento, Carlos paga y le dice a su hermana que espera que le haya gustado la comida. Ofelia, entre aliviada y molesta, le responde con palabras que le salen del alma: “De haber sabido que ibas a invitarme, me habría gozado este pedazo de lomito que costaba un ojo de la cara”. Él sabe que, en el fondo, su hermana sufrió todo el almuerzo pensando que le iba a tocar desembolsar la mitad de la cuenta, con el agravante de que ella se abstuvo de pedir un vino o una ginebra, con tal de no gastar. No la entiende. Y le riñe por no darse gustos. “Solo con la iglesia eres generosa”, Ofelia. “Te vistes con ropa raída. Tus zapatos están casi rotos. Le pagas muy poco a tus empleados. Regalas siempre baratijas. Prefieres sufrir a comprar medicinas”. Ella se abstiene de contestar. Y si lo hace, apenas deja que sus palabras se entiendan. Farfulla, nada más. Así han vivido desde jóvenes. Nada va a cambiar. Ambos son como son. Y así, hasta que alguno de los dos se vaya.

Salen del restaurante. En la puerta se encuentran con un viejo conocido: Es uno de los doce que le pagan renta a Ofelia. Uno de los doce que, mes a mes, engrosan su cuenta bancaria; la de los millones acumulados. Esos millones que quién sabe quién, en la iglesia, despilfarrará cuando ella se muera. Carlos ve la escena y siente cierta compasión por su hermana. Rumbo a la oficina del abogado, un niño se acerca a pedirles limosna. Él piensa: A los pobres les faltan muchas cosas; a los avaros les falta todo. Un flashback de la infancia lo asalta. Es en un circo. Ofelia está a su lado. Ven juntos al acróbata con su mano aferrada al trapecio. Aferrada la mano. Como ella al dinero.

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