Opinión

"Hora del tercer vodka"

Aquí desfilan por las noticias y por las redes los “miniPutins” locales. Los cínicos y sinvergüenzas"

Vladimir Putin enciende la televisión. Ve las noticias. Sus noticias. Las que él controla. Se sirve un vodka. Se lo sirven. Llega uno de sus consejeros y celebra con él. ¿Qué celebran? Nada. La guerra es un desastre para Rusia. No les va bien en el campo militar y el repudio del mundo civilizado se multiplica en su contra. Sin embargo, Putin sigue como si nada. Y masacra civiles con sus drones iraníes; los drones suicidas. Ya lo hizo antes con sus bombardeos inclementes y sus cruentas ofensivas de infantería. Nadie de sus cercanos se atreve a cuestionarlo. Saben de sobra que, si lo hacen, terminarán congelados en Siberia o bajo tierra. Así es el estilo de los dictadores más despiadados. Y Putin lo es. Causa tragedias y no le importa. Se inventa argumentos sin sentido para justificar lo injustificable. Y se permite el tenebroso lujo de poner en riesgo a la humanidad, con la amenaza de oprimir el botón nuclear.

Pero con todo y sus infamias, Vladimir tiene seguidores. En su país y en Occidente. Gusta a quienes añoran a Stalin y a quienes veneran a Trump. A los que suspiran por “el hombre fuerte”. Aquí abundan los abanderados de ambas divisas. Aunque se odien entre sí. Al final, trabajan para el mismo amo: la polarización.

Cuando Putin se sirve otro vodka (se lo sirven), no piensa en la crisis que genera alrededor del mundo, con esa guerra inútil que se sacó de la manga. No repara en la gente que aguantará frío en el invierno que se aproxima, por la destrucción de la infraestructura energética propiciada por sus tropas. Tampoco se preocupa por las familias de clase media en América Latina (o en el Reino Unido) que hacen milagros para no sucumbir antes de fin de mes. Mucho menos por el vendedor de fertilizantes de Chimaltenango que padece por los altos precios de lo que comercia.

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Para Putin, reclutar soldados es un parque de diversiones. El carrusel de la matanza lo excita. El tobogán de las ciudades arrasadas lo emociona. El ir y venir de los que huyen de sus hogares en Ucrania lo ve como una divertida montaña rusa.

Aquí desfilan por las noticias y por las redes los “miniPutins” locales. Los cínicos y sinvergüenzas. A ellos tampoco les quita el sueño que muchos pierdan la vida por el hambre o que, por desesperación y desesperanza, se vean obligados a huir a Estados Unidos. En eso se parecen mucho a Maduro. A él nunca le inquietará que millones de venezolanos, con tal de librarse de su oprobioso régimen, prefieran sufrir penalidades inenarrables en la selva del Darién, o pasar varios días sin comer en países como Guatemala.

Escapan también del reino gobernado por Vladimir quienes no quieren someterse a los horrores de la guerra. Dramático leer los relatos acerca de jóvenes rusos que cometen execrables crímenes contra civiles ucranianos, posiblemente enloquecidos por este enfrentamiento tan innecesario. ¿Por qué en vez de estar en la universidad tienen que ir a pelear esta guerra de Putin, que en el fondo ni les va ni les viene? ¿Por qué la decisión de un insensato sega tantas vidas y deja a tantos niños huérfanos?

Se añade un general a la reunión. Le lleva a su jefe un par de datos desde el frente de batalla. No son alentadores. Se los comunica con miedo. Igual, son números maquillados. El militar teme represalias si suelta la cruda realidad. Putin hace como que lo oye. En el fondo sabe que no es cierto lo que le cuentan. Pero le da lo mismo. Llegará hasta donde tenga que llegar, porque su ego (o su locura) no le permiten asumir su obstinación asesina. Es idéntico a los “miniPutins” locales. Y a Maduro. Y a todos los que juegan en esa “liga de la injusticia”.

Vladimir dice ser nacionalista. Asegura que ama a su país y que quiere “volver a hacerlo grande otra vez”. Su consejero y el general lo adulan. Es por temor, no porque lo admiren. La botella está a la mitad. La mesa es larga. Es hora del tercer vodka.

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