“Dar gracias por un asalto”

Luis Felipe Valenzuela
"La vida no suele recompensar las acciones de buena voluntad de una manera tan inmediata."
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Daniel iba regresando del banco. Acababa de pagar su tarjeta de crédito. De lejos la vio. Era una anciana con bastón. Tendría tal vez unos 80 años. Su aspecto la evidenciaba como una mujer de escasos recursos. Posiblemente sola en la vida. Quién sabe qué andaría haciendo por ese barrio acomodado de la ciudad. Cuando la tuvo cerca, ella le pidió limosna. Era previsible. Y Daniel sabía que iba a dársela desde que la divisó. Sacó su billetera y la revisó, buscando un billete de 5 o, a lo sumo, de 10 quetzales. No encontró ninguno de esa cantidad. Solo tenía uno de 100. Le dijo que no llevaba sencillo. Ella le contestó el “Dios lo bendiga” de rigor. Él siguió su camino. Pero no se sintió bien al alejarse de aquella mujer. Pensó: “¿Qué mal no haberle dado los 100 quetzales?”, “¿Qué son 100 quetzales para mí y qué pueden ser para ella?”. No dudó más. Algo en su intuición le dijo que ese dinero tenía que ser puesto en las manos de la anciana. Así lo hizo. Con paso firme regresó y, sin mayor ceremonia, le entregó el billete. Solo alcanzó a oír el “que Dios se lo multiplique”, a lo que respondió con un gesto amable. Le bastó. Al darse la vuelta para seguir su caminata sintió que se quitaba un peso de encima. El peso que, según él, hubiese significado no ejercer la generosidad cuando la vida le daba la oportunidad de hacerlo. Ya lo mencioné: el barrio es de gente adinerada. No suele haber asaltos por allí. Pero, en este país, cualquier sitio es bueno para un atraco, sobre todo cuando la inflación aprieta y los gobernantes no dan buen ejemplo. Justo antes de llegar a la esquina un casi niño le preguntó la hora. La señal era inequívoca. Cuando vio el puñal en su mano derecha no vaciló en entregarle la billetera. Lo hizo sin pensar. El ladrón la recibió con nerviosismo de principiante y se echó a correr. No le exigió su celular ni su reloj. Tampoco lo intimidó más de la cuenta.

Daniel tomó el exabrupto con una extraña paz. Previsor que es, se había guardado sus documentos personales y la tarjeta de crédito en el bolsillo de la camisa. En síntesis, con el robo de su billetera solo perdía un pedazo de viejo cuero y la estampita con la imagen de San Martín de Porres que le había regalado una antigua novia.

Daniel se imaginó lo mal que se hubiese sentido si, en vez de hacerle caso a su corazón y caminar de vuelta para entregarle el billete de 100 a la anciana, se lo hubiera quedado con la lógica de que las limosnas deben ser magras por naturaleza. Es decir, estrictamente lo que sobra de lo que sobra.

La vida no suele recompensar las acciones de buena voluntad de una manera tan inmediata. A veces pasan años antes de que algo que uno comparte le regrese en forma de retribución. Pero la vida siempre devuelve lo que uno da. Lo bueno y lo malo.

Ya en su apartamento, Daniel se sumergió en la cobertura de la muerte de la reina Isabel II. Era fan de “The Crown” y también había leído mucho acerca de sus ejecutorias como monarca. La consideraba menos conservadora de lo que la pintaban. Le gustaba especialmente el dato incluido en un artículo del genial Enric González, en “El País”. Era este: Mientras Margaret Thatcher consideraba a Nelson Mandela un terrorista, Isabel II había mantenido contactos indirectos con él, cuando este purgaba cárcel por oponerse al apartheid. Daniel se dijo en voz alta: “Y pensar que la Reina le sobrevivió 25 años a Diana”. Se sirvió una copa de vino. Al ver cómo caía la tarde, se preguntó cuántos humanos dejan pasar las oportunidades de ser generosos por pura mezquindad aprendida. Asumió también las innumerables veces en que él mismo había sido egoísta en situaciones que ameritaban bondad y nada más que bondad. Siguió leyendo más notas de prensa acerca del fallecimiento de la Reina. Vio una docena de obituarios emitidos desde diferentes partes del mundo. Recordó entonces a la anciana a la que le había regalado 100 quetzales. Seguro le había hecho el día. Y pensó también en la decepción del joven asaltante que se llevó su billetera sin nada de efectivo adentro. “Por lo menos le quedó la estampita de San Martín de Porres”, se dijo con ironía.

La siguiente frase que leyó era del corresponsal de la “BBC” en Buckingham: “Este es el momento en que la historia se detiene”. Meditó para sus adentros: ¿Cuándo se detendrá la historia de Guatemala para darnos un alivio? Y así arribó a la dramática conclusión de que, aunque no le gustaban para nada las monarquías, las veía preferibles comparadas con un país donde, cada cuatro años, un nuevo rey se instala para seguir burlándose de la miseria de millones. Un nuevo rey que, con sus desmanes y abusos, propicia de la peor manera que en las calles abunden las ancianas pidiendo limosna y los casi niños asaltando.

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