“Viendo llover, lloviendo al ver”

Luis Felipe Valenzuela
"Ver la ventana con lluvia al fondo. Hacer memoria de tiempos mejores. Agradecer la paz que llegaba hasta la puerta con toda generosidad. Aquello que dolía, pero gustaba. Aquello que gustaba aunque doliera. Aquello que del puro gusto hizo capitular al dolor."
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Ver la lluvia desde una ventana. Verla caer sobre lo cotidiano de la premura y del sobresalto. Verla congestionar motores. Verla relatar el desmoronamiento de un país. (No hay interés por defender la democracia. Da lo mismo lo que venga. Asfixiar al enfermo ya moribundo, solo por el placer de mancharse las manos y proclamar que la muerte no fue natural. La historia retrocede con saña. Ayer era rudimentario el entretenimiento. Hoy es digital. Solo cambia la manera de endosarle el cheque a la indolencia).
Sigue lloviendo afuera. Y el aguacero sugiere un temporal que de temporal no tiene nada. Y los charcos se confabulan para escamotear las heridas del asfalto. Y los drenajes se visten con los andrajos del abandono. El ruido de la ciudad guarda un silencio cómplice junto con la estridencia del saqueo. (Es burdo y decadente el espectáculo que montan a diario los funcionarios de la perversidad. Los fariseos de la cosa pública. Los saltimbanquis de la aldea electoral. Implantarán toque de queda a las ideas afines que desafinen su ideario sin ideas. Decretarán estado de sitio a cualquier asomo de lucidez. Harán que los retenes ilegales sancionen a quienes osen circular con todas las de la ley).

Ver la ventana con lluvia al fondo. Hacer memoria de tiempos mejores. Agradecer la paz que llegaba hasta la puerta con toda generosidad. Aquello que dolía, pero gustaba. Aquello que gustaba aunque doliera. Aquello que del puro gusto hizo capitular al dolor. Presentir que un mundo se rompe por no haber hablado a tiempo. Por llegar tarde. Por esperar ese momento propicio que jamás se dio. Recordar lágrimas recientes, derramadas frente al merodeo de un colibrí. Lamentarse del infructuoso vino que solo sirvió de pretexto. Saber que las palabras, por firmes que parezcan, se desploman frente a lo fallido de los hechos. Uno a veces decepciona a quien más quiere. Nadie se libra de eso. (Aparte de los desmanes fraguados con descaro por la farándula política, cada quien enfrenta sus circunstancias domésticas y existenciales. Algunos deciden marcharse, porque aquí ya no queda nada qué perder. Otros siguen la desgastante inercia de ganarse la vida en un trabajo que detestan. Son pocos los que logran el decoro de gozar lo que tienen, antes de padecer lo que les falta. Y mientras más se piensa, más se sufre. Ergo: No pienso, no existo. Y si no existo, nada puede golpearme. Descartes aparte, es impensable no pensar, incluso para los que piensan que no pensar es un pensamiento optimista).

Es lluvia lo que veo caer del otro lado de la ventana. Oigo de un bombardeo remoto que igual me afecta el bolsillo. Leo acerca de un vociferante mentiroso que engaña sin rubor a sus millones de seguidores, y percibo que sus patrañas terminarán estropeando a los árboles que velan por mi aire. Sigo la noticia de un hombre que dedicó su vida a leer y a escribir, pero que hoy vive con el destino apuñalado, en este planeta repleto de fanatismos criminales a los que la ficción les ofende más que la realidad. Me entero de la implacable persecución contra clérigos, cuyo único pecado fue disentir con la ferocidad de un régimen, e intuyo que, como a otros que se atrevieron a mostrar su rechazo por las injusticias, nadie los apoyará con suficiente coraje. (Sigue la llovizna en la ventana. El vidrio solo parpadea por las lámparas que a lo lejos se encienden, de acuerdo con los ritmos que impone la noche. Me pregunto qué habrá sido del colibrí que se asomó por la enredadera de mis desaciertos, previo al llanto que nunca debió ser. Es la hora en que ya poco importan las crisis mundiales y los asesinos en serie. Es el momento en que pasan a segundo plano las marejadas futuras y los fantoches mesiánicos. Es el instante en que pierden relevancia las embestidas de la inflación y la debacle institucional. En este segundo de la eternidad solo cuenta la palabra que no se dijo y aquella frase que llegó tarde. Uno a veces decepciona a quien más quiere. Nadie se libra de eso. Viendo llover. Lloviendo al ver. He ahí el signo de los tiempos).

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