“Tenemos a los mejores políticos del mundo”

Luis Felipe Valenzuela
"Qué grandes son los políticos de mi país. Gracias a ellos, en nada me preocupan las próximas elecciones."
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En mi país, los políticos se afanan en llegar al poder para luchar por las mayorías desposeídas. Son rectos y correctos. Jamás incurren en episodios de mal gusto. No se exhiben con prepotencia cuando se suben a una tarima ni se jactan de sus influencias. Son humildes y sobrios. El ego no se les sube fácilmente a la cabeza. No beben. Ni se drogan. Ni contratan edecanes. Cuando cantan en público, suelen elegir un aria de Verdi o un canto gregoriano. Jamás un narcocorrido. Nunca un reguetón. Ni de broma una canción de banda. No. Los políticos de mi país son cultos. Informados. Finos. Y también detestan la demagogia. Sus discursos son joyas contemporáneas de oratoria propositiva, con pinceladas poéticas. A su lado, Cicerón es un zapato maltrecho y viejo.

Para ellos, la verdad es esencial a la hora de dirigirse a un grupo de votantes. Primero muertos que ofrecer algo que no puedan cumplir. Son cabales. Probos. Creyentes. Sí, absolutamente creyentes. Aman a Dios sobre todas las cosas. Sin embargo, por su proverbial elegancia, no se les verá ninguna vez hacer alarde de su devoción por las sagradas escrituras. Sabedores de que este es un país laico, ni de chiste osarían mezclar la religión con sus actividades partidistas. Además, son congruentes con lo que expresan. Dicen lo que hacen. No aceptan dinero de origen oscuro. No aspiran a congraciarse con los grupos poderosos, porque saben perfectamente que eso podría comprometerlos. No ven la obra pública como botín. Piensan en construir carreteras, sin la maliciosa idea de un millonario sobreprecio. Ni por asomo se les ocurre erigir un puente en ese lugar donde no se necesita, porque ni río hay. Y si se habla de futuros diputados, no figura en su libro aceptar sobornos a cambio de aprobar leyes nefastas o de recibir “pagos bajo la mesa” para oponerse a leyes que beneficien a la gente.

Da gusto hablar de los políticos de mi país. Ellos han logrado que la educación en Guatemala supere los estándares del Primer Mundo. Por algo los países nórdicos nos envidian tanto. Y no solamente por eso. Nos envidian también por el cuidado que mostramos con nuestro patrimonio natural. La limpieza del río Motagua es un ejemplo planetario de visión medioambiental. Injustamente, Honduras nos acusa de contaminar sus playas. Asimismo, es notoria la preocupación de nuestros transparentes políticos por consolidar un sistema de justicia capaz de perseguir la corrupción y, sobre todo, de prevenirla. No es extraño, por ello, que en foros internacionales nos alaben como una nación de referencia en cuanto al respeto a los derechos humanos. En eso, desde hace décadas que tratan de imitarnos las grandes sociedades desarrolladas. Pero les cuesta demasiado seguirnos el ritmo. Aquí, como se sabe, hemos cultivado una cultura de inclusión que nos ha librado de polarizaciones patológicas. Ni pensar que se le tilde de “comunista” al socialdemócrata. Nuestra formación política es tan sofisticada que no se permiten resbalones de tan baja categoría. Es admirable, además, lo que hemos alcanzado en materia de competitividad. La red vial es de primera. Los servicios provistos por el Estado son eficientes y no exponen a nadie a la discrecionalidad de un inmoral burócrata. Nuestro sistema de salud es referencia para los países que se las llevan de adelantados. Ya quisieran allá el derroche de insumos con que se dota a los hospitales nacionales. A lo que se añade otro encomiable logro de funcionarios de distintos partidos que han pasado por el Gobierno a lo largo de los años: Aquí las medicinas son baratas y accesibles para las mayorías. Y el régimen del seguro social cubre a la totalidad de trabajadores de la masa laboral. Eso explica, en parte, que no haya migración irregular hacia Estados Unidos ni desnutrición crónica entre los niños.

Qué grandes son los políticos de mi país. Gracias a ellos, en nada me preocupan las próximas elecciones. ¿Qué podría inquietarme de los que ocupen los puestos en el período que viene, si sé muy bien que serán iguales o mejores que los actuales? Los políticos de Guatemala son un lujo que no nos merecemos. Sus financistas, por lo consiguiente. Aquí no florece ni el narcotráfico ni el crimen organizado. Ni lo harán. Mucho menos el saqueo en las arcas nacionales. Y todo, por la templanza y la honestidad de los estadistas que nos han gobernado, que nos gobiernan y que nos gobernarán. Cómo quejarse de semejantes prodigios. Dudar de ellos sería una iniquidad que raya en el pecado. Dios me guarde de tan indigna depravación. Los políticos de mi país son los mejores del mundo.

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