“Las 29 cuotas por pagar”

Luis Felipe Valenzuela
"Escribo esta historia porque no puedo guardármela. Me la contó alguien que la conoce de primera mano. Es alguien a quien le duele lo que ocurrió."
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Escribo esta historia porque no puedo guardármela. Me la contó alguien que la conoce de primera mano. Es alguien a quien le duele lo que ocurrió. No es un relato que se salga de lo común. Aquí le ha sucedido lo mismo a miles y miles. Eddy es jardinero. Trabaja en un equipo que se ocupa de arreglar áreas verdes en distintas zonas de la ciudad. Asimismo, para ajustarse el sueldo, lleva pedidos por la tarde. O, para ser exacto, llevaba. Por ahora, ya no puede hacerlo. La semana pasada, su hermano le pidió prestada su motocicleta. Él accedió con gusto. Es, o mejor dicho, era el vehículo de la casa. Era, porque a su hermano se la robaron a punta de pistola y a plena luz del día, en una calle de la zona 16. A su hermano diabético.

Eddy estaba pagando la moto a plazos. Como no tiene tarjeta de crédito, un amigo suyo se la compró por cuotas. El plan era, o mejor dicho, es a 36 pagos. Solo ha cancelado siete. Es decir, debe 29 más. Veintinueve desembolsos por una motocicleta que ya no tiene.

No es la primera vez que sufre por la necesidad de movilizarse. Antes, por comprar una moto china de segunda mano, las múltiples veces que “lo dejó tirado” le obligaron a endeudarse para adquirir una de mejor calidad. Y todo iba más o menos bien, en medio de la inflación y del Covid, hasta que unos delincuentes le arruinaron una parte significativa de su vida. Y lo hicieron con el mismo descaro que utilizan todos los días para despojar a gente trabajadora de aquello que logra con enorme esfuerzo. Lo hicieron seguramente con la misma sangre fría de siempre. Y lo hicieron, sin lugar a dudas, con la misma impunidad de la que gozan los delincuentes de cuello blanco que roban a diario en los grandes negocios turbios en que se reparten millones.

No fue solo el shock del robo lo que afectó a la familia de Eddy. Su hermano, diabético, estuvo a punto de irse al hospital. Fue demasiado grande el susto. Y apuesto a que en su corazón pesa la pena de que, por haber pedido prestada la motocicleta, ahora hay padecimiento en la casa.

Según sé, cuando regresó a contárselo a Eddy, se le vino el mundo encima. De ahí su azúcar hasta el tope. Me pregunto si los ladrones que perpetran estos asaltos se imaginarán alguna vez el tremendo daño que causan. Posiblemente, no. Como tampoco creo que los corruptos se detengan a meditar acerca de la ruina que le imponen a millones de personas al embolsarse la plata de la obra pública.

Cuando Eddy supo que se había quedado sin su moto, de seguro sintió ese abismo en el estómago que nos cimbra a los humanos cuando nos ultrajan con una crueldad infame. Eso solo lo supongo, porque se deduce del relato. Lo que sí sé por medio de la fuente que me contó la historia es que, cuando la jornada terminó, el jardinero-repartidor se recluyó en su cama y lloró amargamente durante varias horas. Lo hizo en soledad y hasta con discreción para no angustiar de más a su hermano diabético. Aquella noche llovió fuerte sobre el techo de su casa. Llovió con saña y con persistencia. Llovió, llovió y llovió. Llovió sobre lo mojado de una congoja que entristeció a una familia.

Ya lo dije: Esto le ha sucedido a miles y miles, infinidad de veces. El episodio se repite de lunes a domingo, los 365 días del año. No es un relato original. Lo escribo porque, de verdad, no podía retenerlo adentro. Duele el saqueo en el que nos toca vivir. Arriba, en medio y abajo. El saqueo en el asalto a mano armada o en el jugoso sobreprecio del putrefacto pastel. Pienso en las 29 mensualidades que le quedan por pagar a Eddy. Veintinueve desembolsos que tendrá que cancelar por una motocicleta que ya no tiene ni tendrá. Veintinueve desconsoladas cuotas que le recordarán, cada mes, una de las noches más tristes de su vida.

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