“La deuda de Dios”

Luis Felipe Valenzuela
"-Lo que se da se recibe. Lo bueno y lo malo. No se librarán. Ni ellos ni los políticos que tanto nos han robado."
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-¿Cómo puede pagarme la deuda, don Joaquín? Me debe veintisiete mil quetzales de rentas atrasadas.

-Qué pena, don Julio. Es mucho dinero.

-Sé que han sido tiempos difíciles para usted. En realidad, para todos. Este virus nos arruinó la vida.

-Ni en mi peor pesadilla me hubiese imaginado esto, la verdad.

-Me da hasta pena cobrarle. Pero algo tenemos que hacer.

-Soy un hombre de palabra. Soy cristiano.

-¿Cómo va su negocio? Percibo que la situación, aunque sigue cuesta arriba, va mejor que durante la parte más dura de la pandemia.

-Está mejor, don Julio. Solo necesito contarle algo que sucedió esta semana. Algo con lo que no contaba.

-¿Qué pasó, don Joaquín?

-El martes encontré todo pintarrajeado el local. Las maras. Da mucho miedo ver esto.

-¿Lo están extorsionando otra vez?

-Esto es llover sobre mojado, le diré. Yo sufro esto desde hace catorce años. No sé si sabe, pero a mí me mataron un hijo por no pagarle a los pandilleros. Mi patojo acababa de cumplir quince. Lo balearon frente a mi casa. No tuvieron piedad. Yo me había resistido a ceder a sus amenazas. Pensé que si pagaba una vez, tendría que hacerlo para siempre. Y así fue. Lástima que antes tuve que enterrar a mi muchacho. De haber sabido…

-Qué triste historia, don Joaquín. No sabía de eso.

-En aquel tiempo todavía se presentaban denuncias con cierta esperanza de que la policía resolviera algo. Amargo fue descubrir que hasta el comisario era parte de la banda.
-¿Lo capturaron?

-Sí. Hace como cinco años. Entonces parecía que las cosas iban a mejorar. Uno empezaba a creer en las autoridades. Hasta un coronel cayó por ese caso. Él, junto con el comisario, manejaba las extorsiones a los autobuses y a los comercios. Cobraban por todo. Cuando se los llevaron a tribunales hubo fiesta aquí en el pueblo.

-Recuerdo la noticia. Fue un corto momento en que se sintió que podíamos mejorar. Pero ahora estamos peor.

-Hoy ya ni pensar en ir a la comisaría. Mucho menos al Ministerio Público. Todos son cómplices. Es complicado ganarse la vida aquí, don Julio. Uno luchando por salir adelante y se topa con la delincuencia protegida por los que, se supone, deberían velar por nosotros.

-Qué pena, don Joaquín. Y vamos para peor.

-Yo quiero saldar mi deuda, don Julio. En el nombre de Dios voy a salir adelante. Hace como diez años me vaciaron el local. No se imagina cuánto lloré esa mañana. Se lo llevaron absolutamente todo. Mi esposa me consolaba diciéndome que, después de que mataron a Isaías, ya nada podía ser peor. Y tenía razón. Pero pensé: ¿Qué tanto mal hice yo para merecer semejante castigo? ¿Qué camino quiere Dios que tome? ¿Por qué tanta desgracia para una sola familia? Y encima, cuando me metí al préstamo en el banco para intentar levantarme, los intereses me comieron. Todavía me queda un saldo pendiente. Estos años han sido de una pena tras otra. Recordar esto me pone mal, don Julio. Usted disculpe que me extienda en mis historias.

-Es conmovedor lo que me cuenta. Y también es indignante. Oigo las noticias y lo primero que se me viene a la mente es que este país no tiene futuro. O tal vez sí tiene, pero muy negro. Cada vez estamos más hundidos. Aquí roban todos y nadie los persigue. Son como una inmensa banda de ladrones que, además de asaltarnos diariamente, controlan a la policía y a los tribunales. No le temen a nada. Son como una plaga.

-No hay que perder la fe, don Julio. Yo me levanto todos los días con la idea de que podré salir adelante. Me acuerdo de mi patojo que me mataron y pienso que está en un mejor lugar. Lo más seguro es que, en un país como este, ahora lo vería sufriendo. Tal vez hubiese caído en los vicios. O quizá las mismas maras se lo hubieran llevado. Yo a mis hijos los he educado basado en la palabra de Dios, pero ya ni eso alcanza. Siempre hay tentaciones afuera. El dinero fácil. Las cosas del mundo. Pero yo le prometo que le voy a pagar, don Julio.

-Yo sé, don Joaquín. Mi hermana, que en gloria esté, me dijo siempre que usted es un hombre cabal y decente.

-Yo recuerdo a doña Sara con cariño y respeto. Ella me bajó la mensualidad cuando se puso dura la pandemia. Nunca lo voy a olvidar.

-Mi hermana era una buena mujer.

-Ella siempre me decía que la justicia divina iba a ocuparse de los extorsionistas. Y yo a veces le creía. Pero últimamente no veo que haya justicia que alcance para castigar a estos mareros.

-Lo que se da se recibe. Lo bueno y lo malo. No se librarán. Ni ellos ni los políticos que tanto nos han robado.

-¿Usted cree, don Julio?

-Solo eso nos queda, don Joaquín.

-Le voy a depositar cuatro mil la próxima semana.

-Yo le propongo que negociemos la deuda. Deme esos cuatro mil y abóneme la misma cantidad en seis meses.

-El trato lo veo favorable. Pero quiero hacer mis números para no quedarle mal.

-Calcule sus ingresos de aquí a fin de año. Solo piense que con la guerra en Ucrania, los fertilizantes van a subir de precio.

-Eso dicen. Y no sé si la guerra terminará afectándome. En el nombre de Dios, espero que no.

-Confiemos, don Joaquín. No hay que rendirse.

-Lo mismo digo, don Julio. Le prometo hacer mis cuentas y comunicarme a la brevedad.

-Esperaré entonces.

-Lo llamaré pronto. Y espero hacerlo antes de que los mareros me vuelvan a llamar a mí.
-¿Cree que lo hagan?

-Lo harán de un momento a otro.

-¿Se refiere a los que pintarrajearon las paredes del local?

-Esos mismos. Son otro grupo. Parecen más sanguinarios. Yo no sé cuándo va a terminar esto, don Julio.

-Tal vez nunca, don Joaquín. La maldad se multiplica. Y más cuando nadie se ocupa de detenerla.

-Pareciera que nadie va a poder con ellos.

-Alguien tiene que hacerlo.

-No sé qué decirle. En el nombre de Dios, yo que soy cristiano, a veces pienso que ni Él podrá parar esto. Ni siquiera Dios todopoderoso alcanza para domar tanto crimen.

-Dios es grande. Y aunque tarda, jamás olvida.

-De nosotros ya se olvidó hace rato. De nuestro país, digo. No sé. Mejor no sigo hablando. No vaya a ser que por blasfemar, Dios decida castigarme. Y no, don Julio. Castigos ya no quiero. De castigos ya tuve suficiente.

-Ay, don Joaquín. ¿Qué puedo yo decirle? Confío en que la justicia divina no podrá ser sobornada. Esa sí funcionará. Es una deuda que Dios tiene con nosotros.

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