“Entre fraudes, listas y desprestigio”

Luis Felipe Valenzuela
"Que se esté hablando de “fraudes” y de “listas” nos pinta de cuerpo entero como país. Es penoso y triste lo bajo que hemos caído."
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Por estos días se mencionan palabras de ingrata recordación para Guatemala. Todo, de la mano con acciones que dan asco. Que se hable de “fraudes” y de “listas” es una ofensa para la memoria colectiva. Porque, históricamente, los fraudes y las listas significaron muerte para miles de personas. En los años 70 del siglo pasado se robaron las elecciones. Y eso impidió una oxigenación democrática de la entonces creciente lucha armada. Respetar los resultados podría habernos librado de la gran barbarie que vino después. El filósofo Bertrand Russel decía que “la historia del mundo es la suma de aquello que hubiera sido evitable”. La frase es especialmente dolorosa para un país como el nuestro, porque aquí la violencia ha segado innumerables vidas en nombre del sinsentido. Y en cuanto a las “listas”, bien conocido es que, décadas atrás, integrar una equivalía a ser asesinado.

Es insultante que en la universidad estatal, esa que aportó tantos mártires durante la Guerra Fría, se llegara tan lejos para imponer a sus máximas autoridades. Que se perciba un fraude en la elección del rector daña irreparablemente la ya de por sí deteriorada institucionalidad de esa casa de estudios. Pero hay algo que resulta incluso peor: Me refiero a la amenaza lanzada por el mandatario Alejandro Giammattei de elaborar un listado de “los enemigos de Guatemala” y utilizar, además, la imagen del “zopilote” para aderezar su comentario. Deplorable el papel de los alcaldes que aplaudieron cuando pronunció la frase. Deplorable e indigno.

¿Quiénes pueden llegar a ser considerados para integrar esa lista? ¿Será que el criterio para apuntar nombres se basará en si son “chairos” o no? ¿O será que quienes se pronuncien contra la corrupción o se atrevan a denunciar los abusos terminarán incluidos en ese directorio de “non gratos”? ¿Cuál será el destino de quienes aparezcan en ese “inventario carroñero” de hostiles al sistema? ¿La muerte? ¿El destierro? ¿El sicariato judicial?

La confirmación de Consuelo Porras al frente del Ministerio Público no fue ninguna sorpresa. Y va de la mano con el tema expuesto en esta columna. La condena internacional es unánime. Y a lo interno, aunque con timidez, también ya se nota un inmenso rechazo. El miedo empezó a surtir efecto. La autocensura vuelve a ser personaje. Como en los tiempos de la suma oscuridad, varios actores sociales comienzan a vislumbrar un “plan B” por si la persecución y las amenazas se multiplican. El retroceso está perpetrado, con sus nefastas secuelas ya en marcha. Pero es temprano aún para triunfalismos definitivos de los que hoy tanto celebran. El discurso centrado en la defensa de la soberanía cala cada vez menos en la gente. Es bastante obvio que lo que se resguarda es otra cosa. Una cosa siniestra y malévola. Habrá reacción contra eso. Nadie sabe cuándo ni cómo será. Puede que llegue demasiado tarde para salvar lo poco de democracia que todavía queda. Pero también puede que no. El hartazgo mezclado con inflación es demasiado peligroso como para jugar con su fuego. Y aquí lo hacen con descaro.

Añadido a eso, aislarnos de Estados Unidos, como parece ser la consigna presidencial, aumenta el riesgo para el futuro inmediato del país. Por más insulsa que se vea la administración de Joe Biden en cuanto a sancionar el asalto al Estado que hoy presenciamos, la respuesta vendrá. Y las consecuencias económicas y de gobernabilidad pueden ser devastadoras. A diferencia de El Salvador, donde el dictador en ciernes es popular, aquí la aprobación para el jefe del Ejecutivo es muy baja. Giammattei es un mandatario con mucho poder, pero débil. Él lo sabe. Y sabe también que su nombre se hunde irremediablemente en el fango del desprestigio. Esperaba algo mejor de su gestión. No lo creí capaz de ponerse al nivel de Jimmy Morales. Ya lo logró. Y eso lo lamento, porque cuando lo conocí hace más de 20 años creí que podía ser un político diferente a los que han destruido a Guatemala.

Esto no es un lío entre derechas e izquierdas, o entre “fachos” y “chairos”. Esto es una pugna, por ahora desigual en recursos, entre los pro democracia y los pro autoritarismo. Entre los que ven con buenos ojos una “Venezuela a mi conveniencia” y los que se oponen a una “Venezuela a secas”.

Que se esté hablando de “fraudes” y de “listas” nos pinta de cuerpo entero como país. Es penoso y triste lo bajo que hemos caído.

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