“Amor quiero, más que indiferencia”

Luis Felipe Valenzuela
“Es inquietante lo poco que nos importa en Guatemala el sufrimiento ajeno".
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Qué destructiva es la indiferencia. Hablo de aquella que ignora lo significativo y lo crucial. Cuando la realidad impone rigores extremos, ver hacia otro lado, o incluso fingir hacerlo, colinda con la locura y también con la infamia. En cuestiones de amor, Julio Jaramillo y Los Tres Reyes pedían “odio más que indiferencia” en la clásica canción. Aquí, por el contrario, como el odio nos sobra, los que nos urge es amor. Amor para doblegar a esta mediocre inercia que nos hunde. Amor sin apatía. Amor por el país. Amor por los hijos. Amor por uno mismo. Si se ama realmente al país, lo lógico es intentar algo para mejorarlo. Porque al mejorar el país, lo que se muestra es amor por los hijos. Por su futuro. Por sus sueños. Y al ejercer la dignidad ciudadana, lo que se logra es poder verse en el espejo sin esa vergüenza ruin que conlleva ser frívolo en una cotidianidad tan cruel.

Los números en el mundo sugieren que al 80 por ciento de la gente la trae sin cuidado si se reprime a la oposición, a los defensores de derechos civiles o a los periodistas. Solo cuando las consecuencias de las arbitrariedades del poder les tocan directamente, entonces se percatan. Pero, claro: ya demasiado tarde como para hacer algo. Resulta comprensible que ganarse la vida implique un intenso vaivén que, con frecuencia, no dé margen para dedicar tiempo a la ciudadanía activa. Al finalizar una jornada de trabajo, un ser humano se debate entre el cansancio y la necesidad de vivir su vida. Esa vida familiar o lúdica que no puede gozarse en las horas laborales. Igual sucede con los desempleados. Para alguien sin ingresos, es angustioso pasar el día. Y eso también inmoviliza.

La fórmula es muy efectiva para mantener intacta la maquinaria del poder, especialmente si quienes lo detentan solo procuran su bienestar y el de sus allegados, pero se olvidan de velar por aquellos que sufren la falta de servicios del Estado y una prolongada herencia de precariedad. Por tal razón, lo lógico es que las así llamadas élites sean las que primero debieran ocuparse de gestionar el futuro. Sin embargo, el miedo al cambio es tan grande entre muchos de sus integrantes que, con tal de no mover ni una sola hoja en el árbol de los riesgos, prefieran lidiar con la corrupción galopante, los bloqueos de carretera, el sindicalismo vendido y el asedio internacional antes que volver la mirada hacia una nueva ventana; una que, de verdad, albergue una visión de país. En esto encajan todas las élites, incluidas aquellas que se autoproclaman “progresistas”. Sin embargo, importante decirlo, mientras más poder tiene una élite, más daño causa cuando se resiste a abrir la mente. Y buena parte de ese daño radica no solo en lo que se obstaculiza, sino en lo que deja de hacerse.

Fue el papa Francisco el primero en referirse a lo que, en 2013, describió como “la globalización de la indiferencia”. El santo padre hablaba en aquellos días de la tragedia de los migrantes que llegaban a Lampedusa desde África y Asia. “¿Quiénes de nosotros han llorado por las jóvenes madres que llevaban a sus hijos sobre las barcas?”, se preguntaba entonces. Eso no ha cambiado. Ni allá ni aquí.

Es inquietante lo poco que nos importa en Guatemala el sufrimiento ajeno. Al abstraernos de lo que otros padecen nos deshumanizamos dramáticamente. Y perder facultades de sensibilidad y de empatía nos causa daño. Volverse robot solo les ayuda a quienes esquilman, golpean y atropellan al prójimo. Léase: los verdugos de la historia; los de ayer y los de hoy. Los asesinos a sangre fría y los que matan a cuentagotas.

Nunca funciona el truco de meterse en la burbuja y aceptar cómodamente que afuera el mundo se cae y a mí tal cosa no me afecta. Y no funciona porque, si el mundo se derrumba, más temprano que tarde nos perjudica a todos. Si eso no le convence, tal vez el argumento religioso, o de fe, sea más efectivo. ¿Qué Dios puede ver con buenos ojos que sus creyentes prefieran la pasividad egoísta sobre la vocación de solidaridad? Es saludable no sufrir más de la cuenta por las tropelías que se cometen a diario en el mundo. Pero vivir como que si no ocurrieran, tampoco es reparador. La frase es de Jorge González Moore: “La indiferencia es el apoyo silencioso a favor de la injusticia”.

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