“Le bastó ver las noticias de Ucrania”

Luis Felipe Valenzuela
"Este personaje es real. De carne y hueso. Urbanamente común. Se llama Raúl G. Tiene 54 años."
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Este personaje es real. De carne y hueso. Urbanamente común. Se llama Raúl G. Tiene 54 años. Su esposa Etelvina, con la que apenas se lleva, es una mujer luchadora. Sus dos hijos, Jorge y Esteban, viven su mundo aparte entre el Instagram y los chats. No saben gran cosa de las penas que pasan sus padres para sostenerles el nivel de vida. Por efectos de pandemia, Raúl ve milagroso que aún mantenga su empleo como gerente de una compañía de turismo. Pese a que ya lleva tres años ahí, no gana lo suficiente como para sostener su hogar. La crisis ha sido implacable y apenas empiezan a levantarse. Para irla pasando, resulta decisivo el ingreso que Etelvina percibe en la oficina de trámites donde trabaja. Hace un mes, cuando se enteró de la invasión rusa en Ucrania, él intuyó que la gasolina iba a subir de precio. Y aquello le propinó un latigazo de angustia, porque su presupuesto ya estaba al límite. Uno de sus hijos se gradúa este año de bachiller. El otro no logra encajar en la universidad. Es un vago doméstico. Y tampoco da señales de querer sumarse a la fuerza laboral del país.

Raúl va a medio camino de pagar su casa. Debe también su carro. Últimamente, no se ha sentido bien. Después del Covid-19 del año pasado, nunca se repuso del todo. Seguir las noticias le apasiona. Y en las semanas recientes, el martirio ucraniano lo ha conmovido hasta el tuétano. Ver las ciudades en ruinas y seguir las historias de los millones de refugiados lo obligan a apreciar, en medio del inevitable desgano diario, su precaria, pero estable realidad. Esta mañana le ha tocado atender a dos clientes molestos. Y su jefe, que cada vez es más insoportable, lo ha citado antes del almuerzo para hablarle de algo importante. Revisa el Twitter y se entera de un nuevo exilio. Ahora es una jueza. Pero lo que más lo indigna es el festejo de los defensores de la impunidad. Esos que, a sueldo, insultan y difaman en redes a quienes consideran contrarios a sus intereses.

La reunión con su jefe está por empezar. A lo lejos, un mordisco de hambre le revuelve el estómago. Media hora después, con la boca seca y el aliento ido, el hambre se le ha esfumado y el vacío que lo agobia se confunde con un zarpazo en el bajo vientre. A Raúl acaban de despedirlo. Sin mayores explicaciones y en un tono nervioso, su jefe le ha dicho que ni siquiera hay con qué pagarle este mes. Que hasta dentro de cinco o seis semanas podrán cancelarle la deuda, porque un mal movimiento financiero los ha dejado sin nada en las cuentas bancarias. A Raúl no le queda sino aceptarlo y hasta ser condescendiente. Ya en casa, comunicarlo se vuelve un festival de caras largas. Su esposa se porta especialmente comprensiva a la hora de la verdad. No así sus hijos. Ambos, muy en lo suyo, protestan por no poder renovar celulares próximamente. Muy solidarios ellos.

Raúl se aterra de pensar que conseguir trabajo será harto difícil en estos tiempos tan cambiantes. Y como cuando Dios da, da de junto, la vieja refrigeradora que se había apagado súbitamente hace dos días no tiene compostura. Así lo dijo el técnico que llegó a revisarla. Es triste pensar que tampoco podrá celebrar sus 55 como lo había soñado. La fiesta con “los muchachos” tendrá que esperar. Y, además, no podrá invitar a Etelvina al concierto de Alejandro Sanz como le había ofrecido. Pero ahí no terminan sus infortunios. Por la tensión a la que ha estado sometido, apretar las mandíbulas ha sido su manifestación de ansiedad. Durante la cena, un tocino tostado termina con una de sus muelas superiores. La corona cuesta Q5 mil. Ni pensarlo por ahora. Raúl se ve como el hombre más desgraciado del planeta. Su esposa, luchadora como es, lo anima a no desplomarse. Y lo convida a relajarse viendo un poco de televisión. Así, recostados en una cama llena de congojas, sintonizan CNN. Las imágenes tomadas desde un dron muestran la devastación de Ucrania. Los edificios abandonados y derruidos. Las interminables filas de automóviles que intentan huir de los bombardeos rusos. La gente portando en una maleta sus únicas pertenencias. Los cadáveres cayendo en una fosa anónima. Las familias que se rompen despidiéndose en la estación. Las ciudades arrasadas por la irracional ambición de un infame.

Raúl destapa una cerveza y la sirve en dos tarros idénticos. Brinda con Etelvina. La ve más bella que nunca. Llama a sus hijos para asegurarse de que, con todo y su mala actitud, están en casa sanos y salvos. No maldice ni se queja. No arremete contra Dios, aunque ahora mismo ratifique que, en cuanto a aflicciones, ese mismo Dios le esté dando tantas y de junto. Esta noche, Raúl no permite que el miedo lo derrote. No por valiente ni por osado. La razón es otra. Se siente dichoso por comparación. Le bastó ver las noticias de Ucrania.

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