Opinión

Mayra Gabriel: "Gracias, doña Celia Margarita"

Desde hace algunos años, siento que mi camino de aprendizaje me ha ido preparando para encontrar uno de mis propósitos de vida: Acompañar a enfermos terminales y que su esperanza de vida es limitada. Sé que suena rarísimo esto para los que no muy me conocen y, sobre todo, para los que no están familiarizados con la tanatología. Una de las primeras en investigar sobre esto a nivel mundial fue la Dra. Elisabeth Kübler Ross, con quien tuve el honor de estar en dos de sus talleres de crecimiento personal allá por los años noventa, en Head Waters, Washington. Tremenda maestra y gran mentora de mi vida, que dejó un gran legado y mucha enseñanza sobre todas sus investigaciones y escritos acerca de las etapas del duelo, no solo al perder a alguien físicamente, sino también por cualquier otro tipo de pérdida. Investigó sobre los miedos y las fantasías sobre la muerte.

Luego de que murió mi hijo Giancarlo, en 1993, empecé una búsqueda para tratar de entender muchas cosas de la vida. Definitivamente, buscar ayuda profesional, en momentos tormentosos, ha sido una de las mejores decisiones que he tenido y mantenido en mi vida. Me tocó enfrentarme a mí misma, en varios de los talleres que asistí a trabajar mi yo interior. Cada vez, mi admiración por la vida y la muerte me iban abriendo a nuevos campos por conocer. Me encanta todo eso y me siento en paz e identificada, hablando de la muerte y los moribundos.

En el lugar donde yo vivo desde 1984 conocí a doña Celia Margarita. Una señora que llegó a vivir en el mismo lugar que yo, allá por 1986. Nos caímos superbién desde el principio y, siempre que yo le hablaba, la llamaba doña Celia Margarita, pero ella me pedía que le quitara el doña porque, si no, ella también me iba a decir doña Mayra. Nunca pude quitarle el doña por el respeto hacia ella y, hasta el último momento, siguió siendo para mí doña Celia Margarita.

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Una de las cosas por las que ella siempre me felicitaba era por la actitud y educación que veía en mi hijo Santiago. Desde pequeño, le enseñé que cuando entraba o salía y coincidíamos, parábamos a saludarla, y compartíamos una pequeña conversación con ella. A Santiago, mi hijo, desde chiquito le enseñé muchos principios y valores y de cómo ser caballero. Detalles como dejar pasar primero a las damas, detener la puerta del elevador, abrirle la puerta a una mujer, ayudar con las bolsas que alguien puede llevar, en fin, estos detalles hacían que las personas lo sintieran diferente y educado, así como me lo transmitía ella siempre que podía.

La vida terrenal de doña Celia Margarita empezó a llegar a su fin. Comenzó a tener problemas físicos y su final se veía, cada día que pasaba, más cerca. Le pedía tanto a ella y a Dios poder estar acompañándola en sus últimos momentos. Un día le dije que si se iba cuando yo no estuviera a su lado, que me prendiera el radio o me pusiera música, pero sin mucho volumen, para saber que ya estaba con sus papás y en otra dimensión.

El pasado martes, 1 de febrero, empezó su agonía pasada la medianoche. Vero, una de las enfermeras que la acompañaban, me llamó a la 1:20 de la mañana para contarme cómo estaba. Bajé inmediatamente. La noche anterior había estado también con ella. Estuve acompañándola junto con su hija y, por una reunión que tuve, las dejé de 7 a 10:30 de la mañana y, al regresar, ya no me despegué de su lado más que por ratitos que algún familiar entraba con ella. Minutos antes de su partida, oí en el balcón de su cuarto el ruido de un móvil como de esos de tubos de metal, con un ruido fuerte, de movimiento por pocos segundos, paró y, a los pocos minutos, otra vez volví a oír ese ruido como de un móvil grande. Un ruido muy lindo y agradable que se siente con el movimiento del aire. Fue allí su última respiración, yo estaba haciéndole cariñito en su brazo y dándole palabras de amor para ayudarla a seguir la luz hasta encontrarse con los suyos; nos dejó de una manera muy tranquila.

Me sentí tan agradecida con la vida y con su alma por haberme dado ese gran regalo de acompañarla en su final terrenal. Lo que me asombró, al abrir la cortina de la puerta del balcón de su cuarto, es que pude ver que el móvil que colgaba eran unas campanitas que, a pesar del aire fuerte que estaba pasando en ese momento, ni se movían, así que el ruido que yo oí fue ese sonido angelical que venía del cielo, digo yo, y en el que creo totalmente.

¿Se acuerda que escribí lo de la música? Pues bien, al día siguiente que partió doña Celia Margarita tenía yo un desayuno con una amiga y, al bajarme del carro, iba caminando y mi celular salió volando como si alguien me lo hubiera empujado. Cayó boca abajo y, cuando lo levanté, empezó a sonar la canción “Estar contigo” de Alex Ubago y sus primeras palabras dicen: “Estar contigo es como tocar el cielo con las manos…”, simplemente me quedé asombrada y le di las gracias a doña Celia Margarita por su señal, al igual que el sonido que oí del móvil en el momento de su partida. Yo sí creo totalmente y estoy atenta a esas señales que la vida da, ¿y usted?

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