Opinión

"Gracias cremas por esta alegría"

"No me desprendo de la radio. Recuerdo los años en que el Doroteo Guamuch era el Mateo Flores. Me veo con mi papá llegando al “coloso de concreto” a animar al equipo."

Escribo mientras escucho el partido. Soy un manojo de nervios y un cofre de nostalgias. Arranca bien Comunicaciones. Sin miedo. Como debe ser. Motagua no se deja y contraataca. El juego es de ida y vuelta. No me desprendo de la radio. Recuerdo los años en que el Doroteo Guamuch era el Mateo Flores. Me veo con mi papá llegando al “coloso de concreto” a animar al equipo. Siento el sabor de las naranjas con pepitoria y sal. Oigo al vendedor de habas con su lema de “pasa el alimento de a 5”. Eran otros tiempos. La gente liberaba mucha de su frustración insultando al árbitro. Eduardo Galeano lo describió con lúcida certeza: El trabajo del hombre del silbato “es hacerse detestar”. Igual que nuestros políticos, cada vez más sinvergüenzas y más burdos, que se han especializado en el penoso oficio de ser repudiados. Pero es injusta la comparación. Los árbitros anulan goles legítimos o marcan penales inexistentes, pero no matan de hambre a un pueblo. No destruyen las esperanzas del país en función de sus putrefactos intereses. No ignoran la desnutrición crónica ni manipulan la justicia. Los políticos, sí. Y también sus cómplices.

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Mejor sigo en el encuentro. La pelota se estrella en el palo del arco blanco; nos salvamos. Minutos después, el primer gol crema. Muy bien Jorge Aparicio para definir. Aunque estoy solo, el grito que sale de mi garganta se oye en todo el vecindario. Suena a coro y a pulmón con el de los seguidores albos de hoy y de ayer, incluidos los migrantes que sostienen nuestra economía. Mi padre festeja desde las tribunas eternas; las del “cercano más allá”. Aquí me acompaña escuchando el relato.

Reacciona Motagua y asedia a la defensa guatemalteca. Maco Ipuerto comenta que Comunicaciones debe mantener a los catrachos lo más lejos posible de su portería. Coincido con él. Sin embargo, la tarea no es fácil. A estadio lleno, los locales se sienten obligados a responderle a su afición. El Canche Moscoso se luce con un par de espléndidas atajadas. Se intuye el creciente peligro de que llegue el empate. Y así sucede poco antes de que se termine el primer tiempo. Sufro, pero con fe. Así es esto.

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Durante el descanso, reviso las noticias y me encuentro con un artículo titulado “Los malos están ganando”. La novela de Guatemala, me digo. El título perfecto para la siniestra trama que nos obligan a padecer los encargados de arruinarle el destino a la gente. Y no solo aquí. El autoritarismo implacable de regímenes represivos se extiende por el mundo, frente a la pasividad de sociedades miopes o amedrentadas. Opina Ann Applebaum: “Si el siglo XX fue la historia del lento y desigual progreso hacia la victoria de la democracia liberal sobre otras ideologías como el comunismo, el fascismo y el nacionalismo virulento, el siglo XXI es, hasta ahora, la historia inversa”.

Empieza el segundo tiempo. Es obvio que Motagua sale dispuesto a sitiar a su rival. Los blancos resienten el acoso. Transcurre casi media hora en la que los hondureños apenas le prestan el balón a los visitantes. Pifias en los despejes e imprecisiones en entregas cortas causan alarma en nuestra puerta. Pero ahí se agiganta el Canche Moscoso con sus felinos reflejos y detiene pelotas envenenadas que eran goles inminentes. Eso anima al resto a seguir luchando. Y se percibe que por cuestiones de coraje no van a fallar. El entrenador Willy Olivera decide sustituir al Moyo Contreras, que había visto una injusta tarjeta amarilla en el primer tiempo. Eso multiplica mi ansiedad. Con todo, el cambio sugiere ser lógico en el contexto.

Me sirvo una cerveza. Deshojo margaritas con el corazón. Lo hago a mil por hora. Se acerca el final del partido y surge un contragolpe blanco. Dispara Stheven Robles y el arquero catracho no retiene el balón. Al acecho, con olfato de gran goleador, Juan Anangonó empuja la pelota hasta el fondo de las redes. Vuelvo a gritar con la misma euforia de cuando era niño. Todo el vecindario se entera. Me abrazo con mi papá en ese limbo entre mi habitación y la tribuna del “cercano más allá”; ahí desde donde él anima al equipo con su entusiasmo de antes que es el de siempre.

El árbitro pita el final del encuentro y, de inmediato, recibo este mensaje: “Guatemala necesita algo motivador, sobre todo en estas fechas”. Sé que todavía quedan mínimamente 90 minutos más de sufrimiento. Que no se ha ganado aún el campeonato. Que el trecho por recorrer será arduo. Pero esta noche no importa lo que venga. Estoy contento y ni siquiera las bajezas de los políticos sinvergüenzas pueden arrebatarme el júbilo de esta hazaña. De ser un manojo de nervios paso a ser un cofre de nostalgias. Vuelvo a gozarme el sabor de las naranjas con pepitoria y sal de aquellos tiempos. También “el alimento de a 5”. Celebro que el Mateo Flores sea ahora el Doroteo Guamuch. Después de la cerveza, me preparo un té con miel y limón, porque gritar los goles me dejó afónico. Ojalá mañana amanezca con voz para ir a trabajar. Si no, algo haré. Por hoy, gracias cremas por esta alegría.

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