“Cuando el descontento no sirve de nada”

Luis Felipe Valenzuela
"Es inútil esperar que la decencia opere a favor de las causas nobles. Salvo muy contadas excepciones, quienes ocupan cargos en el Estado, tarde o temprano, se alinean en función del saqueo."
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Frase muy conocida es esa de que “la política es el arte de lo posible”. Y en una realidad como la nuestra la pregunta es: ¿Qué ha hecho posible la política en Guatemala? Si vamos a los indicadores que pesan, sus logros son magros, nulos o mediocres. Y la expresión más evidente del fracaso es la migración irregular hacia el norte del continente. Sin los millones de guatemaltecos que envían sus remesas desde Estados Unidos, aquí ya hubiese ocurrido un estallido social. Eso lo saben las élites y sus operadores. Sobre todo aquellos que se postulan para cargos de elección popular. La fórmula es automática: Por más desmanes y abusos que cometan, mientras exista la posibilidad de emigrar, la válvula de escape aplacará a las masas y, por ello, no se pondrá contra las cuerdas al régimen. Las protestas esporádicas no son suficientes. Además de las pérdidas que traen consigo, los bloqueos no nos conducirán al cambio necesario. Me refiero a ese urgente cambio que se precisa en la clase política del país. En estos tiempos, quienes llegan al poder no van en búsqueda de trabajar por el interés colectivo. Ni siquiera aspiran a un lugar de honor en la historia. Lo único que les importa es robar. Bañarse en lujos. Hartase de excesos. Hacer alarde de prepotencia para ensalzar sus egos. En fin, la colección de aberraciones que ya conocemos. Y mientras no haya un liderazgo capaz de convocar a las fuerzas sociales visionarias para alcanzar un acuerdo mínimo, esos rufianes que hoy ocupan los puestos no cambiarán.

Me enviaron un video que refleja con crudeza nuestra tragedia diaria. Alrededor de un plato de comida dos perros se pelean con fiereza. Mientras eso pasa, otro perro se aprovecha y se come todo lo que hay en el plato. Así nos vemos como sociedad: Todos peleándonos entre nosotros, mientras la dirigencia se sirve de nuestros recursos, sin piedad, y con la cuchara de la gula. El debate es muy básico. Y es así porque en vez de ideas lo que hay son prejuicios. O estás conmigo o estás contra mí. En el ínterin, la corrupción actúa con frialdad y sin ideología.

Es inútil esperar que la decencia opere a favor de las causas nobles. Salvo muy contadas excepciones, quienes ocupan cargos en el Estado, tarde o temprano, se alinean en función del saqueo. Las mafias no permiten rebeldías de consideración. Plata o plomo. O aceptas o te vas. Preferible enemistarse con el Imperio que con los cuerpos ilegales y los aparatos clandestinos de seguridad. Vivir sin visa es el peor escenario posible. Y mientras no haya un sistema de justicia que persiga seriamente a los corruptos, vivir sin visa, pero con dinero, resultará más que aceptable para los mafiosos. Y en ese círculo vicioso que condena a millones a la pobreza eterna se erosiona y se contamina todo.

Por ello, las sanciones de Estados Unidos a Nicaragua deben ser duras y ejemplares. No al país como tal, sino a sus corruptos políticos. Asimismo, la presión que se ejerza en la región contra la dictadura de Daniel Ortega no puede quedarse corta. En juego está el futuro de la democracia como un modelo viable para mantener la paz y también para lograr el desarrollo humano de los más vulnerables.

Es tristemente estéril seguir con ese enfrentamiento entre derechas e izquierdas que no nos lleva a nada. Con la excepción de los extremistas de un lado, nadie quisiera que fuéramos una Cuba o una Venezuela. Con la excepción de los extremistas del otro, nadie quisiera de presidente a un Trump o a un Bolsonaro. La aspiración debe ser convertirnos en una democracia funcional en la que haya alternancia en el poder. Que a veces gane alguien con orientación hacia la derecha y que a veces gane alguien con tendencia hacia la izquierda. Como en Uruguay. O como en Francia.

Si la política es “el arte de lo posible”, parece claro que aquí sus representantes están muy cómodos gestionando el descontento. Y están muy a gusto porque ese descontento no les lesiona sus pútridos negocios. No los lleva a tribunales a encarar procesos por latrocinio. No los obliga a bajar la cara en lugares públicos. Urge que el descontento se organice con liderazgos sanos antes de que se organice con liderazgos destructivos. Por ahora, se ve más factible lo segundo. Nuestros políticos solo sirven para servirse a sí mismos y para servir a sus amos.

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