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“No necesariamente ficción”

Luis Felipe Valenzuela
"Los hospitales ya no dan para más. El cuerpo médico está exhausto. La vacunación va demasiado lenta. Las fiestas siguen. Los contagios diarios se cuentan por miles. Y todo esto, con el perdón de quienes ven la vida frívolamente y solo se ocupan de pasarla bien, no necesariamente es ficción."
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Se llama Juventino F. No necesariamente se trata de un nombre ficticio. Trabaja como conserje en una oficina de abogados. Aunque tal vez deba escribir “trabajaba”. No puedo confirmarlo todavía. Hace tres días se sintió mal. Tos, fiebre, dolor de pecho y mucha fatiga. Se resistió a aceptar que había contraído el virus y prefirió no ausentarse. La empresa de subcontrataciones había sido clara con su personal: el que se contagie se va a su casa 14 días y deja de percibir ingresos. Obviamente, Juventino F. no está afiliado al seguro social. Su compañera de labores es Diana G. El nombre de ella tampoco puede considerarse lo que, en rigor, se conoce como ficción. Pero ese, por ahora, es un detalle secundario de la historia. Fue a ella a la primera que el enfermo le comunicó sus angustias. Lo hizo con cargo de conciencia. Ambos comparten la hora de almuerzo y lo hacen sin mascarilla. Era el rato agradable de las arduas jornadas.

Los abogados de esa oficina son diversos al observar medidas de bioseguridad. Uno de ellos, el más joven, es descuidado y rara vez porta el cubrebocas. El otro, un cuarentón de mal carácter, se pone su KN-95 solo cuando deambula por los corredores del medio piso que ocupa la sede de la firma. La mayor de los tres es una penalista en la mitad de sus cincuentas, que sigue las directrices de pandemia al pie de la letra. El trío de socios ya se vacunó hace varias semanas. Juventino, no. Tiene 34 años. Diana, tampoco. Acaba de cumplir 29. Nadie más en esa oficina, léase secretarias y procuradores, ha recibido la tan ansiada primera dosis.

Empieza una junta con clientes en la sala de reuniones. Habrá que llevar café. Es a Juventino a quien le toca la tarea. Pero su malestar es tal que no lo logra. Diana se da cuenta y entra a batear de emergente. Solidaridad que le dicen. Los nervios la traicionan y bota una taza justo antes de entrar. Eso llama la atención de la abogada mayor, que no participa en la plática con los visitantes, y se acerca para cerciorarse de lo que sucede. Al verla aparecer, Diana se derrumba y le cuenta. Inmediatamente después, Juventino es enviado a su casa. De más está decir que tiene Covid-19. El miedo cunde en la oficina. Diana se despide de él y hasta le ofrece disculpas por haber puesto sobre aviso a “los jefes”. Fin del capítulo. El resto es una suposición con cierto fundamento.

El enfermo se fue en un autobús lleno de gente. La mascarilla que llevaba era una quirúrgica de hace varios días. Iba tosiendo. El tramo hasta donde vive es de hora y media. Al llegar, no encontró a nadie. Lo cual no es novedad. Hace meses que se separó. El fin de semana pasado vio a sus hijos. Uno de ellos, con síntomas gripales. Por la fiebre, Juventino no da una. El dolor en el pecho es tremendo. Los trastornos gastrointestinales ya son evidentes. No percibe olores. Le falta oxígeno. Alcanza a encender la radio y oye a un médico decir que a los pacientes con Covid-19 que sufran afecciones como las que él padece deben llevarlos a un hospital lo antes posible.

Hace tres días que, se supone, ocurrió esto. Diana G. se hizo el hisopado y salió positiva. Por el momento, es asintomática. Guarda cuarentena en su casa y no percibe ingresos. Tampoco ella está afiliada al seguro social. Los tres abogados actuarán de acuerdo con sus convicciones y cada quien a su manera. El joven no se hará la prueba. El cuarentón se decantará por la de antígeno. La penalista preferirá una PCR. Los tres saldrán negativos. El resto de la oficina aguardará a que transcurran cinco días para someterse al examen. Quién sabe cómo les vaya. Tanto a ellos como a sus familias. Ojalá que bien. Pero puede que no.

Mientras tanto, no se sabe nada de Juventino F. La compañía de subcontrataciones no ha logrado hacer contacto con él. Diana lo ha llamado infinidad de veces, pero se ha encontrado con el buzón automático. Es probable que este joven conserje de 34 años, diabético y obeso, haya llegado tarde al centro asistencial. No sería el primero ni el último. Los hospitales ya no dan para más. El cuerpo médico está exhausto. La vacunación va demasiado lenta. Las fiestas siguen. Los contagios diarios se cuentan por miles. Y todo esto, con el perdón de quienes ven la vida frívolamente y solo se ocupan de pasarla bien, no necesariamente es ficción.

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