“El jardín vacío”

Luis Felipe Valenzuela
"Para algunas flores, hay lluvias que llegan demasiado tarde. Azucena, Hortensia, Rosa. Las tres amigas habían sucumbido por la implacable pandemia. De ellas quedan las consecuencias de sus elecciones de vida: Una hija descarriada y negacionista, una colección de nietos que va de fiesta en fiesta y cuatro sobrinos que aún siguen peleándose por una herencia."
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Eran tres amigas con nombres de flores. Azucena, Hortensia y Rosa. Se conocían desde jóvenes. Cada una con su vida y con las consecuencias de sus elecciones. Destinos paralelos pero desiguales. Como suele ser. Ahora octogenarias, la pandemia. Eran ellas las más vulnerables en sus respectivos entornos familiares. Y pronto lo resintieron. Las tres eran amigas que se querían bien y que muy bien se criticaban entre sí. Eso las entretenía. Azucena vivía con su hija descarriada y radical; la que nunca sentó cabeza. Hortensia era viuda y coleccionaba nietos de hijos distantes. Rosa era la única soltera. Todas, a pesar de su edad, disfrutaban mucho de salir a sitios diversos. Problemas económicos no tenían. Azucena, Hortensia y Rosa aún podían bien con el manejo de sus casas y muy bien con la gestión de sus crecientes achaques.

El confinamiento les afectó poco al principio. Jamás se imaginaron que iba a prolongarse tanto. Por sus soledades, a la vez tan distintas y a la vez tan similares, se necesitaban. Se distraían juntas recordando viejos tiempos y hablando de política, muy al modo de quienes nunca han oído de la perversa posverdad ni entienden casi nada de redes sociales.

Al principio, amaron al presidente por sus mensajes dominicales y su actitud resuelta para enfrentar la nueva enfermedad. Les parecía confiable. Vieron con buenos ojos el vigor mostrado en las medidas iniciales. Lo defendían a capa y espada cuando algún escéptico osaba dudar de sus buenas intenciones. Hasta le celebraban sus chistes.

Pasadas unas semanas, aprendieron de tecnología por pura necesidad. Se hacían videollamadas. Y se divertían intentando ser “modernas” en algo en lo que, antes, solo Rosa había incursionado tímidamente. Con el correr de los meses, se aburrieron. No era comparable verse por la pantalla del teléfono que chismear cada semana en la merienda “a visita recíproca”. Fue entonces cuando empezaron a conversar acerca de la vacuna, con la remota esperanza de volver a su vida normal. Pero las tres dudaban de que la ciencia hubiese avanzado con semejante celeridad. Se oían muchas cosas por ahí. Por ser la que mejor se informaba, pues sintonizaba un programa en el que entrevistaban médicos, Azucena era la que más creía en la efectividad de esas dos dosis. No así su hija descarriada. Para ella, la vacuna era un truco del comunismo internacional. Discutían mucho por el tema. Y aunque la octogenaria argumentaba con mayor lucidez que su hija negacionista, tampoco lograba convencerla. Hasta que Azucena empezó a manifestar síntomas. Y muy rápido se puso grave. La mañana en que Joe Biden tomó posesión de la Casa Blanca, ella dio su último suspiro. Hortensia y Rosa la lloraron bien y muy bien la describieron como una madre débil frente a los caprichos de su radical primogénita. Las dos viejitas debatían a diario si la vacuna no terminaría llevándoselas a la tumba. Pero también les daba pavor acabar sus días como Azucena. Aisladas como estaban, igual se enteraban de las habladurías centradas en la “trampa” que supuestamente traía cada inyección.

Los hijos de Hortensia apenas iban a verla. Su colección de nietos solo la llamaba ocasionalmente para contarle de sus fiestas, y ninguno de ellos se preocupaba realmente por su abuela.
La soltera del trío rara vez recibía visitas de aquellos sobrinos que tanto proclamaban verla como a “una segunda madre”. Muy obvio era que los cuatro solo estaban ávidos de repartirse su herencia. A las familias de las dos sobrevivientes, la excusa de la pandemia les quedaba de perlas para no aparecerse por las casas de las ancianas. Hasta que Rosa cayó. Contagiada por un sobrino asintomático que un día llegó para pedirle que le prestara dinero, su deterioro se evidenció con una molesta fiebre a lo que se sumó algo definitivo: la pérdida de olfato que notó al no percibir la fragancia de ese legendario Chanel Nº5 que tanto le gustaba. Su agonía fue larga y empezó siendo cara. Los sobrinos, incluido el que la contagió, no quisieron gastarse la herencia en un intensivo privado y pronto la trasladaron al hospital público. Rosa luchó bien por su vida y muy bien la trataron los médicos, pero nada detuvo la letalidad del virus. Dejó de respirar la noche en que el primer lote de COVAX arribó al país. Sucedió dos días antes de cumplir 88. Hortensia, desconsolada, se quedó con su regalo empacado y listo. Iba a darle un frasco de Chanel Nº5 que uno de sus nietos le había comprado en línea en el bazar de Navidad. Ahora estaba sola en el mundo. Sola de amigas. Pero incluso así, quería seguir viviendo y esperaba que la vacuna estuviera disponible a tiempo. Y se cuidó bien de no contagiarse y muy bien su familia, con el abandono de siempre, le evitó peligros innecesarios. Pero el destino sabe cómo jugarle la vuelta a sus viajantes, y el ingreso de un albañil para que resolviera unos problemas de humedad trajo consigo el mal. Hortensia no logró resistir la primera crisis de oxígeno. El jardín de aquellas amigas que se querían bien y que muy bien se criticaban entre sí se había quedado vacío. Hortensia falleció la noche en que se supo que en Gerona estaban vacunando a los adultos mayores.

En la ambulancia iba cuando el rumor era ya vox populi. Así de irónico su final. Era Viernes Santo.

Para algunas flores, hay lluvias que llegan demasiado tarde. Azucena, Hortensia, Rosa. Las tres amigas habían sucumbido por la implacable pandemia. De ellas quedan las consecuencias de sus elecciones de vida: Una hija descarriada y negacionista, una colección de nietos que va de fiesta en fiesta y cuatro sobrinos que aún siguen peleándose por una herencia.

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