“Mi primer cumpleaños huérfana”

Mayra Gabriel
“Este sentimiento de hija, de ser huérfana, es raro, bien raro, pues los papás siempre serán los papás y los hijos siempre seremos los hijos por pequeños o grandes que seamos. Así que, hijos que todavía tienen a sus papás o abuelos, quiéranlos, dedíquenles tiempo, pregúntenles de todo, tengan esas respuestas que, con el tiempo, puede ser que ya no las puedan tener. Vean fotos de la historia de ellos y que les cuenten lo que quieran, porque después hay fotos donde a las personas ya no se les puede identificar. Lo más lindo es ir y estar al día con los que se elige amar al lado de uno, y ahora, tengo que aceptar que ya estoy en primera línea, porque ya no tengo abuelos, ni papás, ni tampoco a mi hermano mayor”.

El tiempo no se detiene, y pasa rápido o despacio según cada quien lo sienta o lo aproveche, pero el tiempo del tiempo, siempre va a ser el mismo tiempo, aunque depende de cada quien, cómo lo sienta, si corto o más largo. Un puro trabalenguas, dirían algunos, pero así me salió expresarlo.

Nací un viernes, allá por abril de 1956, a las 5:45 a. m. Por eso, considero que soy un alma diurna. Mi mamá me contó que, con lo bien organizada que siempre fue y así nos dio ejemplo y enseñó, ya tenía lista su maletita para cuando los dolores empezaran, y así fue. La madrugada del gran día que venía en camino su segundo vástago, o sea yo, a punto de conocer, sin saber qué sexo sería, despertó a mi papá cuando las contracciones empezaron y enfilaron a la Maternidad Ortiz para recibir en brazos a esta alma inquieta, con cuerpo de mujer, que está escribiendo las letras que usted lee.

Mientras mi vida iba pasando y yo creciendo, bastante curiosa por descubrir y aventurarme en ella, en una familia maravillosa y cariñosa, más hijos llegaron y, al final, fuimos cuatro hermanos muy unidos. Dos hombres, una mujer y yo, tal y como lo deseaba mi mamá. Ella decía que sus hijos hombres eran el sándwich y sus dos mujeres eran el manjar del mismo.

Siempre nos celebró nuestros cumples de una manera muy especial, invitaba a nuestros compañeros del colegio a las piñatas con los barquillos y agua de canela que no podían faltar, y las sorpresas que con emoción cada quien recibía al final. Luego, en las celebraciones de la adolescencia, nos lo festejaba de diferente forma, pero siempre le gustaba hacerlo. Ya de grande, cuando era mi cumpleaños y almorzaba en casa de mis papás, siempre me tenían mi almuerzo preferido, milanesa y papas cocidas bañadas con cilantro. Yo seguí con esa tradición de celebrar mi cumple, desde mis 35 años, y decidí que quería celebrar a lo grande cada cinco años, y este año me tocaba hacerlo y festejar mis 65, pero, ¡oh sorpresa! No me toca. Este virus de 2020, me impide hacerlo y, de manera responsable, elegí mejor no celebrarlo por respeto a mí y a mi prójimo.

Pero hay otra variante más profunda, es mi primer cumpleaños huérfana, pues ya no tengo ni a mi papá ni a mi mamá conmigo físicamente. Me acuerdo de que el año pasado para mi cumpleaños, mi mamá estaba hospitalizada sintiéndose muy mal, y a pesar de que hablé con ella varias veces ese día por teléfono, pues vivía fuera de Guatemala, en una de las llamadas (que casi todas las tengo grabadas) pasado el mediodía, cuando estaba un poco más despierta, le dije: “Mami, mire, perdón por si alguna vez hice cosas que a usted le molestaran”, y me dio un gran regalo de cumpleaños con su respuesta, cuando la oí decirme: “No, usted siempre me dio cosas agradables”. El silencio que siguió fue porque no pude sostener mi llanto silencioso al oírla decir eso, no me lo esperaba, la verdad. Ella y yo tuvimos muchas diferencias, pero al final de su vida tuvimos el tiempo de empatar y separarnos con mucho amor.

Días después, cuando ya estaba en el hospital con ella, en sus últimos días de vida, me dio otro gran regalo, tuve el honor de que, agarradas de las manos y en mis brazos, ayudándola a hacer su transición, cerró sus lindos y claros ojos por siempre.

Este sentimiento de hija, de ser huérfana, es raro, bien raro, pues los papás siempre serán los papás y los hijos siempre seremos los hijos por pequeños o grandes que seamos. Así que, hijos que todavía tienen a sus papás o abuelos, quiéranlos, dedíquenles tiempo, pregúntenles de todo, tengan esas respuestas que, con el tiempo, puede ser que ya no las puedan tener. Vean fotos de la historia de ellos y que les cuenten lo que quieran, porque después hay fotos donde a las personas ya no se les puede identificar. Lo más lindo es ir y estar al día con los que se elige amar al lado de uno y ahora tengo que aceptar que ya estoy en primera línea, porque ya no tengo abuelos, ni papás, ni tampoco a mi hermano mayor.

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