La despensa

Mayra Gabriel
“¿Cuántas despensas tenemos en nuestra vida y no las identificamos o no nos atrevemos a aceptar? ¿Por qué eso prohibido lo deseamos tanto? ¿Por qué cuidamos y protegemos a personas o ciertas cosas? ¿Y si se pierden o se las lleva alguien? ¿Y si alguien hace o dice algo para ponernos en mal? ¿Y si alguien nos mete zancadilla o nos traiciona para conseguir provecho de algo? Hoy sé, simplemente, que hay un Dios que todo lo ve y es quien ajusta cuentas en su momento. Todo pasa como tiene que pasar y, al final, toda experiencia se vuelve aprendizaje si así lo queremos ver o se repite la historia no aprendida, posiblemente con diferentes personajes y diferentes escenografías. No deje que ninguna despensa le quite el sueño”.

Yo no sé usted, pero yo tengo muchos recuerdos de lo que era la despensa de mi casa, donde nací y crecí, en la segunda avenida, a la que siempre me refiero, junto con mis grandes vecinos, como la cuadra donde viví hasta 1984.

En la casa había tres cuartos: uno, donde dormían mis papás; otro, para mis dos hermanos, y en el otro mi hermana y yo. Sala, comedor, cocina y cerca del pantry, donde siempre comíamos en familia, mi mamá tenía la famosa despensa. Un lugar que tenía siempre con llave. Un lugar que ella abría y cerraba según necesitaba las cosas por sacar o meter.

Conforme fui creciendo, el reto de entrar a escondidas a la tal despensa era una aventura. Buscaba momentos donde mi papá, que también tenía llaves, no estuviera, o cuando mi mamá se estuviera bañando o haciendo siesta, para encontrar el llavero y abrir la puerta de la despensa sin que nadie me viera. Quería sentir que abría, entraba y veía sin permiso. Simplemente, era la emoción de hacer algo prohibido. Travesuras esas de niña que se hacen sin hacer daño a nadie ni a nada. Me llama la atención cómo lo prohibido siempre nos lleva a grandes retos para lograr lo que nos proponemos conocer, lo que no es fácil ver, aunque nos arriesguemos a una posible consecuencia.

En fin, el tiempo pasó, crecí, mi mamá se fue a vivir por temporadas largas a Miami a partir de 1992 y así fue mucho más fácil entrar a esa área prohibida. Mis papás compraron un apartamento donde también había una despensa con llave. Cuando me tocó terminar de desocupar la casa de la 2ª. avenida y entraba libremente a la despensa, estando adentro me ría, veía y veía las estanterías con algunas cosas todavía y me preguntaba, ¿qué tanto era lo prohibido? Cuando lo que siempre había era frijol, arroz, azúcar, jabón, pastas de dientes, platos plásticos para las piñatas, copias de llaves, etc., pero no se podía entrar, y mi mamá cuidaba esa despensa como si protegiera algo, qué sé yo, en realidad no era nada especial, simplemente era su despensa controlada por ella.

Hoy puedo decir que, posiblemente, ella creció en un mundo con carencias y desconfianza, y era eso lo que me estaba transmitiendo, por lo menos a mí; y sé que más adelante tuve que identificar y aceptar que así estaba siendo yo también, aunque no quisiera ser así. Trabajé internamente para no vivir con ese sentimiento. Aprendizajes tuve muchos, por llevar esa desconfianza aprendida desde chiquita, la cual identifiqué y desaprendí, hoy ya no es parte de mi vida. Mi sensibilidad me ha enseñado muchas otras cosas más importantes. Cuando mi hijo creció, lo primero que hice fue decirle dónde estaba la llave de nuestra despensa para que él tuviera acceso libre a ella y no repetir mi historia con él.

¿Cuántas despensas tenemos en nuestra vida y no las identificamos o no nos atrevemos a aceptar? ¿Por qué eso prohibido lo deseamos tanto? ¿Por qué cuidamos y protegemos a personas o ciertas cosas? ¿Y si se pierden o se las lleva alguien? ¿Y si alguien hace o dice algo para ponernos en mal? ¿Y si alguien nos mete zancadilla o nos traiciona para conseguir provecho de algo? Hoy sé, simplemente, que hay un Dios que todo lo ve y es quien ajusta cuentas en su momento. Todo pasa como tiene que pasar y, al final, toda experiencia se vuelve aprendizaje si así lo queremos ver o se repite la historia no aprendida, posiblemente con diferentes personajes y diferentes escenografías. No deje que ninguna despensa le quite el sueño.

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