Por los siglos de los siglos

Luis Felipe Valenzuela
Hoy se cumple un año de la toma de posesión del presidente Alejandro Giammattei. En 12 meses ha erosionado su imagen de una manera inquietante. Ahora ni siquiera liderazgo frente a la pandemia se le ve ejercer.

En este país todo nos desnuda. Aunque andemos desnudos siempre. Vino la pandemia y entonces se hizo evidente el abandono del sistema de salud. Ese que ha sido tan obvio durante décadas. Ese mismo que hemos permitido que se hunda, porque nunca ha sido prioridad. Aquí la prioridad ha sido la corrupción. Y sigue siéndolo. Tal vez habría cambios significativos si se legislara que quien llegue a la presidencia estuviera obligado a usar los servicios estatales en caso de enfermarse.

He ahí el meollo del asunto: Los que pueden impulsar los cambios, sea desde el gobierno o desde las élites, no ven urgencia en el tema porque confían en que, de precisarlo, serán atendidos en lo privado. Y así, sucesivamente, por los siglos de los siglos.

También por razones de pandemia hubo necesidad de impartir las clases a distancia. Los niños y los jóvenes tuvieron que acostumbrarse a recibirlas en línea. Los que pudieron. El rezago en la educación, ya de por sí considerable, es ahora de horror. Muy bajo el aprendizaje alcanzado en 2020. Pero tampoco es novedad. El país no ha logrado el acuerdo mínimo para determinar “la apuesta” que nos lleve, en unos 15 años, a empezar a ver resultados.

Aquí la educación hace noticia por los pactos colectivos o por las escuelas donde no hay agua, no por los saltos en la inversión para que la calidad educativa mejore realmente.

Me conmovió hasta lo profundo el relato de una mujer que, en medio de sus penurias, que incluyen un tratamiento de cáncer en condiciones precarias, contó que “solo a veces le alcanzaba para comprarle datos a su hija para que pudiera estudiar”. Y claro, cuando no había dinero para eso, lo cual ocurrió con frecuencia, la niña se quedó ajena a los contenidos del día. Más que nunca, la falta de acceso a la educación está ligada con la pobreza. Lo hemos sabido siempre. Pero hemos postergado encarar ese drama porque los desposeídos pueden esperar. Esos que no somos nosotros. Esos que nos importan poco o nada. Y así, sucesivamente, por los siglos de los siglos.

Hace varios años fue la CICIG la que nos desnudó la corruptela que sabíamos que operaba a sus anchas desde tiempos inmemoriales. La desnudez ya era bastante notoria entonces. Pero, vista con luces y sonido, nos golpeó la conciencia. Postergar la solución había sido más cómodo porque la gente que podía intentarla solía ser la misma que se aprovechaba de nuestro sistema de sobornos y de cooptaciones. Semanas atrás, fueron “Eta” e “Iota” las que hicieron lo propio con nuestras vulnerabilidades frente al cambio climático. También las desnudaron de nuevo.

Cada día, cuando uno o 30 migrantes se van hacia el norte a jugársela para no morirse aquí de hambre, se evidencia otra vez esa falta de oportunidades que ya forma parte de nuestro paisaje trágico de la cotidianeidad.

Si nos sirve de consuelo, que creo que no, Estados Unidos vivió el pasado 6 de enero un episodio de proporciones terribles que también desnudó muchas de sus enfermedades más preocupantes. Pero las consecuencias empiezan a llegar hasta el responsable de semejante desbarajuste. Lentamente, si se quiere. Pero ya se sienten. Me temo que si la sociedad no reacciona como debe frente a lo que pasó, el antecedente será nefasto. Y traerá consigo la decadencia definitiva para el Imperio. La desnudez de allá es pelirroja. Y no necesito mencionar su nombre. ¿Podrán detenerla? Incluso con las medidas anunciadas se ve difícil. La dejaron crecer más de la cuenta.

Hoy se cumple un año de la toma de posesión del presidente Alejandro Giammattei. En 12 meses ha erosionado su imagen de una manera inquietante. Ahora ni siquiera liderazgo frente a la pandemia se le ve ejercer.

Mantener sin cambios el gabinete no le ayuda en su desempeño. Viene el repunte de contagios. En esa calamidad anunciada tendrá posiblemente su última oportunidad. Se ve lejano que la aproveche. Y mientras sigamos siendo un país en el que casi cada capítulo de la vida diaria nos desnude como un proyecto inviable, no habrá poder humano que impida la debacle para nuestro futuro. Vivir de crisis en crisis es cansado y desestimulante. Mientras no haya suficiente coraje para poner un “hasta aquí” a ese círculo vicioso e infame, estaremos condenados a más de lo mismo. Y después a más de lo peor. Y así, sucesivamente, por los siglos de los siglos. ¿Lo ven?

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