Mi secuestro

Mayra Gabriel
"Siempre he sido muy numérica y tengo mucha facilidad con ello, pero al preguntarme el número de teléfono de mi papá, simplemente me bloqueé, nada me venía a la mente."
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Por: Mayra Gabriel

Para mí, la fecha 23 de noviembre significa muchos recuerdos. El cumpleaños de mi gran amiga mexicana Buenrostro, quien ya trascendió. El cumpleaños de la anestecista italiana Marzia, que trató a Santiago cuando lo mordió un pastor alemán en Italia hace varios años. Y, por lo que más recuerdo esa fecha, es porque un martes 23 de noviembre de 1993 a medio día, saliendo del trabajo, y al parar para poder entrar a la Roosevelt, vi por el espejo que dos hombres se bajaban de un carro con unas armas y me dije: “esto es conmigo”; y tomé a toda velocidad mi carro, casi nuevo y que todavía estaba pagando, para poder escapar. En ese momento, mi secretaria Ligia me llamó y oyó mis gritos de nervios, y le dije lo que estaba viviendo. Eran dos carros con dos tipos en cada uno. Mi secuestro, una nueva experiencia de mi vida estaba iniciando. Es una fecha que, en su momento, marcó el inicio de una serie de nuevas vivencias que me tocaría vivir a lo largo de varios años.

Como en las películas, y sintiendo esa sensación de sobrevivencia, lo que hice fue correr, defenderme y chocar el carro enemigo; ¿y qué me gané?, el tipo empezó a disparar hacia mi carro y, luego de varios tiros, uno entró por la llanta delantera al motor y se empezó a quemar. Ese día, quién sabe por qué, me vestí con ropa de embarazada; y aunque los celulares de aquella época eran tan grandes como un ladrillo, cuando me bajaron del carro, pude meter el mío debajo de mi bluzón. Cuando mi carro se detuvo, todavía pensé en orillarme para no obstaculizar el tránsito, los tipos me sacaron y yo, al meterme al carro que llevaban y ver la otra puerta abierta, me les salí, y del mocho me metieron dándome un par de golpes en la cara. Creo que, tanto ellos como yo, estábamos nerviosos. Me vencieron. Me vendaron los ojos y me pusieron unos grilletes. Como íbamos los cinco en un mismo carro no muy grande, robaron en el camino otro más amplio. Eran expertos.

Siempre he sido muy numérica y tengo mucha facilidad con ello, pero al preguntarme el número de teléfono de mi papá, simplemente me bloqueé, nada me venía a la mente. En eso, un ring sonó, era mi celular dizque escondido. Me lo arrebató. Era mi hermano Nelson que, muy profesionalmente y calmado, tuvo las primeras y todas las conversaciones siguientes sobre mi secuestro. Él acababa de leer el libro de Gabriel García Marquez “Noticia de un secuestro” y esto, me contó después, le dio una apertura para tener claro que la cabeza de la familia nunca debe ser quien maneje una experiencia de este tipo, y aprendió otras cosas que le tocó aplicar.

Según estudios de la vida y leyendo el libro de la tanatóloga mexicana Gaby Pérez Islas, “Elige no tener miedo”, en el que dedica un capítulo entero al secuestro, me dije: “¿por qué no compartir la experiencia de mi secuestro?”. Al fin y al cabo, pasó, pero ya pasó. Hay tres duelos que cuesta más superar, la muerte de un hijo, la traición y un secuestro. Las tres ya son parte de mi vida y puedo decir que el aprendizaje, desde aquel noviembre de 1993, donde empezó una gran fila de oportunidades de crecimiento a mi vida, ha sido bastante grande, fuera de serie diría yo. Y la verdad, me siento muy agradecida con la vida por este privilegio. Hay algunos que no me entienden, o tal vez no han crecido, o están dormidos ante la vida, y me llaman sabionda en tono de burla, o me dicen que soy tan rara y que por eso estoy sola. Y realmente es todo lo contrario, he aprendido lo importante de estar sola, de saber elegir con quién quiero estar, me ha tocado desaprender para volver a aprender sobre la vida. Así de fácil, reconozco ser fuera de serie y qué bueno es reconocerme como tal.

Si en mi postura ante la vida no hubiera aprovechado las experiencias que he vivido para aprender, para crecer, viviría como una total víctima, posiblemente evadiendo sentir y sin enfrentarme a mi realidad. Pero, porque elegí enfrentarme a mí misma, trabajar en mi ser interior y pedir ayuda profesional, sé lo importante que es quererme. Sé valorar lo que es la libertad porque, al estar secuestrada, las emociones que se viven son muchísimas. El sentirme cerca de Dios, con FE, y sentir cerca a mi familia es super importante. Cada vez que mi hermano Nelson hablaba con estos ejecutores de mi secuestro, que eran de la guerrilla salvadoreña lidereada por un dizque banquero guatemalteco, pedía hablar conmigo. Quería asegurarse de que estaba bien. Él me daba mensajes de aliento e información de lo que estaban decidiendo en el círculo familiar. Yo le decía otras cosas para que mis secuestradores lo oyeran a propósito. En aquel entonces, los celulares no tenían bocina así que solo oían mi lado.

Los días pasaron, y puedo decir que el trato, quitando el nervio del jefe de esa banda del primer día, todo fue diferente, calmados y dándome comida recien hechita por una de las mujeres del grupo. Para mí, comer tortilla con crema, automáticamente me transporta a esa experiencia. Si me hubiera podido comer el plato, hasta eso me comía por tanto nervio y ansiedad por la que estaba pasando. Mi idea de escaparme siempre estuvo presente, controlaba los movimientos y voces en la casa donde me tuvieron. Poco a poco iba grabando en mi mente lo que oía, información de lo que me comentaban o lograba ver por la ventana que, por pocos iba destapando para ver qué pista podía tener. Al salvadoreño que ponían a que me cuidara, y que yo lo nombré Panchito el de los cigarros, porque, aunque yo no fumaba, con él compartía cigarros para bajar mi stress y platicamos bastante, los cigarritos sí me los fumaba con él. Al fin, como como dicen: “si no puedes contra el enemigo, únete a él”, y eso fue lo que hice. Cuando le preguntaba por qué hacía eso de secuestrar, me contestaba que él simplemente estaba haciendo un trabajo, que luego le daban su parte, se regresaba a su pueblo y quién lo encontraría allí. Estuve en una casa de la San Juan a nombre de la esposa del banquero corrupto, información que se supo luego con la investigación respectiva.

Decidir con qué postura voy a enfrentar lo que llegó a mi vida sin una invitación previa, como mi secuestro, depende mucho de mi actitud ante la vida. Fui liberada un poco antes de las 8 de la noche en un área del Periférico, cuatro días después de aquel martes, lugar que tengo grabado en mi mente junto a esos minutos donde, con los ojos cerrados, me hicieron caminar y luego, de no me acuerdo cuántos pasos, me dijeron que los podía abrir, y que ellos, el jefe de la banda junto a su pareja, estarían cuidándome para saber que estaría bien hasta que llegaran por mí, pues mi familia ya sabía en dónde me dejarían. Me dieron de regreso mi celular, más otro que sí tenía batería. Llamé a mi hermano Nelson, allí ya me había regresado la información numérica mental y, como siempre le digo a mi hijo Santiago: “lo que tenés en la mente, nadie te lo puede quitar”. Cuando me contestó le dije: “ya estoy aquí”, y me dice: “¿dónde?”. Con todo el nervio del mundo, entré a una tiendita, que era lo único donde había luz y personas, y pregunté cuál era la dirección del lugar. Extrañados por mi pregunta y sin atreverme a decirles por lo que estaba pasando, salí y volví a llamar a mi hermano, él me dijo: “alguien llegará por ti en el carro de mi papá”. Apagaron la luz de la tiendita, que cerraron, y me quedé íngrima y sola como una niña abandonada, en la calle, sentada en la acera, esperando que me llegaran a recoger.

Cuando vi el carro acercarse, el tipo, a quien yo no conocía, en vez de abrazarme y hacerme sentir que ya estaba a salvo y acompañada, se puso a hablar por el radio que llevaba y esto fue muy duro para mí, quería llorar y compartir lo que estaba sintiendo, y este señor ni siquiera se dio por enterado de mi necesidad emocional. Pero al llegar a la casa de Nelson, allí estaban esperándome con mucho amor. A la primera que vi fue a mi hermana Sheila, con un Barnie en sus manos, luego de un abrazo amoroso, me entregó a este muñeco para que se lo diera a mi hijo Giancarlo como si fuera un regalito de un viaje. Había muchos allí, esperando mi liberación. El abrazo, con ojos llorosos, de mi papá fue un gran sentimiento de unión, de hacerme sentir tranquilidad, un ya está aquí a salvo con nosotros; además de sentir ese maravilloso amor y solidaridad que todos los presentes me hacían sentir y oír a mi mamá por teléfono. Sí puedo decir que lo que ansiaba era darme un baño, sentir caer el agua sobre mi cuerpo, poder dormir en una cama sabiendo que estaba libre, segura, rodeada de amor y agradecida por haber regresado a casa con vida. Pero quién diría que seis días después de la liberación de mi secuestro, una nueva experiencia iniciaría: la caída de mi hijo Giancarlo, que terminó con su vida. –

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