Cuesta entender tanta insensatez

Luis Felipe Valenzuela
“Ni siquiera las cada vez más frecuentes llamadas de atención del Departamento de Estado parecen alcanzar para que se frene este festín de cinismo. Es demasiada la codicia. Los corruptos siguen multiplicándose y son insaciables”.

Evitar derrumbes es siempre mejor que lamentarlos. No hacerlo, cuando la advertencia es clara, suele salir excesivamente caro. Lo anterior encaja en varias historias de estos días. Empiezo por la de Estados Unidos. Según una nota del “Washington Post”, ocho de cada diez votantes republicanos consideran ilegítimas las elecciones presidenciales del pasado 3 de noviembre. En ellos, la narrativa del fraude tejida mañosamente desde hace meses por Donald Trump caló. Ello, pese a que no se ha presentado aún ninguna prueba al respecto. La estrategia es previsible en un Nicolás Maduro o en un Juan Orlando Hernández. Pero eso no sería preocupante para la tranquilidad del planeta. Sí lo es que tales arrebatos autoritarios provengan de la Casa Blanca. El presidente electo, Joe Biden, ha tomado con serenidad este grave asunto, porque sabe que de su manejo depende la precaria estabilidad que hoy impera en la democracia estadounidense. Solo espero que las instituciones de ese país no se confíen en exceso y terminen siendo víctimas de un inescrupuloso e irresponsable mal perdedor. Por ello, si Trump no consuma “el Golpe” que tiene planeado, la máxima potencia mundial regresará al Acuerdo de París el próximo 20 de enero, tal y como lo ha anunciado Biden. La decisión, importante para el mundo, es vital para Guatemala.

Lo digo por la creciente vulnerabilidad que padecemos frente al cambio climático. Nuestro país, tan acostumbrado a los vaivenes del abuso político, cada vez puede lidiar menos con los desastres que acarrean el descuido y el irrespeto hacia la madre naturaleza. Aquí, el derrumbe siempre está a la vuelta de una llovizna prolongada.

San Cristóbal Verapaz es el ejemplo más actual de una tragedia permanente. Fue duro escuchar al alcalde de esa localidad, Ovidio Choc, admitir por la radio que estaba buscando una finca a donde trasladar a unas ocho mil personas que se quedaron sin nada, luego del deslizamiento de tierra que dejó muerte y desolación en la comunidad de Quejá. Y fue incluso más penoso oírlo decir que iba a declarar camposanto ese sitio, pese a que ya se sabía el desenlace de este drama. Un drama del cual jamás aprendemos. Un drama que se repite y se repite, como embrujado por la infame necedad de aceptar la desdicha como “normal”.

Porque no solo en la pobreza se ven cuadros así. Aquí muy cerca, en el kilómetro 7.5 de la ruta a Muxbal, un muro de contención se desmoronó “de la nada” y se trajo consigo la casa que sostenía. De acuerdo con las autoridades municipales, esa construcción se hizo sin licencia. Es decir, en plena ilegalidad. Resulta ser un verdadero milagro que no haya habido muertos y heridos. De hecho, no es la primera vez que sucede en el área. Años atrás, una vivienda se desplomó como castillo de naipes también “de la nada”. Como se cae un día sí y un día no el talud en el libramiento de Chimaltenango. Somos un país que se cae a pedazos frente a la indolencia casi generalizada. Parecemos lucha libre. El ring falseado nos marca, no solo por la pantomima de nuestros principales actores, sino sobre todo porque vivimos en un fatigoso “máscara contra máscara”, “a dos de tres caídas”, pero con “límite de tiempo”. Y no nos queda mucho, por cierto. La saturación de suelos en nuestra gobernabilidad raya en un despeñadero. Y aunque ese cataclismo todavía puede ser atajado, se ve remoto que surja un liderazgo efectivo que logre limpiar las aguas e impedir que el río se desborde.

Ni siquiera las cada vez más frecuentes llamadas de atención del Departamento de Estado parecen alcanzar para que se frene este festín de cinismo. Es demasiada la codicia. Los corruptos siguen multiplicándose y son insaciables. Nada detiene el despilfarro y el latrocinio. Por lo menos, no lo suficiente.

Evitar derrumbes es siempre mejor que lamentarlos. No hacerlo, cuando la advertencia es clara, suele salir excesivamente caro. Ojalá no nos toque ver un desaguisado electoral chavista en Estados Unidos. Y ojalá que la perversión de nuestro sistema político y judicial no termine en un desastre mayor que se nos vaya de las manos.

El desplome amenaza sin miramientos. Nos negamos a aceptarlo. Aquí y allá. Cuesta entender tanta insensatez.

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