Una noche en el museo

“Lejos estamos de ver la corrupción como un hecho del pasado. Muy lejos. Es más: Nunca nos libraremos de ella porque siempre habrá más de alguno que intentará pasarse de listo y aprovecharse de mala manera del poder”.
Luis Felipe Valenzuela

¿Cómo sería un museo dedicado a la corrupción? ¿Habría que pagarle soborno al de la taquilla para poder entrar? ¿O solamente se permitiría el ingreso a quienes lo gestionaran por medio de tráfico de influencias? Perdón por tanta ironía, pero material para llenar paredes y paredes con los cuadros de la rapiña sobran por estos lares. Y no solo aquí. La dolencia es del mundo.

Por eso, sigo con el recorrido. ¿Qué salones serían los más visitados? ¿El de la infamia, el del cinismo o el de las alianzas impresentables? En todas habría cartelitos con este tipo de explicaciones: “Por el saqueo de este gobernante murieron miles de personas debido a la falta de medicinas en los hospitales”. Y también otras con textos así: “A este alcalde se le recordará por haber ensamblado la mayor estructura de plazas fantasma de la historia contemporánea”. ¿Verdad que suena familiar? Hasta puedo imaginar un espectacular montaje de efectos especiales, en el que infinidad de billetes van de un sitio a otro hasta salir blanqueados y, al llegar al final, lo hacen como fajos manchados con un chisguete de sangre.

¿Qué venderían en la tienda de ese museo? ¿Acaso souvenirs tales como aparatos amañados de rayos X, manuales para evadir impuestos o llaveros de maletines repletos de dinero? ¿Encontraríamos en sus estanterías alguna caleta de juguete, magnetos con la palabra “malversación” o gorras cuyo logo fuera una factura falsa? Es debatible si serían “los tres monos sabios” a los que escogerían como peluches alegóricos del lugar o si se decantarían por las serpientes más venenosas y arrastradas de la fauna política. Veo la temática con ojos de emprendimiento y vislumbro calendarios con fotografías de los casos judicializados que hayan obtenido condena, así como camisetas con la leyenda “Esta es una persecución ideológica”. No sé. Podría haber sudaderos con la cara de los (y las) absolutamente deleznables que han defendido lo indefendible, muchas veces escudándose (hipócritamente, claro) en el nombre de Dios.

¿Cuál sería la máxima atracción del lugar? He aquí tres opciones: ¿Qué tal un interactivo en el que el visitante pudiera armar su propio robo al erario nacional y saliera millonario de la noche a la mañana? Asimismo, puede ser una galería con mapas y organigramas en la que se evidenciara la interminable variedad de personajes que intervienen en una red del crimen organizado. ¿Cómo quedaría un Imax que proyectara documentales acerca de las más despreciables defraudaciones al patrimonio colectivo, en el que al terminar la función le entregaran a los presentes una réplica de un anillo de oro? Se me ocurren innumerables ideas para un museo tan importante.

Aporto algunas. Sería muy ilustrativo un pabellón que mostrara lo nefasto que implica para la gente el enriquecimiento ilícito a costa de la obra estatal. Fotos tamaño pared de accidentes en carretera que reflejaran los efectos de las rutas mal hechas y del nulo control en la sobrecarga de las unidades, así como de la permisividad demencial con la que aquí se abusa de la velocidad. Otra sección infaltable podría ser la de la compra de votos en el Congreso, mostrada al público por medio de un grotesco teatrino en el que las marionetas extremadamente sucias y maltrechas fueran los diputados que se venden al postor más despreciable, ya sea para aprobar una ominosa ley o bien para bloquear una de gran beneficio. Los modelos abundan. Y abarcan todas las clases sociales. Seguro que cuanto niño viera la putrefacción de esos títeres, jamás querría convertirse en semejante piltrafa humana. Y ya solo con eso el museo cumpliría una magnífica función. Pero no está ocurriendo tal cosa. Ni será posible a corto plazo.

Es una pena que nuestro país aún no esté preparado para una obra de magnitud tan ambiciosa. Lejos estamos de ver la corrupción como un hecho del pasado. Muy lejos. Es más: Nunca nos libraremos de ella porque siempre habrá más de alguno que intentará pasarse de listo y aprovecharse de mala manera del poder. No solo sucede aquí. La dolencia es del mundo. Pero, en otras latitudes, por lo menos se le teme al inminente castigo. A ese castigo previsto cuando la corruptela es descubierta por un fiscal correcto o por una ciudadanía despierta.

Aquí a lo sumo, si se alinearan los planetas y la gente decidiera luchar en serio por sus derechos, podríamos consolidar, con el tiempo, un sistema de justicia confiable y eficaz que mantuviera en jaque a las estructuras de saqueo que, cada cuatro años, no hacen sino renovarse y añadir cómplices a su banda. Hoy día, en vez de un museo para estudiar la corrupción, a lo único que podemos aspirar es una desvergonzada y cruel pasarela: la de la impunidad. Todavía son demasiadas las marionetas putrefactas que se venden, sin ninguna pena, al postor más despreciable.

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