LA NUEVA FATALIDAD

Luis Felipe Valenzuela

“El coronavirus vino para quedarse”. “Habrá que aprender a vivir con esto”. “Vamos hacia la nueva normalidad”. Las tres frases ya se integraron al repertorio de los lugares comunes. Y las tres revelan verdades que nos incomodan. No quiero pensar en cómo estaremos dentro de tres semanas. Aunque ya lo sepamos. Las mismas autoridades lo han dicho: El repunte de contagios viene. Y hasta ayer, ocho de cada 10 camas para enfermos moderados estaban ocupadas. Asimismo, el 95 por ciento de las disponibles para casos críticos.

No hace falta ser un genio para arribar a las obvias conclusiones. La declaratoria del “sálvese quien pueda” la hizo la misma ministra de Salud cuando le endosó la responsabilidad a la población de tomar precauciones para no infectarse. La realidad, como en todo, es que habrá algunos que podrán salvarse más y mejor que otros. Cierta igualdad podría darse solo cuando ya no haya recursos para atender enfermos, ni siquiera pagando exorbitantes cuentas en los hospitales privados. La posibilidad existe. Total, este dantesco caos lo venimos gestando no desde marzo, sino desde siempre. Extrañamente, ahora abundan las voces indignadas porque no les pagan a los médicos. Me pregunto dónde estaban esas mismas voces indignadas durante los últimos 30 años en los que hemos presenciado, pasivamente, cómo el saqueo y la iniquidad impidieron, a sus anchas, que el Estado pudiera cumplir con sus mínimas funciones. Entiendo que mantener las restricciones por mucho más tiempo ya no era viable. La economía ahorca.

La presión para abrir no solo era del Cacif. También provenía, aunque sin poder de influencia, de los trabajadores informales y de las pequeñas y medianas empresas. De ahí lo preocupante de que no haya, a la vista, un plan certero para que se reactive el transporte público. Me refiero a algún mediano orden en materia de protocolos de bioseguridad, así como a alguna mediana certeza en aspectos financieros. Los transportistas de la capital quieren de vuelta el subsidio. Los extraurbanos, que nunca lo han tenido, también lo habrán considerado. Sus dirigentes coinciden en que “para trabajar y perder, prefieren no salir”. No existe una solución agradable para esta encrucijada. Me pregunto: ¿Seremos capaces, como sociedad, de resolver un problema tan viejo como el de la saturación de las unidades colectivas en una coyuntura como esta? Es imposible que la gente pueda pagar una tarifa más alta. Y si, tal como se ve, el coronavirus “vino para quedarse”, vale la pena considerar que, en algún momento, los estudiantes tendrán que regresar a clases y que entonces mantener los aforos al 50 por ciento en los autobuses será incluso más arduo que hoy.

“Optimista no soy, lo confieso. Pero incluso aceptando que era necesario empezar la “desescalada”, no quiero ni pensar en cómo estaremos dentro de tres semanas”.

Todo lo anterior va de la mano con la reapertura anunciada el pasado domingo. Esta pandemia nos hará maestros en el aprendizaje a punta de “prueba y error”. Lo dramático es que cada prueba y cada error costará innumerables vidas y cuantiosos sufrimientos. A inmediato plazo es así como “habrá que aprender a vivir con esto”. Y aunque parezca irónico, le doy la razón a la ministra de Salud cuando dice que la responsabilidad es de cada quien. Un ejemplo de esto deberían de ser los empresarios. Quienes quieran mantener su negocio a flote tendrán que cuidar a su personal. Y cuidar a sus clientes. Y exigirle a sus proveedores que se cuiden. Edgar Méndez, comerciante del sector de expendedores de carne en el mercado La Terminal, lo dijo ayer por la radio: “Si alguien viene a comprar sin mascarilla, no se le vende”. Por cierto, estaba muy molesto por el video que puso a circular el gobierno en redes sociales en el que se muestran las aglomeraciones en su sitio de trabajo. Y comprendo su molestia, porque los descuidos se ven por doquier. “La Covid no solo está en La Terminal”, afirmó. “Ya llegó al Congreso, a la Casa Presidencial y a otros lugares”.

Tiene toda la razón. Y los ejemplos abundan. Las fiestas, clandestinas o no, siguen siendo demasiado comunes. Y habrá oficinas y fábricas en las que, a pesar de la evidente pandemia que vive el mundo, se obligará a volver a la gente, ya sea por la desconfianza natural hacia el teletrabajo o bien para “seguirle la onda” a la abrupta reapertura. Ojalá que ahora que se “levantó la talanquera” para mover la economía haya suficiente sensatez para evitar que la incipiente “nueva normalidad” termine siendo una descomunal tragedia.

Optimista no soy, lo confieso. Pero, incluso aceptando que era necesario empezar la “desescalada”, no quiero ni pensar en cómo estaremos dentro de tres semanas. Aunque ya lo sepamos. Y, cuando lo visualizo, pese a que debiera pensar primero en mis seres queridos, por alguna razón pienso antes en los médicos. Será a ellos a quienes les toque lidiar con el inminente repunte de contagios.

Se ve turbio el panorama. Muy turbio. Y esta vez, lo juro, no me refiero a lo que pueda salir de los “pactos” que se fraguan desde el Congreso de la República. Es decir, no aludo a la “vieja fatalidad”, sino a la “nueva”.

 

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