El virus que no perdona

Pensaba no tratar ningún tema relacionado con el coronavirus esta semana. No sé exactamente por qué. Supongo que lo había decidido como por alguna suerte de terapia. O por simple evasión. Tal vez acuso ya una fatiga espiritual por tanta noticia deprimente. Insisto: No lo sé a ciencia cierta. Pero ahora que empiezo a escribir, veo el cielo cargado de presagios grises, con las nubes moviéndose en siniestra coreografía y, de pronto, un apagón me sume en la súbita oscuridad.

Es el rayo implacable que suele acabar con los electrodomésticos. A mi computadora le entra en ataque de tos. Y entonces me pregunto: ¿de qué calibre será la noche que se nos viene encima? Sé que será tenebrosa. Ya lo es, de hecho. Los hospitales son muy similares a aquellos que se ven en las películas de guerra. Saturados. Con lamentos que se oyen aquí y allá. En el abandono añejado por la desidia que proviene del saqueo. Del saqueo indiscriminado.

Los médicos se la juegan y se multiplican con heroísmo. Y logran mucho más de lo que un ser humano promedio podría.

Pero no les alcanza para obrar la cantidad de milagros que se precisa en una pandemia tan voraz, aunque a diario salven de la muerte a infinidad de pacientes y les toque ver sucumbir a sus propios compañeros, tal como ocurre en los frentes de batalla. Me queda media hora para entregar la columna. Recibo una llamada. Es un amigo que me cuenta que otro amigo está contagiado. Me comunico con él. La pasa mal, pero no necesita hospitalización. En su familia, dice, hay siete infectados. No entró en detalles.

Solo me informó de que todos están guardados en casa. Recuerdo ahora que le envié un mensaje hace un par de días a otro amigo, porque quería saludar a su mamá. En su respuesta me confiesa que está de enfermero. Su esposa sufre de Covid-19, por fortuna sin mayores complicaciones. Sus hijos salieron negativos a la prueba. Él también.

Lo cual me trae a la memoria la angustia que se vive entre el momento del hisopado y el instante en que uno sabe que es negativo. Cuando el resultado sale así, digo. Ya no son historias aisladas. A donde uno habla, se encuentra con gente que conoce a más de algún “positivo”. O a varios. Cada día, los titulares revelan más y más casos. E incluso con esos pavorosos datos, inevitablemente incompletos, las impudencias abundan.

Algunos hasta se dan el penoso tupé de sostener públicamente que la pandemia es un invento de los medios. Que es para desestabilizar a Donald Trump y para que George Soros domine al mundo. La osada ignorancia que se expresa desde la ingrata suficiencia del que no lo ha sufrido en carne propia y que además cree que el virus nunca se asomará por su vecindario.

Todos estos días he llevado en el alma el dolor de un compañero de trabajo que perdió a su amada esposa. Me impresiona su temple. El hombre, con todo y su congoja, es ejemplo de amor para sus hijas. Suena mi teléfono. Es un doctor a quien conozco por razones de trabajo. Me dice que el momento de un SOS nacional ya llegó. Cuelgo y pretendo seguir con este escrito.

Pero el móvil vuelve a sonar. La voz del otro lado del aparato me relata tres cuartos de lo mismo, en cuanto a precariedad en los hospitales, pero me da la nota optimista del día porque ve con esperanza a las nuevas autoridades de Salud.

Es hora de entregar la columna. Me tomo un respiro. Por mi mente desfilan las caras de los más corruptos políticos que han protagonizado, como verdugos, la película de la interminable tragedia nacional. Algunos de ellos maniobran por estos días para que las Cortes sigan en su actual podredumbre o para que se empeoren a su muy particular conveniencia.

De seguro fue por esos diputados y esos operadores que vi el cielo tan cargado de presagios grises, con las nubes moviéndose en una siniestra coreografía. Era de eso de lo que quería realmente escribir esta semana. Pero no fui capaz de evitarlo. El colapso de los hospitales le ganó a mis intenciones y terminé tratando el tema del coronavirus.

No dispongo de más espacio. Mi celular suena con insistencia. Me llama un conocido a quien veo esporádicamente. Le contesto. Sí, era para lo que intuí. Él también se contagió y me pregunta si yo sé qué hacer en caso de que llegara a necesitar hospitalización.

Hora de cierre. Está claro que la pandemia nos acosa sin piedad. Y que el virus no perdona a nadie. No quiero responder más llamadas esta noche.

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