Ser padre

“No existe felicidad mayor que ser padre. Nada es tan tierno ni tan gratificante... Mi hija es lo mejor de mi vida”.

No hay felicidad mayor que ser padre. No para mí, por lo menos. Aunque carezca de vocación para ello. Aunque me quede grande el traje del papá ideal, que de todas maneras no existe. Cuando mi hija venía en camino apenas me imaginaba a qué clase de mundo me estaba metiendo. Temía naufragar, pero jamás se me pasó por la mente la posibilidad de rendirme. Por más enfurecido que el mar acometiera en mis dudas, yo sabía que abandonar ese bar-co no estaba en mi libreto. Nada tan tierno como aquella manita blanca de niña, tomada con fervor y con certeza de mi asoleada mano adulta. Yo era entonces su brújula inequívoca hacia el sur de nuestras afinidades y también rumbo al norte de los desencuentros mutuos. Ahora, pasa-dos los años, sus hacendosas manos me corrigen la plana cuando mis torpes modales de baby boomer trastabillan en los senderos, nivel uno, de los teléfonos inteligentes. Me asumo como un padre ausente y fallido en diversos campos. Yo también cometí la imperdonable pifia de faltar al acto en que ella se lució porque decidí pasarme de responsable y no abandonar el trabajo aquella mañana memorable. Grave error. A quienes empiezan su recorrido como papás les recomiendo nunca cometer semejante desacierto.

Por suerte para mí, y sobre todo para ella, lo absorbente de mi oficio evitó que le trasmitiera mis peores defectos y que influyera negativamente en su personalidad con mis aberraciones sobreprotectoras. Su mamá la educó de maravilla. Le enseñó la grandeza de la austeridad. Le aportó la disciplina espiritual para enfrentar los desórdenes in-justos del diario vivir. Mi hija es idéntica a mí. Pero en bonito. Y sin barba. Y con una visionaria definición absolutamente contraria a mis laberintos indecisos. Mi genética le abrió la puerta para aprender a agenciarse la libertad para ser libre. Libre para la libertad. La redundancia es obvia e intencional. Incluso, necia. Porque creo inspirar en ella una libertad no libre de pecado, pero sí libre de toda perturbación. Una libertad sensata, capaz de desafiar a la cordura con lucidez demente; esa misma que cabalga sobre los delirios de cualquier desvarío que se respete.

“No existe felicidad mayor que ser padre. Nada es tan tierno ni tan gratificante… Mi hija es lo mejor de mi vida”.

Ser papá durante esta pandemia resulta ser una tarea ardua y complicada, en parte por las contradicciones que acarrea. La principal: La de cuidar a mi hija manteniéndola a distancia física de mí, por formar parte yo de los que corren un riesgo mayor de contagio. Los hijos siempre deben contar con sus padres. Saber que uno está con ellos aunque no se comparta el techo. Acabo de leer una entrevista de Nancy Sinatra que me hizo meditar acerca del tema. En una de sus respuestas, ella habla de su célebre padre y aprecia en su recuerdo que, pese a que no vivieran en la misma casa, siempre sintió que estaba “ahí” a su lado y de su lado. Que disponía de su respaldo, aunque hubiera miles de kilómetros de por medio. Y remarca, con gratitud, que la instara insistentemente a no imitarlo, sino a encontrar su propio estilo en el arte del canto en que él era un fuera de serie. En eso, considero yo, radica el secreto de una paternidad exitosa. En no pretender gobernar la vida de los hijos, sino en inspirarlos a aprender la libertad de ser libres; la de ser libres para la libertad. En esa descomunal ta-rea es decisivo no incurrir en los horrores que suelen ser el sello de los papás que atropellan en vez de arropar. Los que se des-entienden de sostener económicamente a su familia para poder así “vivir su vida”. O los que dan vulgares y excesivos lujos producto de la más infame corrupción.

Para la mayoría de hombres, ser padres ausentes es casi inevitable. Pero hay ausencias de ausencias. Una, suma-mente cruel, es la del infame abandono de aquellos que ni siquiera reconocen a los hijos. Otra, terrible en sus consecuencias, la que relega a sus vástagos al plano secundario de la precariedad, en aras de un jolgorio externo que per-fila al clásico “candil de la calle y oscuridad de su casa”.

El traje de “papá perfecto” me queda grande y lo admito. Pude y debí ser mejor. De mis errores, el no haberme gozado más mi paternidad cuando los juguetes marcaban las jornadas de mi familia es el más craso. Suplico a quienes todavía pueden enmendar esa falta a que lo hagan de inmediato, cueste lo que cueste. Y les diré la razón por la cual es tan importante no dejarlo al tiempo. Lean con atención, por favor: No existe felicidad mayor que ser padre. Nada es tan tierno ni tan gratificante. Nada nos hace tan felizmente humanos. De eso doy fe y firmo. Mi hija es lo mejor de mi vida.

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