La experiencia de la montaña rusa

“Quisiera transmitir que estamos teniendo días de amor, de fe y de mucho aprendizaje si así lo elegimos, apoyados en nuestros pensamientos positivos y no de dolor”.

La experiencia de la montaña rusa

Por: Mayra Gabriel

Tengo recuerdos muy vagos de la primera vez que experimenté la excitación, el riesgo, la adrenalina, la velocidad, la incertidumbre de subirme a lo que es una de las atracciones más famosas en el mundo de los juegos mecánicos, creada en el invierno de la década de 1880 y que empezó, como bien lo menciona su nombre, en la ciudad rusa de San Petersburgo, me refiero a la montaña rusa. Hoy en día, la montaña rusa más alta y más rápida de la Tierra, con una longitud de 950 metros, llega a alcanzar los 139 metros de altura y una aceleración de hasta 206 km/h en 3.5 segundos, este juego, llamado Kingda Ka, fue inaugurado en mayo de 2005 en Nueva Jersey.

Si no estoy mal fue en México, en la Feria de Chapultepec en los años setenta, donde tuve mi primera experiencia de este tipo de atracción estresante. Y digo así, porque la verdad es que luego de hacer una gran cola, la mayoría de veces, pasa uno a la emoción de hacer un recorrido de dos o tres minutos. La última experiencia de este tipo la tuve en nuestro maravilloso parque Xetulul, en la montaña rusa Avalancha, con una longitud de 880 metros, una velocidad de hasta 206 km/h y una maravillosa altura de 32 metros, la cual deja ver una espectacular vista del parque. Sí, puedo decirte que me subí con muchos nervios y me bajé después de gritar y gritar, de mantener mis ojos cerrados en ciertos momentos, jurándome nunca más volver a subirme a una.

“Quisiera transmitir que estamos teniendo días de amor, de fe y de mucho aprendizaje si así lo elegimos, apoyados en nuestros pensamientos positivos y no de dolor”.

Ahora bien, ¿cómo puedo relacionar mis sentimientos con el movimiento y la velocidad de una montaña rusa? Aprendí que las emociones son variadas cuando se está viviendo un duelo, que no por fuerza es cuando alguien se muere, sino que también cuando hay una separación de pareja, un cambio de casa, una traición, un cambio de país, en fin, cualquier tipo de transición. Las etapas del duelo o estados emocionales, como lo describe una de mis grandes maestras, la psiquiatra y tanatóloga suiza Elisabeth Kübler-Ross (1926-2004) son: primero, la negación; segundo, la cólera; tercero, negociación; cuarta, la depresión; y, por último, la quinta, que es la aceptación.

Cada una de estas cinco etapas lleva su tiempo de maduración. Comer una fruta antes de que esté madura no sabe igual que si nos la comemos cuando ya está en su punto. Por eso, es importante vivir y sentir cada una de estas etapas. No para todos es igual y la mayoría de veces estamos en una y podemos, por momentos, retroceder a la etapa anterior. Es ahí donde siento que vivir estos estados emocionales es como vivir la experiencia de la montaña rusa. Hay un principio y un fin. No podemos quedarnos a medio camino. No podemos acortarla. Vamos procesando, creyendo que vamos bien y, de repente, por algún comentario que oímos o alguna actitud de alguien que vemos las emociones se nos alborotan y caemos de romplón, para con actitud elegida volver a subir nuestro ánimo de manera responsable o quedarnos como víctimas.

Por eso te digo que esta experiencia de procesar un duelo es como subirse a una montaña rusa, sube y baja, con largos trechos, velocidades diferentes y con un estrés individual. Te quiero compartir que cada experiencia que vivimos, como este tiempo de aislamiento que debemos tener, se vuelve una historia que no vino a destruirnos, sino que, al revés, vino a construirnos como mejores personas. Quisiera transmitir que estamos teniendo días de amor, de fe y de mucho aprendizaje si así lo elegimos, apoyados en nuestros pensamientos positivos y no de dolor. Días que pasamos añorando lo que no tenemos, por ahora, y en los que debemos aprender a enfocarnos en lo que sí tenemos. Momentos que estamos viviendo para elegir ser tú, ser tu propia persona, ser tu propia fuerza. La fuerza de tu valor, tu inspiración, tu libertad para conocerte más y siempre decir: “Yo me amo y me apruebo”.