Muros, pero de luz

“El mundo vive en constante peligro por la mentalidad proclive a crear y a aplaudir muros mentales. Hablo de aquellas murallas prejuiciosas y feroces que no permiten que se filtre ni la más mínima luz en sus férreas estructuras”.

Muros, pero de luz

“Lo que marca el fracaso del comunismo no es la caída del Muro de Berlín, en 1989, sino su construcción en 1961. Era la prueba de que el socialismo real había alcanzado un grado de descomposición tal que se veía obligado a encerrar a los que querían salir para impedirles huir”. La frase, muy oportuna para conmemorar los 30 años del derribo de esa oprobiosa pared, es de Jean-Francois Revel. Yo la reinterpreto así: Lo que marca la ruina de Donald Trump como ser humano y también en su rol de líder mundial no es que en 2016 usara como argumento de campaña la criminalización de los migrantes y la construcción de un muro para detenerlos, sino su cruel terquedad de ignorar los orígenes de esa migración y pretender desincentivarla con medidas represivas y no con acciones que eviten la corrupción y a la vez estimulen las inversiones en los países, como Guatemala, que expulsan a su gente por hambre o por violencia. En tal sentido, el mandatario estadounidense es tan populista y tan nefasto como cualquiera de los igualmente cavernarios jefes de Estado que suele criticar con vehemencia, léase  Maduro u Ortega. ¿Por qué? Porque mientras se salgan con la suya, la humanidad no les importa. Y aunque, a diferencia de los dictadores que hacen padecer a Venezuela y a Nicaragua, en Estados Unidos la democracia podría sacar a Trump de la Casa Blanca en las próximas elecciones, su estilo prepotente e impulsivo que encanta a muchos ha terminado inspirando (y a veces respaldando) a varios mediocres con poder que pululan por América Latina.

“El mundo vive en constante peligro por la mentalidad proclive a crear y a aplaudir muros mentales. Hablo de aquellas murallas prejuiciosas y feroces que no permiten que se filtre ni la más mínima luz en sus férreas estructuras”.

El mundo vive en constante peligro por la mentalidad proclive a crear y a aplaudir muros mentales. Hablo de aquellas murallas prejuiciosas y feroces que no permiten que se filtre ni la más mínima luz en sus férreas estructuras. La tentación de aislarnos o bien de ignorar las realidades incómodas nos vuelve insensibles y pusilánimes para enfrentar la injusticia cotidiana y la impunidad sistémica. Asimismo, nos transforma en seres pasivos y egoístas que solo piensan en sí mismos y que resultamos incapaces de ocuparnos de asuntos y de causas que son de interés común. Dista mucho una vocación por construir muros de aquella que se orienta a tender puentes. Gran cantidad de políticos, así como los mercaderes del odio, suelen basar su receta en dividir a la gente. Son los muros que se levantan a puro ladrillo de mentiras. Mentiras obviamente falsas, pero que los incautos o los afines ven como la incuestionable verdad. Mentiras despiadadas que buscan lograr que las paredes que erigen con su verborrea ponzoñosa terminen siendo paredones para sus contrarios. Para lapidarlos en su honra y exponerlos a insultos orquestados que repiten la tonada de la descalificación como himno de su bajeza. Es entonces que la sociedad de muros deviene en sociedad de cloacas. Y el discurso se repite, incluso en los primeros podios de la nación.

Treinta años después de la caída del Muro de Berlín, las dudas abundan en infinidad de democracias fallidas que no han sido capaces de romper con los moldes del fracaso. Guatemala no es la excepción de ese drama tan infame. Pienso en los dos meses que nos vienen. ¿Qué se atreverá a intentar el así llamado “Pacto de Corruptos” en el Congreso? ¿Cuánto tratarán de blindarse para enfrentar el 14 a las 14? ¿Apelarán a las prácticas más viles del pasado? El país tendrá una señal muy clara de cuán hundido está si el 13 de enero no hay estampida en el aeropuerto de funcionarios que perderán su derecho de antejuicio al día siguiente. Si se quedan algunos (o todos) de los que sudan su culpabilidad y aquellos que ya ni siquiera disimulan su estirpe criminal, esto se va a poner incluso más terrible. Porque ello implicará que el muro creado para neutralizar a la independencia de la justicia y a las voces que exigen un régimen de legalidad estará terminado y listo para desempeñar su ominosa misión.

No descarto, sin embargo, que haya algunos que se confíen más de la cuenta y decidan no huir, cobijados por falsas promesas de operadores de la ignominia, que no siempre cumplen lo que ofrecen. Algo similar les sucede a los mesiánicos que no conocen sus límites y que incurren en abusos que los llevan a la perdición. Y eso me conduce hacia otra frase lapidaria, esta vez de Nietzsche: “El que apetezca la gloria debe despedirse a tiempo y dominar el difícil arte de irse en el momento oportuno”. Infinidad de gente que se engolosina con el poder no entiende algo tan elemental como eso. El más reciente en el ámbito mundial: Evo Morales. Los muros mentales no tienen ideología y suelen surgir de fantasías autodestructivas o de cegueras tapiadas en el simple acto de cerrar deliberadamente los ojos. No vamos a ninguna parte con tanta pared infranqueable. En todo caso, prefiero aquel poemario de mi tan querido Bolo Flores, que hablaba de muros, pero de luz.