El afecto Naím

“¿Por qué su invitado habla mal de Trump y después habla mal de Maduro? Que se defina”. Esa pregunta-comentario ingresó por WhatsApp el pasado viernes durante la entrevista que se le hizo en Emisoras Unidas al analista y escritor venezolano Moisés Naím. Al formularle la interrogante del oyente, el invitado dijo que no la había entendido. Y con toda la razón.

En sus ojos leí cierta incredulidad y algún dejo de duda en cuanto al planteamiento. Naím, quien había participado la noche previa en el Enade de este año, se refería al populismo como una fórmula que, de la mano con la posverdad y la polarización, lo que pretende es el continuismo en el poder.

En el momento que vive Guatemala, me parece sumamente oportuno que un intelectual de su categoría, con tanta credibilidad y lucidez, se refiera a la importancia de cuidarse de la apabullante desinformación que aquí padecemos, así como a sus nefastas consecuencias.

En sus artículos, el autor de libros imprescindibles como “Ilícito” y “El fin del poder” es tajante en resaltar la importancia de la prensa independiente en una sociedad democrática. “Los periodistas son los guardianes de la democracia…”, dice. “Ellos son quienes nos alertan de las conductas indebidas de los gobiernos y quienes les hacen preguntas incómodas… si no hay prensa que se ejerza con libertad, entonces lo que se tiene es una dictadura”.

Naím menciona entonces al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien suele descalificar a los periodistas con la frase “fake news” (noticias falsas), algo en que, según afirmó el entrevistado, lo han seguido unos 50 jefes de Estado del mundo entero, que se montan en ese caballo para agredir a los medios de comunicación y reprimirlos con el fin de que no informen acerca de lo que hacen los poderosos.

“Por definición, los periodistas deben ser irritantes y desconfiados”, dijo. “Acallarlos y deslegitimarlos, como lo hacen muchos presidentes ahora, es muy peligroso para la democracia”. No ignora Naím que existe también una prensa que se vende y que no observa los mínimos principios éticos.

“La lista de defectos de esos medios es larga y conocida. Pero, a pesar de todas esas fallas, es muy importante que haya libertad para que periodistas honestos e independientes nos ayuden, como sociedad, a entender qué está haciendo el gobierno y denunciarlo cuando comete abusos o errores”. Al preguntarle cómo se explica que Nicolás Maduro siga sentado en la silla presidencial en Caracas, Naím hace ver que son las fuerzas armadas las que lo mantienen ahí, pues, de acuerdo con sus palabras, “están dispuestas a matar a otros venezolanos para que el régimen se mantenga” y además porque, a su criterio, “las grandes decisiones políticas y militares de Venezuela se toman en La Habana”.

En nuestra coyuntura, plena de confusión y de agresiones, considero muy valioso que Naím haya reparado en que el populismo no es una ideología y que este no se limita a las así llamadas “repúblicas bananeras” con democracias débiles. De ejemplo pone a Estados Unidos y a varios países europeos.

Del mismo modo insiste en que la polarización también es un flagelo planetario, lo cual trae consigo la ingobernabilidad. Al respecto, basta con echar un vistazo a lo que sucede aquí: Las rencillas son la batuta de la desafinación orquestada; el ataque es el idioma que le habla con mayor fluidez a los prejuicios.

Entre los asertos durante su charla en el Enade, el columnista hizo ver que Guatemala vive en una especie de “coexistencia pacífica con la desnutrición crónica infantil” y que la solución para semejante lastre podría llegar si combatirla se transformara en “un proyecto nacional”.

De ahí la importancia de que, como lo mencionó en su conferencia y en la entrevista, aquí aprendamos a distinguir entre los que dicen la verdad y los que no. En su opinión, que se pierda claridad en algo tan esencial es sumamente peligroso. A lo que yo agrego que en Guatemala son varios los “polarizadores profesionales” atascados en la “Guerra Fría”, que lucran de romper a toda costa la posibilidad de alcanzar un acuerdo y que son implacables para desprestigiar a quienes luchan por informar al país de manera no perfecta, pero sí decente.

Resultó muy enriquecedor escuchar los argumentos y las propuestas de Moisés Naím. Tenerlo en la cabina de A Primera Hora fue, para los que conducimos a diario el programa, un “cariñoso honor”.

La calidad humana e intelectual de este hombre inspira amistad con solo leerlo, no digamos al sostener una conversación con él. La democracia precisa de muchas voces como la suya para denunciar a los charlatanes y a los dictadores que tanto dañan al mundo.

Lo dijo sin ambages: “El populismo no tiene ideología”. Por ello celebro otra vez que este connotado escritor hable mal de Donald Trump y de Nicolás Maduro. Y en ese contexto, me permito este apunte final: Es harto conocido que su programa de televisión se llama “El Efecto Naím”. Sin embargo, para esta columna, lo que queda de nuestra charla es algo mucho más entrañable: Es “el afecto Naím”.

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