El Estado en trapos de cucaracha

“Es urgente tomar conciencia de los tremendos daños propinados a la escasa institucionalidad que habíamos logrado consolidar. Nuestro Estado da risa. Y pena, también. Mucha pena”.

El Estado en trapos de cucaracha

Lo que padecemos cotidianamente en el tráfico es el calco de lo que sucede en el resto del Estado. La diferencia radica en que, contrario a ese antes que no fue hace tanto tiempo, el suplicio no se limita a los viernes por la tarde.

Ahora es a diario y a cualquier hora. Y el caos vial no distingue entre un Mercedes Benz o un Chato 1300.

Cuando hay congestionamiento, es decir casi siempre, el atasco es general. Algo similar nos castiga y nos condena desde hace años en la educación y en la salud. O en las carreteras. O en la justicia. O en el cuidado del medio ambiente. Incluso en la calidad de funcionarios o en el talento de los liderazgos.

No digamos en la tragedia que representa la desnutrición crónica infantil.

Muchos se enteran de la espantosa realidad de Guatemala solo por azares del destino. Por ejemplo, si se sufre un accidente automovilístico en algún lugar remoto del país y, por emergencia, en vez de ser trasladado a un hospital privado de la capital no hay más remedio que ser atendido en uno de provincia, es entonces cuando la precariedad de equipos o el desabastecimiento de medicamentos nos enfrentan, sin anestesia, con el abismo de la desesperación.

Y ahí, a punto de perder la vida por la carencia de lo básico, meditamos indignados acerca de la corrupción y sus siniestros tentáculos.

Ahí, en la hora cero de nuestra existencia, tal vez nos arrepentimos por las innumerables apatías ejercidas cuando ignoramos un llamado para hacer presencia en alguna plaza o para respaldar una determinada acción de ciudadanía. Ahí, sin más opciones que las disponibles, sentimos en carne propia la historia de millones de guatemaltecos que, a fuerza de repetitivos calvarios, se han acostumbrado a morir a sabiendas de que pudieron salvarse.

Y todo como consecuencia de los saqueos y de los abusos de un sistema diseñado para ordeñar con sangre a las arcas nacionales.

Los cínicos actuales que culpan a los demás de su incompetencia y de su mediocridad no son nuevos ni originales. Solo son peores y más ordinarios. Pero pertenecen a la misma estirpe entreguista y servil de sus antecesores. Y claro: Proclaman su amor por la Patria con la misma hipocresía.

Es urgente tomar conciencia de los tremendos daños propinados a la escasa institucionalidad que habíamos logrado consolidar. Nuestro Estado da risa. Y pena, también. Mucha pena. No será defendiendo lo indefendible o aferrados a dogmas como podremos empezar a darle respiro a este hervidero de fatalidades.

Es urgente alejarse de la descalificación automática que surge cuando quien opina o interviene es alguien situado del otro lado de nuestra visión del mundo.

Y al mismo tiempo, es preciso no callarse frente a las iniquidades conceptuales de los extremistas que viven de la polarización.

Serán eternos los 97 días que faltan para el 14 a las 14. Eternos y peligrosos. Públicas gracias a mi querido Max Santa Cruz por ese conteo tan riguroso y tan revelador en Twitter. Lo arduo de visualizar el tramo que nos queda por recorrer es imaginar el enorme deterioro que aún puede causarse a nuestras aspiraciones colectivas. A nuestro sueño de vivir en paz.

En síntesis, al desarrollo humano tan cruelmente postergado. Sin embargo, en medio de semejante desolación moral, se ven señales alentadoras en el presidente electo, Alejandro Giammattei. Toma distancia con cautela de este gobierno y da declaraciones que, con serenidad, le enmiendan la plana a varios desmanes de este equipo gubernamental, cuyos aciertos han sido escasos.

Asimismo, algunos futuros diputados dan la impresión de que no se rendirán fácilmente cuando sean recibidos en el averno de la 9a. avenida. Eso crea tensiones entre los que pretenden que aquí volvamos al régimen previo a 2015.

Los pone nerviosos. Los inquieta. De ahí las infames campañas de desprestigio y las burdas cortinas de humo. Aunque siempre se diga lo mismo, no aguantamos cuatro años más de un desastre como el actual. De verdad, no creo que el país pueda resistir tanta debacle junta. Me refiero a un gobierno que casi solo puede ser alabado por netcenteros de la peor calaña o por los obtusos irremediables de siempre.

Es oportuno recodarlo

Lo que padecemos cotidianamente en el tráfico es el calco de lo que sucede en el resto del Estado. La diferencia radica en que, contrario a ese antes que no fue hace tanto tiempo, el suplicio no se limita a los viernes por la tarde. Ahora es a diario y a cualquier hora. Y los embotellamientos no distinguen entre un Mercedes Benz o un Chato 1300. Es el Estado en su definición de máxima decadencia. Lo que popularmente conocemos como “trapos de cucaracha”.