Trágicamente tarde

“Necesitamos Congreso no solo para que diligentemente apruebe un estado de Sitio. Son demasiadas las leyes cruciales para el país que no logran juntar 80 votos”.

Trágicamente tarde

Hay quienes confunden Estado con Gobierno. Incluso entre profesionales supuestamente formados se da ese enredo mental. Presumo que el presidencialismo desmedido que padecemos forma parte del asunto. Y también contribuye la cultura de desconfianza que predomina entre nosotros. Nos enteramos poco o nada del decisivo rol que juegan las instituciones en la tarea de mantener la paz social. La frase de Bukowski es certera para describir eso. “Supongo que el único momento en que la mayoría de la gente piensa en la injusticia es cuando le sucede a ella”. Es entonces, y solo entonces, cuando extrañamos la mínima solidaridad de nuestros semejantes. De la sociedad en general. Incluso de nuestros amigos.

Que el Estado no llegue ni tenga autoridad en determinadas regiones las vuelve literalmente “tierra de nadie”. Y en “tierra de nadie” prevalece de manera voraz y excesiva “la ley del más fuerte”. La ley del que posee los recursos para intimidar e imponerse a la mala. La ley del narco. La del capataz. O hasta la de la barbarie. En algunos sitios, todas esas “normativas sin norma” conviven juntas. Y a diario hay muertos por ese coctel de cataclismos que conforman la cotidianidad. Aquí en la capital, donde también la presencia del Estado se evidencia precaria en múltiples episodios, vemos normal que los funcionarios nos irrespeten sin medida, confiados en  nuestra apatía ciudadana.

“Necesitamos Congreso no solo para que diligentemente apruebe un estado de Sitio. Son demasiadas las leyes cruciales para el país que no logran juntar 80 votos”.

En efecto hablo del letargo cómplice del que somos responsables usted y yo. Y así propiciamos la debacle, sin mover un dedo. Precisamente por eso, para ser exacto. Porque es por no mover ni un dedo que estamos así. Las medicinas criminalmente caras en las farmacias porque el gran comprador, el Estado, paga a precios de oro un acetaminofén. Imposible ganar un litigio en los tribunales si no se dispone de suficiente y abundante dinero. Y se sufre por las arbitrariedades deliberadas de muchos operadores de justicia que se aprovechan del sistema para atrasar a conveniencia procesos que debieran resolverse con celeridad.

El bache artero y taimado que destruye su llanta es otro de los interminables ejemplos. No nos engañemos. No solo en El Estor, Izabal, hace falta que el alcance del Estado se perciba. En Guatemala es casi omnipresente la ausencia de institucionalidad. La horrenda muerte de tres soldados hace una semana reúne todos los ingredientes de esa tragedia permanente que vivimos. Partía el alma ver a sus familias llorándolos con tanta congoja. E indigna hasta lo indecible que haya quienes pretendan sacarle raja a ese dolor. Es bajo, de verdad. Muy bajo.

De lo que se sabe hasta ahora, el abandono de la región donde ocurrieron los aciagos hechos ha determinado el destino de las víctimas. Hay festival de pistas clandestinas allí, allá y casi por doquier. Contradicciones a granel entre las autoridades. Discursos que ofenden la inteligencia. Estrategias obvias que buscan, a toda costa, retrocedernos hasta la conveniente bestialidad, la cual tiene visos de convertirse en un excelente negocio.

Necesitamos Congreso no solo para que diligentemente apruebe un estado de Sitio. Son demasiadas las leyes cruciales para el país que no logran juntar 80 votos. El atropello a la dignidad humana no puede seguir siendo el manual de acción de los representantes de los diversos intereses que operan en el país. No aguantamos cuatro años más en este desbarajuste. ¿Cómo entender que el Ministerio Público no haya podido establecer las causas del presunto suicidio de Agustín Chub Chub, uno de los supuestos autores del asesinato de los soldados, porque la comunidad no permitió acceso a los fiscales para que trabajaran la escena de su fatídico ahorcamiento? ¿Qué tipo de manejo de la territorialidad es ese? ¿Habrá realmente mano del crimen organizado detrás o será solo miedo y desconfianza hacia los actores estatales?

Es impostergable fortalecer el Estado y consolidar instituciones independientes. Lo ocurrido en El Estor, Izabal, es un pésimo presagio de lo que podría venir. La ineptitud mezclada con la maldad nos acecha. Quien tenga ojos que vea. Quien prefiera la ceguera deliberada que después no se queje. Vuelvo a la frase de Bukowski: “Supongo que el único momento en que la mayoría de la gente piensa en la injusticia es cuando le sucede a ella”. Y siempre que esa injusticia nos pasa la onerosa factura, resulta siendo muy tarde. A veces, trágicamente tarde.