Álvaro Cardenal Ramazzini

“Ramazzini no piensa moverse de la Diócesis de Huehuetenango. Y está consciente de que, cuando sea cardenal, ‘las tentaciones de orgullo y de soberbia estarán ahí’, por lo que asegura que tratará de superarlas”.

Álvaro Cardenal Ramazzini

Álvaro Ramazzini decidió convertirse en sacerdote cuando, de niño, oyó una frase de un padre dominico que sugería la idea de “salvar el alma”. Así empezó todo. A partir de entonces se embarcó en una vocación que desempeña en horarios de tiempo completo y con una incansable perseverancia, orientada hacia el servicio.

Desde que lo conozco ha sido controversial. Seguramente porque no es de los religiosos que se quedan callados frente a la injusticia, ni de aquellos que viven en la opulencia a costa de los fieles. Admiro de él la congruencia y la claridad mental. Su discurso nunca es “medias tintas”. Entrevistarlo siempre es revelador; uno medita cada palabra que expresa.

“Ramazzini no piensa moverse de la Diócesis de Huehuetenango. Y está consciente de que, cuando sea cardenal, ‘las tentaciones de orgullo y de soberbia estarán ahí’, por lo que asegura que tratará de superarlas”.

Hoy me daré el lujo de transcribir fragmentos de la charla sostenida con él hará unos 10 días, junto con mi compañera de cabina, Marielos Fuentes. Preguntado acerca de lo que opina de los políticos que se la pasan pregonando citas bíblicas, su respuesta fue tajante: “Lo primero que pienso es que no son honestos. Lo que demuestran muchas veces es la incoherencia entre lo que dicen que creen y lo que hacen”. Por ello, como ciudadano, dice sentirse con el derecho de plantear una crítica a los funcionarios que tienen una responsabilidad pública, y cuyas acciones no van de acuerdo con los principios religiosos que proclaman. “Las decisiones que toman afectan a muchas personas”, afirma. Y no evade hablar de la corrupción ni de la negligencia de quienes ocupan puestos en el Estado. Ramazzini se refiere a lo que describe como “la situación catastrófica que vive el país en temas de salud, infraestructura y educación”. A su criterio, es ahí donde se originan las falencias de un sistema que ignora a los más pobres y que yerra, con dolorosa frecuencia, en sus resoluciones judiciales. “La justicia humana se equivoca y hace que muchos inocentes estén en las cárceles y, al mismo tiempo, que infinidad de culpables estén libres”, sostiene. A lo que añade esto: “En el Juicio Final, las preguntas que se nos formularán serán éstas: ¿Le diste de comer al hambriento? ¿De beber al sediento? ¿Acogiste al migrante? ¿Fuiste a visitar al enfermo y al preso? Porque cuando lo hiciste, dijo el Señor Jesús, fue a mí al que serviste”. 

No me extraña que haya una legión de recalcitrantes que se escandalice porque Ramazzini haya sido declarado cardenal por el papa Francisco. Son los mismos que suelen fingir patriotismo y amor al país. Los mismos que buscan una democracia a la medida de sus privilegios. Y también los que gustan de hacer alarde de sus “acciones de bondad”. En tal sentido, rescato palabras dichas por el obispo en la entrevista que vertebra e hilvana este escrito: “La justicia es la medida más pequeña de la caridad. No puede uno hacer obras de caridad para justificar que no hace obras de justicia. Primero hay que hacer obras de justicia para después hacer obras de caridad”.

Ramazzini no piensa moverse de la Diócesis de Huehuetenango. Y está consciente de que, cuando sea cardenal, “las tentaciones de orgullo y de soberbia estarán ahí”, por lo que asegura que tratará de superarlas. Asimismo, de acuerdo con sus palabras, su nombramiento significa que el Papa piensa en Guatemala y que está al tanto de los problemas que vive el país, como la pobreza, la exclusión social y la migración. Este drama de los que se ven obligados a huir del país para buscar un trabajo preocupa y ocupa al obispo en los días que corren. Y tal como sucedió cuando, cursando el sexto grado de primaria, oyó a un padre dominico hablar de la idea de “salvar el alma”, esa motivación lo mantendrá en sus quehaceres diarios, sin jactancias ni pretensiones, haciendo del servicio su labor de tiempo completo.