No les pido más

“Evitar que miles de heroicos guatemaltecos sigan exponiendo la vida en esa travesía desoladora y de alto riesgo debe ser una de las mayores inspiraciones del próximo presidente, Alejandro Giammattei, así como de los diputados que se estrenen en la novena legislatura”.

No les pido más

“Aquí la gente sale a buscar trabajo, pidiéndole a Dios no encontrar”. Esta terrible frase solía oírse con frecuencia en la Guatemala de hace unos años. Era una manera de descalificar al que se consideraba “haragán por naturaleza” o “falto de iniciativa” por una supuesta inferioridad de clase o raza. No sé si alguien se atrevería hoy a pronunciar semejantes barbaridades y a emitir comentarios tan retorcidos, cuando miles y miles exponen diariamente la vida en una travesía desoladora y de altísimo riesgo, con el único fin de conseguir una oportunidad para laborar y así procurarle la subsistencia a su familia. En 2018, las divisas por exportaciones alcanzaron los US$11 mil millones. En materia de remesas, la cifra llegó a US$9,287 millones. En dos platos, como lo sabemos de sobra, sin los migrantes nuestra economía ya hubiese colapsado. De hecho, el país sería un desafinado concierto de ingobernabilidad, mucho más de lo que ya es actualmente.

Sostengo que no solo la desesperación económica es la causante de que tanta gente se vaya de aquí. Hay otro factor del que se habla poco, pero que resulta determinante para que muchos terminen poniendo la vida en juego con tal de emigrar. En estos lares cada vez existe menos esperanza de que haya rendijas por donde ver alguna luz en medio de tanto laberinto de sombras. De ahí que no solamente los que sufren mayores precariedades quieran marcharse. Es común escuchar que profesionales de la clase media aspiren a abandonar esta tierra y a aventurarse lejos, con tal de no seguir padeciendo el cinismo y el desprecio de los liderazgos políticos y sectoriales, tan alineados en aferrarse al peor pasado y en obstruir el futuro posible. Nuestras instituciones son el reflejo del fracaso y de la derrota. Y por la falta de estas nadie confía en nadie, y hacer caminar el aparato del desarrollo se vuelve engorroso y hasta inviable. Se ahorra mucho tiempo cuando los trámites de la incertidumbre se anulan en el intercambio social.

“Evitar que miles de heroicos guatemaltecos sigan exponiendo la vida en esa travesía desoladora y de alto riesgo debe ser una de las mayores inspiraciones del próximo presidente, Alejandro Giammattei, así como de los diputados que se estrenen en la novena legislatura”.

Don Ovidio es un empresario que tiene su taller de enderezado y pintura. Soy su cliente hace tiempo. Cuando mi carro precisa de algún arreglo, se lo llevo a él con la absoluta certeza de que me hará las reparaciones necesarias y que me cobrará lo justo. Es precisamente él quien me lo regresa a casa, incluso cuando no estoy allí. Y lo hace antes de que yo le pague, porque sabe que recibirá su dinero “en el término de la distancia”. Lo que hay entre él y yo es confianza. Y ambos nos esforzamos por no fallarnos nunca. Es sumamente agradable contar esta historia.

Pero muy diferente es el relato cuando reviso mi relación con los tres poderes del Estado. Es ahí donde las dudas me abundan más. No le doy crédito a lo que salga de la presidencia y de sus colaboradores cercanos. No apuesto un centavo a que el Congreso apruebe las leyes que hace tanto son urgentes. No me siento a gusto con demasiados fallos que salen de las cortes. En fin, soy como la mayoría de guatemaltecos en 2019: No veo salidas concretas en el corto plazo. Percibo caos. Inseguridad. Precipicios que rondan por mis caminatas diarias, como fantasmas acechantes. Y yo tengo trabajo y no vivo las angustias cotidianas que enfrenta la mayoría de quienes habitan mi país. Sin embargo, la idea de emigrar se me pasa por la mente con una inquietante asiduidad a partir de estos años tan asfixiantes que hemos vivido. No soy el único. Y sé que muchos se identificarán con esto, lo cual me preocupa. 

Rechazo desde siempre que en Guatemala haya gente que “salga a buscar trabajo, pidiéndole a Dios no encontrar”, y que sean legión los “haraganes por naturaleza” o los “faltos de iniciativa” por razones de clase o raza.

A quienes discrepen conmigo, les solicito atentamente comprobar lo que los migrantes hacen por el país. Sin su osadía y su esfuerzo, estaríamos en el colapso y en la catástrofe. A ellos les debemos la precaria estabilidad de la que aún disponemos.

Evitar que miles de heroicos guatemaltecos sigan exponiendo la vida en esa travesía desoladora y de alto riesgo debe ser una de las mayores inspiraciones del próximo presidente, Alejandro Giammattei, así como de los diputados que se estrenen en la novena legislatura. No digamos de quienes resulten integrando las nuevas cortes. Dejarían de ser humanos si ignoran este duro episodio. Me conformo con que le devuelvan la fe a la gente. No les pido más.