El país de los que huyen por ser inocentes

“Se estampan firmas irresponsables y se compromete a un pueblo entero a sojuzgarse. Y todo a cambio de conseguir la impunidad para unos cuantos”.

El país de los que huyen por ser inocentes

Tendremos que luchar contra la desesperanza. Cada quien en su frente de batalla. Cada quien con sus herramientas disponibles. Estamos asediados por la mala fe. Por el egoísmo extremo. Por el engaño sin sonrojo.

Salimos diariamente a lidiar con una acumulación de frustraciones y de acosos. El tráfico es un despropósito. Nos obliga a perder vida en el lento recorrido del atasco; ese que somete a nuestro aburrido reloj al hartazgo de la monotonía.

Nos acoquina el desempeño mediocre e inmisericorde de quienes nos gobiernan. Asistimos en modo pasivo a la venta de nuestro futuro, a precios de humillación. Estamos desarticulados por la inercia de la apatía. Aquí solo se mueven los que se van. Y se van muchos todos los días. Aunque les impongan barreras militares. O ríos profundos y riesgosos. O rutas alternas que estrenan la desolación en un cúmulo de amenazas delictivas. Al poder nunca le ha importado la gente. Solo se acuerda que ésta existe cuando le sirve. O cuando se vuelve negocio. O cuando se precisa de carne de cañón. No es nuevo esto. Es la historia. Nos toca, por ello, contradecir a la injusticia. Darle pelea. Plantarle cara para que, por lo menos, tenga que bajar la mirada. Soy iluso en esa afirmación. La injusticia no conoce la vergüenza. Por no ser ciega ve solo lo que le conviene. Y es implacable. E inclemente. Y severa. Y brutal.

“Se estampan firmas irresponsables y se compromete a un pueblo entero a sojuzgarse. Y todo a cambio de conseguir la impunidad para unos cuantos”.

El cinismo impío y procaz emite discursos en ruedas de prensa. Y pese a que la palabrería parece improvisada, el mensaje hace parte de un malévolo guion que se sigue al pie de la letra. Es el libreto que se especializa en insultar la inteligencia con la altanería del descaro. El script que promueve el entreguismo más bajo. La tragedia doméstica de una patria de expatriados.

Se estampan firmas irresponsables y se compromete a un pueblo entero a sojuzgarse. Y todo a cambio de conseguir la impunidad para unos cuantos. Pero ese desfachatado crimen, aparentemente consumado y sin castigo a la vista, tal vez se confía de más. Basta con darle tiempo al destino, para que el destino arribe a tiempo. A todos les llega su sábado. Ahora o después. Aquí o allá. Hoy billetes, mañana grilletes. Hoy fortuna, mañana vacuna. Y también “Fuenteovejuna”. Hoy papalina, mañana la ruina. Hoy mandamás, mañana sin disfraz. Ajeno al griterío que lo absuelva como a Barrabás y lejos de tan siquiera intentar salvarse de colaborador eficaz. En el país del siempre jamás, Dios tarda, pero no olvida al que con alma torcida se solaza en lo rapaz. El de la ambición voraz. El impostor lenguaraz. El atrevido incapaz.

Tendremos que luchar contra la desesperanza. Solo así podremos sobrevivir a esta hecatombe de vejámenes cotidianos, marcados por una codicia desmedida y canalla. Solo así nos repondremos de tanto desaliento. Solo así mantendremos la respiración incólume para doblegar estos jadeos del estrepitoso cansancio. Aquí, en el país de los que huyen por ser inocentes. Inocentes de la precariedad que les viene de varias generaciones atrás. Inocentes de la culpabilidad depravada de quienes se han llenado los bolsillos a sangre, saqueo y fuego.

Desempleo. Economía reacia. Dirigencias miopes. Despilfarros. Hampa en plena expansión. Bosques difuntos. Escuelas derruidas. Caminos que van hacia ninguna parte. Dolores a los que les niegan el derecho al mínimo analgésico. Desconsuelo. Oprobio. Ofensa. Desamparo. No se trata únicamente de un barco a la deriva, sino de un naufragio que se ensaña con los tripulantes de un galeón herido. Y se avista una costa en el calendario, pero los días que faltan para salir de este atolladero se ven como una eternidad. A lo que se suma una cruel incógnita que casi se pronostica en su borrasca anunciada. Los marineros preguntan: ¿Podrá algo ser peor que esta orgía de perversidades? ¿Habrá políticos que superen a los de su calaña, con infamias incluso superiores a las que nos han infligido los actuales? ¿Se atreverá alguno de los próximos a traicionar su naturaleza corrupta y así sorprendernos de buena manera?

Frente a la fatiga, lo único que queda es el instinto por los sueños. Mientras no muramos de idealismo, solo el idealismo puede salvarnos. Hacer equipo en lo primordial es ineludible en los tiempos que vienen. Tragarnos el orgullo. Doblegar nuestros egos. Apaciguar los rencores. Todo en función de no rompernos más por dentro. Todo con el legítimo y heroico fin de luchar contra la desesperanza. Cada quien en su frente de batalla. Cada quien con sus herramientas disponibles. Aquí solo se mueven los que se van. Y se van muchos todos los días. Se van demasiados. Se van los valientes. Los que ya no tienen nada que perder. Duro vivir en un país donde los que huyen no son los culpables, sino los inocentes.