Miniaturas (4)

“Aquellos que insultan y ponen en duda el voluntariado ciudadano de quienes cuidan la voluntad popular pisotean y marchitan lo poco de país que va quedando”.

Miniaturas (4)

Accidentes verbales. Propongo no abrocharles más el cinturón de seguridad a las palabras. Desprotegerlas a la hora de una fuerte colisión. Ponerlas en peligro de muerte. Mantenerlas ajenas a las multas por exponerse a ser libres en su asiento de conductor o de copiloto. Exijo permitir que las frases articulen ideas atrevidas y rupturistas. Propiciar que evidencien, hasta con su silencio, el rechazo a tanto oprobio acumulado. Es momento de que las palabras llamen a las cosas por su nombre, aunque lo que describan y repudien no tenga nombre.

Ignorar lo obvio. Otra avioneta acaba de aterrizar. El propietario de la tierra ya ni siquiera se molesta en enviar emisarios para que husmeen las señas del fuselaje. No hace falta. Es bien sabido el idioma que esas aeronaves traducen. Por ahora, sale más cómodo ver hacia otro lado. Existen urgencias inminentes que atender. Y además, cuando conviene, ver hacia otro lado es una práctica perfeccionada por generaciones. Algunos sugieren que también sería oportuno ver hacia el futuro. Tres años plazo, a más tardar. Quizá antes. Ignoran sus avisos. Los desacreditan. Prefieren la trasnochada canción del charlatán. Esa guerra no puede ganarse con armas convencionales. No puede ganarse, de hecho. Deseable sería, a lo mejor, evitar cataclismos previsibles. Aunque tal vez ya sea tarde. La indolencia es atroz cuando el egoísmo se monta sobre el lomo de la ceguera. No cae maná del cielo; todo lo contrario. El presagio es de sangre. Y de fuego. Y de gomorras insaciables. La bimotor enturbia con cínica rudeza el bullicio de la naturaleza. No se puede, sin embargo, “oír para otro lado”.

Nonsense sensible. Estoy en plena labor de reconstrucción. Edifico puentes levadizos para no extraviarme de la ruta hacia aquella habitación, en lo alto, donde el atardecer le rindió pleitesía a una reina que parece princesa. Incluyo en esta monumental infraestructura cabinas de peaje. La obra no tolerará sobreprecios. Ni sobornos. Todo se hará encima de la mesa. Como debe ser. Y también me decanto por lo legal: Practico la reconstrucción de hechos. Y de pechos. Armo la historia tal cual fue. Le incluyo trivias para despistar. Y me las disfruto. Es hora de bajarle el vino a la escultural botella. La vialidad es viable cuando la trivialidad va contra la vía.

“Aquellos que insultan y ponen en duda el voluntariado ciudadano de quienes cuidan la voluntad popular pisotean y marchitan lo poco de país que va quedando”.

El Cuarto Reich. He visto a Hitler rondar por las redes sociales. Lo leo con cierta frecuencia en sus proclamas de crematorio. Sus mensajes no se avergüenzan de enarbolar la bandera del encono. Miente sin rubor, como lo ha hecho siempre. Es moralista y dice amar a su país. Resulta trágicamente hábil para crear un enemigo ficticio. Hitler no se mide a la hora de evidenciar su desprecio por la humanidad. Esa humanidad que considera “diferente”, “atrofiada” o “antihigiénica”. Sus insultos y sus desmanes muestran al mundo lo ruin que es. Pero igual suma adeptos cada día. Seguidores que lo consideran “efectivo” para sacar en limpio los trabajos sucios. Fanáticos que lo defienden como si su estilo intimidatorio lo convirtiera en el profeta de la mezquindad. Hitler deambula por las redes sociales. Sin recato y sin sanciones. Sus émulos se multiplican. Y como él, exigen la pureza en nombre de la infamia e infamia en nombre de la pureza. ¿A cuántos millones matará Hitler en esta versión tan putrefactamente aclamada que canjea cadáveres por aprobación? Solo el odio lo sabe.

Por error o por complicidad, ya no importa. La causalidad de las casualidades no tiene explicación coherente. Baste decir que la imprudencia deliberada se paga con la repulsa popular, esa a la que ya no le caben dudas. Nunca es casualidad la causa de lo dolosamente inoportuno.

Hidalgo que sea por algo. Alí Babá hace rato que dejó de contar cuántos ladrones pululan por su relato. Los cuarenta quedaron muy atrás. Además, no hay quién contra ellos por ahora. Nada nuevo en realidad; solo decepcionante. Total, ese cuento de vivir sin esperanzas ya lo conocemos de memoria.

El verdadero engaño. Aquellos que insultan y ponen en duda el voluntariado ciudadano de quienes cuidan la voluntad popular pisotean y marchitan lo poco de país que va quedando. Juntos, los perversos y los oportunistas, no solo son dinamita, sino sobre todo escoria. Los que apedrean y ponen en entredicho el voluntariado ciudadano que cuida la voluntad popular, aprovechando la incompetencia de las autoridades, son los propulsores de las más viles arenas movedizas; esas que esconden la sórdida trampa en la falsa defensa de los valores democráticos. Lo escribo de nuevo: Aquellos que insultan y ponen en duda el voluntariado ciudadano de quienes cuidan la voluntad popular son los más diestros para la bajeza siniestra y los más bajos para siniestrar la destreza. E insisto: Los que apedrean y ponen en entredicho el voluntariado ciudadano de las juntas receptoras de votos son el fraude en sí mismos. El fraude sinuoso de lodazal. El fraude de siempre.