La entrañable complicidad

“No es común cruzarse, en medio de la gran precariedad, con una dicha tan abundante”.

La entrañable complicidad

Es sábado por la tarde. Me dirijo hacia una reunión más bien informal, pero descubro que mis zapatos no lucen lo suficientemente presentables como para la ocasión. En la ruta, muy cerca de mi casa, hay un parque al que me gusta ir a caminar. El estacionamiento contiguo sirve a la vez a un mercado y a una iglesia. Casi siempre está lleno, y hay misa en este momento. Sin embargo, resulta fácil hallar un sitio para dejar mi automóvil. Eso se explica en que las ventas de verduras y de carne cerraron ya. Muy consciente, el encargado del parqueo me advierte que difícilmente encontraré quién me lustre. De hecho, el parque sugiere cierta desolación. A lo lejos, enfoco a tres hombres jugando naipes. Se nota en los tres que hubo licor la noche previa y quizá también aquella misma mañana. En medio del tanteo del póquer, una caja de madera me indica que mis zapatos saldrán relucientes del lugar. El juego se interrumpe, y uno de ellos, con una gorra muy colorida, empieza a preparar mis ruedos para emprender su faena. Pero el intercambio verbal con sus compañeros de cartas no es alentador. Abundan las palabras soeces y una agresión humorística que me hace sentir incómodo.

Veo el reloj: Dispongo del tiempo justo para llegar en hora decente a la fiesta. Betún a mi mocasín izquierdo y lo mismo para el derecho. Las bromas suben de tono. El hombre que lustra sobrepasa los 65 años, al menos en apariencia. Se ve golpeado por la vida. Es notorio que cojea y percibo cierta torpeza en sus movimientos. La desolación de ese parque contrasta enormidades con el acostumbrado bullicio de los días hábiles. No alcanzo a enterarme del nombre al que responde el limpiabotas que se afana en sacarle brillo al par de cueros puntiagudos que le he confiado. Oigo con disimulo las burlas a la que lo someten sus camaradas de juerga. “El Armando se va a llevar a tu hija”. “Y se la va a aprovechar bien, vas a ver”. “Ese Armando es un salido”. “Y ya vimos que le echó el ojo a tu patoja”. “Armando es más largo que la cuaresma”.

“No es común cruzarse, en medio de la gran precariedad, con una dicha tan abundante”.

El anciano lustrador apenas emite comentario. Sus gestos insinúan, a mi parecer, una apatía como de cansancio que no deja de indignarme. Frente a las indirectas de quienes intentan fastidiarlo, sitúa su mirada en la iglesia y con palabras sobradas les suelta un par de frases: “Mi hija no es bruta”. “No tardará en aparecer por aquí y les cerrará el hocico de un solo”.

Vuelvo a consultar mi reloj. El episodio del lustre se ha demorado más de lo que esperaba y la ansiedad me propina un sutil toque eléctrico. Igual, no hay apremio. Calculo arribar con la puntualidad de quien asiste a una celebración abierta, en la que el gran cariño permite no ser el primero en asomarse. Transcurren tres minutos e intuyo que la recta final de mi visita al parque está próxima. Desde el otro costado, justo al lado de los fleteros, oigo de nuevo a los amigos del que, hasta entonces, considero un padre descuidado. “Armando ya se la llevó”. “Ya mero vas a ser suegro”. “Pobre tu chiriza: A ella también la van a engañar”. 

El cepillo de crin y el trapo mil veces frotado se desliza con firmeza por mis empeines. Pronto se añade betún a la ceremonia. Asumo que por no estar totalmente en sus cabales, el lustrador repite labores ya hechas. En el bulevar, el alarido de dos sirenas se entremezcla con una vieja canción de Soda Stereo. Siento en mi espalda el artero y repentino chiflón de las impredecibles tardes de verano. Y en ese preciso instante, la hija del limpiabotas aparece y se sienta junto a mí. Es una joven a lo sumo de 20 años, que lo primero que hace es dirigirse a su papá con estas palabras: “Viejo, ¿por qué no te has puesto suéter? Si no te lo ponés rápido te va a hacer mal. Y a tu edad, tengo que cuidarte mejor que antes”.

Los ojos del anciano se regodean sin disimulo. Con gestos faciales muy propios me invita a ver al amor de su vida. Y yo la observo con un resplandor en mi alma, arrepentido de haberlo juzgado mal. No había tales de indolencia ni de permisividad. “Creen que mija es bruta. Pero es mucho más lista que los tres juntos. ¿Verdá mija?” Y ella, sin dudarlo, le encaja el suéter para protegerle los pulmones. Y le acomoda la gorra con modales afectivos de corte juguetón. Ella me cuenta que a su papá lo atropelló un carro la semana pasada y señala el pedazo de alpargata que aún evidencia señales de una herida mal curada.

El lustre ha finalizado. Mis zapatos quedaron relucientes. En medio de un parque casi desierto, padre e hija caminan abrazados hacia la parada del autobús. Los sigo con la mirada mientras me aproximo al estacionamiento. Es obvio que su relación es de una entrañable complicidad. La mejor del mundo. Disfruto del cuadro e inmediatamente recuerdo a mi hija. Me identifico plenamente con ese hombre de gorra colorida, por el profundo gozo que compartimos, es decir, la incomparable plenitud de la paternidad jubilosa. 

Para nada me arrepiento de haberme detenido en ese desolado parque para buscar brillo en el par de cueros puntiagudos que llevo puestos en los pasos. Este trajín de vida que nos acoquina con tráfico desquiciante e implacable estrés no nos brinda con frecuencia escenas tan tiernas como la que acabo de presenciar. Y eso me enriquece el alma. Y me hace el día. Y me sugiere todo. No es común cruzarse, en medio de la gran precariedad, con una dicha tan abundante.