Opinión

Los perversos de siempre

No entusiasma este proceso electoral. No sugiere esperanza. No se ve por dónde. Estamos a 125 días de la primera vuelta y abundan las dudas acerca de cómo quedará la papeleta final. La única certeza es que en un país donde la política ha sido putrefacta, estos comicios serán incluso más sórdidos. Ya se evidencia que los ataques serán atroces y que, en vez de intercambio de propuestas, la competencia se centrará en quién logrará propinar los golpes más bajos.

Las reformas a la ley desconciertan y crean nebulosas. De eso se aprovechan los perversos de siempre. Por ahora, los tiempos de “las alegres elecciones” se ven lejanos. Y es fácil entender que, pese al alto porcentaje de gente que dice tener intenciones de ir a votar, no se vean luces casi por ninguna parte.

La política ha perdido más prestigio que nunca en los últimos tres años. En un país de bochornos permanentes, las altas dirigencias han desbarrado con los peores trucos del repertorio. Ahora mismo escribo con vergüenza. En el Congreso no han sido capaces de organizarse para conseguir 80 votos y aprobar el préstamo “Crecer sano” del Banco Mundial, pese a que la desnutrición crónica infantil es uno de los indicadores más deshonrosos de Guatemala. Para sus tropelías y su insaciable búsqueda de impunidad, los diputados son muy efectivos. Pero para los niños menos favorecidos, no hay tiempo. Ni consensos. Ni voluntad. Para ellos, nada. Ni siquiera por “lavar cara” lo hacen. Así de cínicos son. Así de grotescos. Así de malvados. Y en este episodio específico retratan al político promedio que nos ha gobernado durante décadas; ese que, en su versión actual, supera con creces la mediocridad y la indecencia a la que nos hemos terminado acostumbrando, con dolor o con apatía.

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¿Cómo puede un joven sentirse atraído en participar si lo que ve en el poder desafía el sentido común de la ética más elemental? Un diputado me dijo que en el Congreso, salvo contadas excepciones, hay bancadas que no mueven un dedo para pasar este préstamo porque no tienen de “donde pellizcarle” para sus mezquinos intereses. Solo de ese modo puede uno entender que se burlen de la niñez más desposeída con semejante descaro. Solo con argumentos tan crueles puede uno explicarse el desprecio con que han manejado el tema. Como que no tuvieran hijos o sobrinos. Como que la piedad o la mínima noción del acto solidario fuera ajena a sus almas.

Resulta patético comprobar que la gestión del Legislativo refleje tan pobres resultados, enfrentando una realidad tan acuciante y peligrosa. Otro caso es el de las reformas a la Ley de Bancos y Grupos Financieros. Por años he oído a José Alejandro Arévalo, exministro de Finanzas y exsuperintendente de Bancos, advertir de la necesidad de completar la aprobación de esa normativa, porque somos el único país de América Latina (“tal vez del mundo”, dice José Alejandro) que no dispone de ese instrumento para resolver una crisis bancaria, de aquellas en que quienes pierden son los ahorrantes. Pero eso tampoco es prioridad en la agenda de nuestros “insignes” congresistas. Para la mayoría de ellos, lo que urge es sacar a la CICIG, quedar bien con sindicatos corrompidos, librar del retiro de inmunidad a sus aliados o representar con diligencia los encargos de sus financistas más nefastos. Y así, sucesivamente, nunca se detienen en sus fechorías. Ni siquiera se sonrojan cuando les preguntan por qué tanta desidia en lo significativo y vital para el país. Ha de ser horrible cuando, cada noche al volver a casa, se ven en el espejo. Y ha de ser incluso peor cuando besan a sus hijos y les juegan el teatro de “padres y madres responsables”, algo que en campaña suelen explotar con lujo de hipocresía en fotos de estudio que sudan desfachatez. Tendrían que ser los más infames delincuentes como para ignorar que les están fallando a los niños más pobres de Guatemala. Aunque tal vez lo son, y yo todavía les concedo ingenuamente algún beneficio de duda.

De ahí que no entusiasme este proceso electoral. De ahí que cueste hallarle el lado de la esperanza. No se ve por dónde. Estamos a 125 días de elegir al nuevo Congreso. Hablo de 18 semanas. De verdad deseo que sea nuevo y no solo reciclado para envilecerlo más.

Ojalá que, entre ciudadanos que decidan participar y la fuerza votante que vaya a las urnas con actitud renovadora, logremos darle alguna luz a este tétrico valle de sombras.

Aún recuerdo los tiempos en que los jóvenes buscaban cambiar el mundo. Eran los años en que se vislumbraba posible una humanidad más gente y una gente más humana. Hoy, este recuerdo nostálgico soñaría con instar a los jóvenes, con motivar a los medio jóvenes, con exhortar a los no tan jóvenes y con estimular los que aún guardan en la memoria cuando fueron jóvenes, a que luchen por reivindicar el verbo “creer”, por medio de acciones que no se desplomen a la primera embestida de bajezas y que contra las ciénagas de indiferencia hagan correr el entusiasmo del agua fresca.

No hay dios que pueda ver con ojos amables la indolencia de este país frente a las carencias de los pobres. Aquí, señores del poder, tuvimos ya suficientes iniquidades de los perversos de siempre.

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