Revuelta contra el reloj

“Lo bueno de esta temporada es que uno suele hacer espacio para ver, aunque sea una vez al año, a aquellos amigos a los que ignora durante once largos meses”.

Revuelta contra el reloj

El tiempo no se detiene ni siquiera para tomar aire. Y se va por un camino que no conoce el regreso. El reloj gobierna nuestras vidas como un dictador inclemente. Lo bueno de esta temporada es que uno suele hacer espacio para ver, aunque sea una vez al año, a aquellos amigos a los que ignora durante once largos meses. Así funciona la máquina de minutos que se especializa en matar nuestras horas afectivas. Abundan las tardes de sesiones absurdas o de reuniones ineludibles ligadas con el compromiso. Nunca faltan las mañanas gastadas en el celular y las redes sociales, que cuando uno siente se esfumaron y solo nos heredan la semilla de los chismes o el germen de la angustia. Sobran los lapsos insulsos de los trámites que nos agobian con su obligatoriedad perentoria, que pudiendo ser ágiles y expeditos resultan  molestos y arduos. Pero casi nunca le dedicamos la tarde a un amigo entrañable, antes de que nos avisen que está grave o que acaba de morir. Casi nunca nos levantamos temprano un sábado para juntarnos a desayunar con los primos con quienes la pasábamos tan bien de niños. Casi nunca reservamos una noche para agasajar, con calidad, a los seres más cercanos y fundamentales. Nos creemos eternos. Y no lo somos. Nos creemos absolutos. Y tampoco. Nos creemos infalibles. Menos aún. La vejez llega cada día a nuestra puerta con una dosis de insolencia y otra de rotundidad. Nos carcome con la implacable certeza de la gota perenne. Revisar fotos antiguas es siempre un ejercicio reflexivo. Uno ve lo que tuvo, lo que conservó, lo que se fue, lo que jamás fue posible, lo que se conquistó con ahínco, lo que perdió, lo que nos hizo felices aunque no durara lo suficiente, lo que se intentó a medias, lo que se disipó en un suspiro, lo que iluminamos a lo grande, lo que se apreció poco, lo que creció para bien o lo que creció para mal, lo que disfrutamos a pesar de nuestras limitaciones.

“Lo bueno de esta temporada es que uno suele hacer espacio para ver, aunque sea una vez al año, a aquellos amigos a los que ignora durante once largos meses”.

Me declaro partidario ferviente de los convivios. Aunque me cueste enormidades tomar la decisión de asistir a la mayoría de ellos. Soy tímido y prefiero mantenerme apartado del ruido. Lo cual, por más personal que sea, se vuelve un tremendo error cuando se dejan pasar las irrebatibles ocasiones para festejar el cariño y celebrar la concordia. Los abrazos sinceros nutren y fortalecen. Los abrazos por contrato son intrascendentes y hasta perniciosos. Los mejores abrazos duran en promedio un minuto. Y se dan como se reciben: con todo el cuerpo y con toda el alma. Con los recuerdos. Con la gratitud. Con la esperanza. Es saludable abrazar al amigo como a una causa justa y abrazar a las causas justas como a un amigo: con lealtad a prueba de balas y a prueba de insidias. Sin rencores. Sin envidias. Sin comentarios innecesariamente mordaces e hirientes.

Esta mañana, en mi ruta, un accidente de tránsito llamó mi atención. Un autobús se había pasado en rojo, con el saldo fatal de una joven que, por el impacto, falleció instantáneamente. Me persigné. Y también percibí en mi corazón un dolor solidario. Pudo ser cualquiera de mis entrañables. Pudo ser un compañero de trabajo. Pude ser yo. El destino es un juez para quien la apelación no existe. Nos condena sin prevenirnos y nos perdona con sus lecciones piadosas. Es variable en su exactitud y azaroso en sus certezas. Así de inescrutable es el destino. Y de ese modo será por los siglos de los siglos. Nuestros destinos tienen como destino final, nuestros destinos. El trazo del sendero es milimétrico y puntual.

“Los abrazos sinceros nutren y fortalecen. Los abrazos por contrato son intrascendentes y hasta perniciosos. Los mejores abrazos duran en promedio un minuto”.

Nadie sabe cuándo ni cómo. Ni con quién. Ni dónde.

Ese dictador inclemente que nos gobierna con sus segundos y sus horas hace de los minutos un tesoro invaluable. Es preciso enfrentar al reloj y doblegarlo con una descarga de rebeldía perpetua. Ver más a los amigos. Gozarnos mientras se pueda a nuestros ancianos. Querer bien a quienes nos aman. Compartir a fondo con la gente que nos alegra la vida. No postergar el convivio hasta el próximo diciembre. Es oportuno recordarlo: el tiempo no se detiene ni siquiera para tomar aire y se va por un camino que no conoce el regreso.