Manzanas podridas

"Sé con certeza que una fruta no hace mayor diferencia en el planeta, pero cuando reviso las cifras mundiales de la comida que se pierde, me detengo de nuevo a meditar".

Manzanas podridas

Empiezo a comerme una manzana. Primera mordida: la consistencia no es agradable; percibo duroport en la boca. Sigo intentándolo. Lo hago por salud. Cuando era niño, mi madre solía repetir que “an apple a day keeps the doctor away”. Inglés aparte, es media mañana y el reloj aprieta. Mientras reviso correos, recuerdo que un médico me instó a comer cinco veces al día. "Comida sana", me dijo. Segunda mordida: apenas le siento sabor a mi manzana. La pongo sobre la mesa. La observo: parece una escultura a medio hacer; el rastro de mis dentelladas le da un toque rupestre. Va la tercera mordida. Y la cuarta. Decido entonces que no habrá quinta. Insípida e intrascendente, irá a parar al bote de la basura dentro de diez segundos. Tres, dos, uno: ya la tiré. Casi no llegué a probarla. Ni siquiera le di el beneficio de la duda. Fue fácil prescindir de ella. Porque no me hace falta. Porque soy un afortunado de la abundancia.

Datos recientes revelan que unas 1,100 millones de personas en el mundo viven en la pobreza. El dato me revolotea en la mente. No me consuela demasiado que en 1990 los gélidos números indicaran que eran1,850 millones. Aunque mejoremos, los números son de escándalo. Esa manzana que acabó de poner en un cesto de latón la habrían necesitado incontables niños en mi país. Más aun en ciertas áreas rurales. No digamos en algunas regiones de África.

Sé con certeza que una fruta no hace mayor diferencia en el planeta, pero cuando reviso las cifras mundiales de la comida que se pierde, me detengo de nuevo a meditar. De acuerdo con informes de la FAO, hasta un tercio de los alimentos se estropea o se desperdicia antes de ser consumido. Eso equivale a 1,300 toneladas al año. Comienzo a padecer otra vez por la manzana de la que me deshice con pasmosa frialdad. ¿Por qué no se la regalé a alguno de mis compañeros de trabajo?

Leo una nota del diario El País, publicada en mayo. Su autor afirma que “en Europa, Estados Unidos, Japón, China y Australia, el mayor desperdicio de alimentos ocurre durante la distribución y en el último eslabón de la cadena, es decir, el consumidor –compramos más de lo que podemos comer y a menudo dejamos que la comida caduque en nuestra refrigeradora-”. Todo lo anterior lo relaciono con nuestra interminable tragedia. ¿Cuántos recursos habrá perdido el erario nacional por el saqueo de los últimos decenios? ¿Cuántos desalmados se enriquecieron a costa de la precariedad de millones? Sin ir tan lejos: ¿Cuánto desechamos en nuestras casas cada jornada, ya sea por no calcular bien o tan solo porque más vale que sobre y no que falte?

"Sé con certeza que una fruta no hace mayor diferencia en el planeta, pero cuando reviso las cifras mundiales de la comida que se pierde, me detengo de nuevo a meditar".

Vienen las elecciones en un par de meses. Las maquinarias electorales se preparan para construir los lemas de campaña que tengan “gancho” y que sirvan para convencer a la población. Como cada cuatro años, los temas están sobre la mesa. Y, como cada cuatro años, se ve desolado el panorama. A los políticos únicamente les importa llegar al poder y seguir ordeñando al Estado. Nada más. Ninguno se preocupa por visibilizar la pobreza, aunque las caravanas de migrantes nos pasen enfrente con su desesperación a cuestas. Nuestros candidatos tienden a ser el patético reflejo del desprecio por la vida; la expresión visible de una sociedad cruelmente apática. Ni siquiera aquellos que contamos con el servicio doméstico en nuestra propia casa somos capaces de asumir que convivimos, a diario, con gente de escasos recursos. La más reciente novela de Anabella Giracca ("Para servirle", Alfaguara) me hizo caer en cuenta de esa cotidiana interacción que preferimos ignorar. Recomiendo mucho leerla para formarse una idea más clara de lo que aquí planteo.

Asimismo, sugiero revisar el accionar legislativo de los próximos dos días. El Congreso tiene hasta el 30 de noviembre (este viernes) para aprobar un préstamo por US100 millones del Banco Mundial, enfocado al combate de la desnutrición crónica infantil. Este viene con una donación de US9 millones, así como con un plazo de 33 años para pagarlo y una metodología probada que podría sacar adelante en su desarrollo cerebral a 400 mil niños de Guatemala. Pero si no se concreta pronto su trámite en la “novena avenida”, se perderá. Y todo por una negligencia de nuestros diputados, cuyas propuestas cínicas y frívolas son noticia prácticamente siempre. Eso trae a colación el bochornoso episodio ocurrido en Argentina, en la hasta ahora fallida final de la copa Libertadores de América. Por unos cuantos radicales violentos, queda mal todo un país y se desploma la ilusión de una fiesta deportiva.

Fíjese en esto: si el Congreso no logra un acuerdo transparente para apoyar ese préstamo, pero sí se receta un presupuesto "de ño electoral" y sigue abriéndole brecha al impopular transfuguismo, será muy evidente que no lo hicieron porque la ejecución empieza en septiembre del año entrante y ellos no tendrán acceso a intentar echar mano de esos fondos. Es decir, por unos pocos que se obsesionan en "la pepena", infinidad de familias sufrirán la pena. Como en el clásico Boca-River. Como en tantas páginas de la historia universal de la infamia.

Siento todavía el sabor a duroport de la manzana que acabo de tirar al bote de la basura. No me gusta desperdiciar comida en un país que sufre de hambre. La disputa permanente y patológica en la que nos han metido nos dificulta asomar la vista a otros horizontes. Es lamentable. Y hasta cierto punto, criminal. Nos negamos a enfrentar lo que nos estalla en la cara. La pobreza, por ejemplo. Bien claro queda que en Guatemala, las manzanas podridas siguen pudriendo a las demás.