Haroldo Sánchez

“Se equivocan de manera crasa quienes creen que, con su feroz festejo de estos días, Haroldo va a sucumbir o a desmoronarse. No lo hará. Tampoco la prensa como tal”.

Haroldo Sánchez

Quienes celebran como un triunfo la salida de Haroldo Sánchez de la dirección editorial de Guatevisión me causan una penosa lástima. Se han desnudado en su crueldad más vil. Han quedado retratados en su entera podredumbre. Además, se han equivocado de manera crasa al creer que con su feroz festejo van a doblegar a Haroldo. O a la prensa como tal. Se nota que no conocen la fuerza indomable que la dignidad trae consigo. Se ve que sus fines son espurios. Se evidencia su desprecio por la gente que de verdad se la ha jugado para defender al país.

Conozco a Haroldo desde hace más de 30 años. Lo he visto superar escollos y dificultades realmente atroces. Sé, de sobra, que ningún ataque, por despiadado que sea, logrará perturbar su paz interna. El periodismo valiente y tenaz tiene en él a una pieza fundamental para mantener a flote este barco de país; un barco que, a medio vendaval, a veces muestra un extenuado semblante de desesperanza. Donde esté, mi amigo y colega aportará coraje, criterio y transparencia. Lejos se encuentra de ser un árbol caído. Le queda mucho bosque a su senderismo indómito. 

“Se equivocan de manera crasa quienes creen que, con su feroz festejo de estos días, Haroldo va a sucumbir o a desmoronarse. No lo hará. Tampoco la prensa como tal”.

Varios de los que hoy aprueban este festín de iniquidades, puede que muy pronto se lamenten por haber formado parte de la jauría siniestra. Albert Camus lo describió con categórica lucidez: “La tiranía totalitaria no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios, sino sobre las faltas de los demócratas”. Hace meses que, en tal sentido, las alarmas se prenden a ritmo de intolerancia y de cinismo, con la inexplicable complicidad de la indolencia y de la apatía. Por ello, es momento de hablar de la prensa independiente. Empezar por decir que cualquier acción periodística, por emancipada que esté de los poderes, jamás será perfecta. Pero siempre resultará crucial y decisiva a la hora de defender los valores democráticos. Para nadie es un secreto que cualquier déspota prefiere una prensa dócil y acomodaticia. El opresor promueve la aberrante tendencia hacia los “infomerciales”. Favorece la entrevista obsequiosa. Se siente a sus anchas donde aprueban sus desatinos y sus vejámenes. No solo aquí, he de decir. Lo cual tampoco es consuelo. Nótese la prepotencia de la actual Casa Blanca al suspenderle la credencial al reportero de “CNN” que cubre esa fuente. Pareciera que la barbarie se puso de moda. Y que hay infinidad de seguidores dispuestos a aplaudir sus vejámenes. Como si fuera el preámbulo de un oscurantismo que creíamos superado. Hitler y Stalin, de vuelta al ruedo. El salvajismo desalmado que, encima de sus abusos, pretende dar lecciones de moral.

Desde 1986, en Guatemala hemos ido ganando batallas para que la libertad de expresión no sea reprimida o anulada. En ese proceso hemos participado ciudadanos desde diversas posiciones y circunstancias. Las conquistas de ese recorrido están a la vista. Asimismo, sus posibles e inminentes retrocesos. Y también los inquietantes peligros que acechan, cada vez con mayor descaro, el pleno ejercicio de la auditoría social. Las huestes de la corrupción hacen alarde de una insensatez desafiante. Están envalentonadas. Nótese el descaro, que raya en lo soez, de muchos integrantes del Congreso. O la irracional reacción de algunos poderes que se empeñan en destruir la mínima posibilidad de fiscalización que los alcance. Nuestra sociedad no solo está más polarizada que nunca. También sufre de una confusión sin precedentes. Entre los desinformadores profesionales y la era de la posverdad, las certezas elementales se ponen en duda. El miedo hace estragos entre quienes asumen en silencio un turbio pasado, pero son incapaces de ver hacia el futuro con espíritu de redención. Muy caro estamos pagando ya el implacable egoísmo de un ecosistema político absolutamente podrido.

Ese es el contexto en el que mi querido Haroldo Sánchez cierra un ciclo en su carrera periodística. En su historia profesional hay innumerables retos a los que se enfrentó con hidalguía. Me refiero a algunos desplantes del destino -como el exilio, las amenazas y las presiones propias del oficio-, que jamás llegaron a apabullarlo. Durante regímenes militares, civiles e incivilizados. Con una vida intensa y llena de relatos. Dar la cara y responder por su gente ha sido y será su sello. Siempre amigo. Siempre hacia el sol.

Se equivocan de manera crasa quienes creen que, con su feroz festejo de estos días, Haroldo va a sucumbir o a desmoronarse. No lo hará. Tampoco la prensa como tal. Quienes así lo piensen no conocen la fuerza indomable que la dignidad trae consigo.