Héroes NO anónimos

“Héroes necesitamos aquí. Héroes que se engrandezcan en la confesión de su lado oscuro y que, por medio de la redención, se decanten por la saludable y rotunda claridad”.

Héroes NO anónimos

Intuyo que Guatemala precisa, con cierta urgencia, de un acto heroico. De alguien que se atreva a ponerse de pie para asumir sus errores, cueste lo que cueste. Para servir de ejemplo. Para sentar un precedente. Para volverse referencia. No somos una sociedad de “hermanitas de la caridad”. Ninguna lo es. ¿Cómo logramos, entonces, ver hacia el futuro sin los tropiezos del presente, atrapados por un pasado sin resolver? ¿Cómo alcanzamos el acuerdo mínimo, si los intereses personales siempre prevalecen a la hora de cualquier negociación? ¿Cómo superamos este momento de gran peligro sin sacrificar lo que ya hemos ganado? Algunos proclaman el “borrón y cuenta nueva” como receta instantánea para mover al país de donde se encuentra atascado. Esta idea, sin embargo, parte de un principio básico de impunidad. Es decir, de un “no me castiguen por lo anteriormente cometido y permítanme demostrar que no volveré a hacerlo”. Así de fácil. En otras palabras, “perdón y olvido”, pero sin terapia de por medio. Sin escarmiento. Sin aprendizaje. Pregunto: ¿Funciona tal cosa en la vida real? ¿Habrá historias de éxito que partan de semejante simplicidad retórica? Salvo alguna excepción que rompa con la regla, ¿será posible curar una aberrante y destructiva adicción sin asumirla plenamente? Lo dudo. Cuando alguien en una familia ha ofendido y atropellado durante años a su propia gente, resulta inútil e iluso pretender que, sin un proceso de enmienda, el tejido afectivo se recobre como por arte de magia. Alcohólicos, drogadictos y adúlteros (o todos los anteriores juntos) precisan siempre de una “limpia” interna previa que les permita optar por una nueva vida y así recuperar los amores o los cariños perdidos. Muy similar ocurre con una sociedad.  No es posible construir una nueva si no se destruye, con voluntad y visión, aquella que ultrajó a tantos. Por ello propongo una variante, según lo viable, para la expresión “borrón y cuenta nueva”. ¿Qué tal si nos quedamos solo con el “cuenta nueva” y suprimimos la palabra “borrón” de ese pernicioso lugar común? ¿Por qué no nos aventuramos a diseñar un mecanismo que facilite la admisión de actos reñidos con la moral y con la ley, pero que, a la vez, le otorgue a quien se acoja a este una oportunidad de reinventarse? Alguien dirá que para ello existe ya el “proceso abreviado”. Y tal vez estaría en lo cierto, si a ello se suman resarcimientos acordes con lo saqueado a las arcas nacionales. Pero yo considero que no basta con eso que suele llamarse “justicia restaurativa”, porque esta quedaría como un privilegio solo para quienes pueden darse el lujo de pagarla. De ahí la necesidad de explorar algún método en el que el pueblo agraviado disponga de la posibilidad de perdonar, después de que el agraviante dé la cara y prometa públicamente un arrepentimiento genuino y que además se someta a algún tipo de revisión más adelante. Lo anterior no podría ser aplicable a asesinatos, claro está. Ni a crímenes de lesa humanidad. Ni siquiera a casos de corrupción que hubiesen costado vidas en su implacable sed de enriquecimiento. Lo cual complica el panorama. Y lo enturbia. Pero estimo que, en tiempos tan candentes como los que enfrentamos, es peor llevar la cuerda hasta su límite más tenso.

“Héroes necesitamos aquí. Héroes que se engrandezcan en la confesión de su lado oscuro y que, por medio de la redención, se decanten por la saludable y rotunda claridad”.

Estoy consciente de que puede leerse como una propuesta demasiado lírica. Lo acepto. Pero tal riesgo no me detiene de intentarlo. Total, no escribo para quienes quieren sangre a toda costa. Escribo para aquellos que se sientan dispuestos a flexibilizar, aunque sean milímetros, su esquema permanente. Hemos proferido suficientes señalamientos y hasta ofensas contra nuestros oponentes como para seguir ahondando en esa herida. No hay solución perfecta; la única que existe es aquella que es posible. Y esa solución pide a gritos un acto heroico. Pero heroico de verdad. No heroico a medias. ¿Cuál líder sectorial podría ser el primero en subirse a esa tarima de gloria? ¿Habrá coraje suficiente como para que alguien se atreva? Vuelvo a la comparación con los asuntos personales. Un padre que abandonó a sus hijos puede tratar de redimirse únicamente si se somete a ese espantoso pasadizo de escuchar los rencores de aquellos que dejó por egoísmo. Pero nunca lo hará si se queda, muy cómodo, pero también muy amargado, en la esquina mediocre del que jamás asumió sus vejámenes. A mí me indignan infinidad de acciones que veo en el devenir político cotidiano. Percibo detestable el cinismo hampón del Congreso. O la vileza monotemática, proimpunidad, del Ejecutivo. Asimismo, la ignominia descarada de tantos personajes del Organismo Judicial. Y también la necedad antidemocrática y miope de las élites. Mi sector, como tal, no está libre de eso. Ya lo apunté: No somos una sociedad de “hermanitas de la caridad”. Como no lo es ninguna.

Había mucho de qué escribir esta semana: Capturas emblemáticas, negocios turbios en ciernes, declaraciones desafortunadas y todo lo que Guatemala suele brindar en su oferta noticiosa. Hoy me rehúso a referirme a eso y, en lugar de aterrizar en la coyuntura, me la juego con un esbozo de propuesta. Repito: Nos urge un acto ejemplar. Algo que se salga del negacionismo hipócrita de todos los días. Es hora de quitarle el empleo a los netcenteros que siembran odio a cambio de dinero sucio. Héroes necesitamos aquí. Héroes que se engrandezcan en la confesión de su lado oscuro y que, por medio de la redención, se decanten por la saludable y rotunda claridad. Hablo de héroes “no” anónimos.w