Antes de que el río llore sangre

"Escribía al principio que este artículo dista enormidades de ser una columna de opinión. Lo reafirmo: Es una expresión de cansancio. La esperanza enfrenta una trabajosa borrasca de retos".

Antes de que el río llore sangre

Esta no es una columna de opinión; es una expresión de cansancio. A veces uno quisiera tomar el primer tren y no pensar en la estación que viene. Guatemala es un país agotador. No ha terminado un drama cuando ya comienza el otro. Eso lo sabemos de memoria y de sobra. Hasta el hartazgo. Asedia el ambiente porque las pugnas no descansan. Acoquina el tráfico. Desgasta tanto desprecio por los seres humanos. Enoja la malvada mediocridad de las “autoridades” y de los “líderes”.  Y al final, los temas se reciclan con una destreza perturbadora. Uno podría ahorrar cuantiosa energía, si no fuera por lo repetitivo del fastidio. Pero siempre surge alguien dispuesto a frenar la lucidez. No es alentador que el Gobierno se haya gastado Q90 millones desde 2012 en espiar a la gente, según lo reveló ayer una muy interesante investigación publicada en “Nuestro Diario”, firmada por los colegas Luis Ángel Sas y Coralia Orantes. Sin embargo, a nadie sorprende un dispendio tan despreciable y hasta ilegal. Según lo que pude leer, la estructura iniciada durante la administración Patriota nos regresa de algún modo a los tiempos más oscuros que se recuerden. Sobre todo, si sigue vigente. Algo tendrá que hacer la justicia al respecto. Y también la sociedad civil. Y el Ejecutivo. Y hasta la comunidad internacional. Pronto. Digamos antes de que llegue el ultraje al río, por no decir otra cosa.

Escribía al principio que este artículo dista enormidades de ser una columna de opinión. Lo reafirmo: Es una expresión de cansancio. La esperanza enfrenta una trabajosa borrasca de retos”.

Tampoco es gracia el episodio de Coatepeque, en el que comunitarios retuvieron al alcalde para la “reconexión” de la energía eléctrica. No le creo al jefe edil su versión de que se quedó negociando por su gusto durante casi 40 horas. Y me parece que el Ministerio Público debería actuar con toda voluntad para aclarar el hecho, así como el Gobierno cumplir sus funciones para solucionar el conflicto. Postergar ese problema solo lo hará más terrible. Si los cobros son excesivos y el alumbrado público deviene en arbitrariedad, que el Congreso tome cartas en el asunto. Pero ya no podemos darnos el lujo de que, cada cierto tiempo, el Estado brille por su indiferencia en casos como este. Insisto: Algo tendrá que hacer la justicia al respecto. Y también la sociedad civil. Y el Ejecutivo. Y la parte empresarial involucrada. Pronto. Digamos antes de que la ingobernabilidad llegue al río, por no decir otra cosa.

La vaguedad de las modificaciones a la Ley Electoral y de Partidos Políticos es, asimismo, otra razón de confusión. Ni los aspirantes ni los periodistas ni las autoridades saben exactamente a qué atenerse. Es saludable y ecuánime que todas las agrupaciones dispongan de la misma oportunidad en los medios y en sus gastos de campaña. Pero la trampa radica en que, por la ambigüedad en la redacción de ciertos artículos, esa conquista tan necesaria termine haciendo daño. Algo tendrá que hacer la justicia al respecto. Y también la sociedad civil. Y en este caso, el Tribunal Supremo Electoral. O la Corte de Constitucionalidad. Pronto. Digamos antes de que llegue la sinrazón al río, por no decir otra cosa.

Algo tendrá que hacer la justicia al respecto. Y también la sociedad civil. Y el Ejecutivo. Y hasta la comunidad internacional”.

Un abogado a quien aprecio me decía la semana pasada que resulta sumamente fatigoso participar en el debate nacional en estos días, porque la polarización es tal, que uno siempre termina peleado con alguien, por más ecuánime que sea. Y está en lo correcto: Opinar con matices y sin hígado es, con frecuencia, castigado con el insulto feroz o la descalificación despiadada. No dan ganas de esgrimir argumentos en una reunión cualquiera, menos públicamente. La discrepancia en nuestro medio se volvió motivo de enemistad y de odio, en vez de ser un camino para enriquecer las propuestas. Algo tendrá que hacer el liderazgo responsable al respecto. Y también los aún no tan contaminados con la patológica disputa. Y en algunos casos, de nuevo la justicia. O los que proclaman ser de la nueva política. Y los jóvenes. Pronto. Digamos antes de que llegue la agresión al río, por no decir otra cosa.

Escribía al principio que este artículo dista enormidades de ser una columna de opinión. Lo reafirmo: Es una expresión de cansancio. La esperanza enfrenta una trabajosa borrasca de retos. Monótona. Repetitiva. Necia. A veces uno quisiera tomar el primer tren y no pensar en la estación que viene. Solo dejar atrás la estéril refriega de nuestra ceguera obsoleta. Algo tendrá que hacer la conciencia colectiva al respecto. Y también lo que nos quede de aquel sentido de ética que tal vez nunca  tuvimos. Hasta los milagros son bienvenidos. Pronto. Lo antes posible. En el término de la distancia. Digamos antes de que la violencia llegue al río, por no decir otra cosa.