El día que añoré a Hitler

"No es edificante ni agradable toparse con un nazi del siglo XXI. Aunque haya infinidad de ellos. Aunque proclamen que luchan por la patria y que protegen el concepto más básico (e irreal) de familia, ese que no tolera lo disfuncional ni lo 'diferente'".

El día que añoré a Hitler

Ayer me encontré con un nazi. En realidad, neonazi. O algo similar. Conversar con él me recordó el rechazo que me causan las películas de la Segunda Guerra Mundial, en las que soldados alemanes maltratan y humillan a judíos indefensos, y los conducen con infamia a los campos de concentración. Fue desagradable el episodio. Se acercó a hablarme en un desafiante tono que aparentaba un supuesto respeto, que no era tal. Paulatinamente, su expresión se agrió. Lo vi rabioso en sus argumentos; exaltado. Con mucho odio hacia “los otros”. Ahora que escribo, aún siento que sigue frente a mí. Me da entre miedo y repulsión su enardecida mirada de esvástica, a un ritmo de ochenta ocho parpadeos por minuto. Especialmente cuando menciona a Dios con una euforia desenfrenada. O cuando se describe como un patriota rematado, capaz de dar la vida con tal de librar al país de ideologías extremistas. Bueno, siempre y cuando el extremismo no sea el que él profesa.  Porque el suyo no es radical, sino “necesario”.

No es edificante ni agradable toparse con un nazi del siglo XXI. Aunque haya infinidad de ellos. Aunque proclamen que luchan por la patria y que protegen el concepto más básico (e irreal) de familia, ese que no tolera lo disfuncional ni lo 'diferente"".

En eso se asemeja a los fanáticos rivales: solo sus extremistas representan la virtud. Y dice también ser un acérrimo defensor de la familia, aunque su concepto de esta sea más bien básico, excluyente y hasta cruel. No me entusiasma contradecirlo. Es inútil. La estructura de su discurso exuda una rigidez delirante. En la “charla”, únicamente sus datos son los correctos. Los míos, si atino a esbozar algún tímido comentario, provienen de fuentes interesadas o adolecen de un peligroso sesgo. Así de atento es para descalificar mis opiniones, cada vez que oso rebatirle. Su Dios no solo es mejor que el mío; además, posee una categoría suprema para la humanidad entera. A ese Dios le debe, según él, su prosperidad tan bendecida. Lo nazi lo disimula un poco cuando toca este tema. Mi impresión es que, a su criterio, Dios le es ideológicamente afín. Pienso para mis adentros que jamás lo quisiera de jefe. Ni de socio. Ni de amigo. Es tajante para defender a sus adeptos y grosero para denostar a quienes le desagradan. Es asimismo un misógino obvio; no lo esconde para nada. Siento pena por su mujer. Y sobre todo por sus subalternas. Por supuesto, también odia a los homosexuales. Cómo no. Sostiene sin embargo que, mientras no se metan con él, los ignora. Lo cual tiendo a dudar. Muy probablemente se horrorice de imaginar que un gay se le acerque, porque le revelará algo definitivo para su intimidad. Son conjeturas mías, lo acepto. Pero casi podría asegurarlo. Hay muchos así. Y la mayoría son muy similares.

Respecto a la coyuntura, incurre en una extraña contradicción. En su análisis histórico de los desmanes del nazismo en sitios nefastos como Auschwitz o Buchenwald, pone en duda las dimensiones del Holocausto judío, pero simpatiza con lo que llama la valiente y soberana decisión “del Trump de Guatemala” (así se refiere a él) de trasladar la embajada a Jerusalén. Insólito de verdad. Discordante. Aunque no tanto. No es la primera vez que oigo sin sentidos como ese. Intuyo, además, que en cualquier momento se proclamará “genio” y hará alarde de su estabilidad mental. Solo lo intuyo. Ahora que empieza a desarrollar su visión paternalista hacia los indígenas noto, sin demasiado esfuerzo, la arrogancia de su absoluto convencimiento acerca de la superioridad de razas. En eso es súper nazi. Curiosamente, él integra el grupo ario, no el “inferior”.  Y es caritativo, para más señas. Detesta las “fake news”. Pero de nuevo, si favorecen sus causas, son “ingeniosas”.

Pienso para mis adentros que jamás lo quisiera de jefe. Ni de socio. Ni de amigo. Es tajante para defender a sus adeptos y grosero para denostar a quienes le desagradan. Es asimismo un misógino obvio; no lo esconde para nada. Siento pena por su mujer. Y sobre todo por sus subalternas".

Acusa a la prensa de “vendida” por publicar noticias sin fundamento, pero no se tienta el alma para señalar a algunos periodistas de “faferos”, sin pruebas para afirmarlo. Cuando se lo menciono, se defiende diciendo que “ha visto fotos en las redes sociales”. Es decir, nada. En materia de argumentos, digo. Con su actitud evidencia el SS que lleva en el corazón; su Gestapo espiritual.

Y es entonces cuando me acuerdo de un colega hondureño, muy amable y querendón, cuyo nombre de pila es Hitler. Sí, Hitler. Lo conocí en Nueva York hará unos cinco años. Y lo ubico en mi memoria como un ser dulce y servicial; de esos pocos que se ganan la simpatía instantánea por su autenticidad bonachona. Nada que ver con el abominable personaje del bigotito que creó una maquinaria de muerte durante la Segunda Guerra Mundial, secundado por una jauría de monstruos. Monstruos que, vale apuntarlo, se han repetido a lo largo de la historia, aquí y allá.

No es edificante ni agradable toparse con un nazi del siglo XXI. Aunque haya infinidad de ellos. Aunque proclamen que luchan por la patria y que protegen el concepto más básico (e irreal) de familia, ese que no tolera lo disfuncional ni lo “diferente”. Oyendo a este nazi, neonazi o lo que sea, me ocurre de pronto algo inaudito y casi grotesco. Para abstraerme de su prepotente palabrería, pienso en el dulce y jovial colega hondureño que conocí en Manhattan.

Es la primera vez en mi vida que, por raro que parezca, preferiría a Hitler enfrente en vez de tener que lidiar con este despojo de ser humano de mirada enardecida, cuyos ojos de esvástica se revelan en tono amenazante y cruel, a un ritmo de ochenta y ocho parpadeos por minuto.