El suicidio por gotero del día a día

“En este desierto de confusiones fabricadas a la medida de ‘los clientes’, aún perviven los indignados con visión e ideales, que no se conforman y que siguen dándole lata al hampa y a los obtusos”.

Los políticos hacen sus cuentas. No solo para cobrar comisiones ilegales o para definir el sobreprecio de una obra determinada. También miden y meditan a partir de la presión a la que se ven sometidos. Suman y restan, a veces con temor. Pero solo a veces. Por lo regular, calculan sus números y descubren que la ciudadanía ejercida, aunque ahora más pendiente, es ostensiblemente menor a la que se precisa para que la maquinaria del Estado trabaje a la altura de nuestros desafíos. Los políticos, por mucho, prefieren dividir. Y así lo hacen. Sin miramientos. Con descaro. A la cínica. Igual a quienes mueven los hilos de la desinformación y de las campañas del miedo. Igual a quienes atizan los fuegos del odio. Igual a quienes no conceden rendija para que alguien llame a un acuerdo. Igual a quienes pretenden sembrar el caos publicando rumores sin fundamento. De ahí la polarización inacabable y siempre tan a las órdenes. Esa polarización que fascina a quienes detentan poder, porque la energía social que debiera invertirse en seguirles los pasos (especialmente los malos) a los que deciden en nombre de la colectividad, se va en hígados de redes sociales o en columnas hirientes que despedazan “al otro”, si es posible hasta deshumanizarlo. Lo cual es pésimo para cualquier proceso de democratización (real) de una sociedad, o para la inaplazable depuración del Estado que no termina de cuajar en sus sistemáticos embates, siempre a contracorriente. Es así como descuidamos, a lo grande, a quienes dicen “sí” a los contratos viciados y mafiosos, con sobornos por doquier, o a quienes dicen “no”, bajo condiciones similares de podredumbre, a leyes que podrían mitigar la conflictividad, o bien salvar miles de vidas.

Maravilloso sería que la conciencia, la solidaridad y el entendimiento se multiplicaran. Que hubiera voces, cada vez en mayores proporciones y tonos, exigiendo un comportamiento digno y decoroso de quienes dicen luchar por la gente, o que se jactan desde cualquier micrófono de ser paladines de las causas justas. Claro que, en medio del torbellino de iniquidades, todavía quedan voces valientes y valiosas. Voces dispuestas a jugársela.

En este desierto de confusiones fabricadas a la medida de “los clientes”, aún perviven los indignados con visión e ideales, que no se conforman y que siguen dándole lata al hampa y a los obtusos. Ese ruido de esperanza se nota, con cierta intensidad, gracias a quienes patalean y no se cansan de quejarse por lo ruin del sistema, o por la desfachatez de muchos pseudo líderes que pululan por los diferentes espacios del espectro mediático, así como por los podridos corredores del Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial.

Me fastidia escribir esto, pero de nada sirve que me lo calle: las protestas de 2015, habiendo sido grandiosas en comparación con la apatía que marcó por décadas a nuestra cruenta historia, no alcanzaron para empujar lo suficiente la impostergable “limpia” que tanto exige Guatemala. Nos falta romper con las patologías de país que arrastramos desde quién sabe cuándo. No logramos resolver la lucha armada. Ni el racismo. Ni el resentimiento. Ni la desconfianza. Ni el análisis hepático. Ni la vocación por destruir. Ni la descalificación despiadada. Ni la tendencia “cultural “ a las movidas corruptas. Ni la desigualdad. Ni las superficialidades de la clase media. Ni el reguetón mental de miles de jóvenes. Ni el wannabismo burdo de los arribistas. Ni la apología de lo sanguinario. Ni el descaro vil de los vividores del conflicto (de derecha e izquierda). Ni casi nada.

En cuanto se nos brinda la oportunidad nos lanzamos a los cuadriláteros de la palabra, como pendencieros a medio lodazal, a evidenciar nuestras disputas y nuestros rencores.

El cortoplacismo cerril nos aprisiona las ideas. El egoísmo infame. El WhatsApp saturado de campañas negras. La envidia profesional que se suda. La demagogia vulgar que dice defender a los desposeídos. Las vestiduras rasgadas con hipocresía. El conservadurismo ignorante. El suicidio por gotero del día a día.