Caiga quien caiga

Por decencia, la magistrada Blanca Stalling debería renunciar. Y también para darle un respiro a la Corte Suprema de Justicia que está que arde. No veo por dónde haya un argumento válido para aceptar como “normal” la charla que se recoge en la grabación hecha por el juez Carlos Ruano Pineda. Ella hablaba con un subalterno que iba a deliberar en un caso en el que se encuentra procesado su hijo. Y menciona la expresión “medida sustitutiva”, entre otras varias que la ponen en entredicho. Y justifica a su vástago. Y sugiere una teoría de la trama. Es grotesco oírla. Nada menos. Y también revelador.

Defenderse desde la llanura sería más decoroso para su imagen. No digo con esto que sea culpable. Para llegar hasta ahí debe haber un debido proceso. Y seguramente lo habrá. Lo cierto es que la denuncia del juez Ruano Pineda, sumada a la reproducción de la plática entre él y Stalling, vuelve a posicionar al Ministerio Público y la CICIG en el frente de batalla. Y nos recuerda, por enésima vez, que aquí la lucha contra las mafias no es cosa de niños.

Recuerdo ahora ese 10 de octubre de 2014. La entonces Corte de Constitucionalidad amparaba provisionalmente a quienes esgrimían que se había elegido a los magistrados de “la Suprema” con arreglos inaceptables y anomalías infames. Hubo caras largas aquella tarde. E intimidaciones. Oí vociferar a uno de los cómplices de esa componenda, blandiendo la amenaza de que iba a meter a la cárcel a los responsables de semejante “aberración jurídica”, que traía consigo lo “impensable”, es decir, que no hubiera cambio de autoridades judiciales el 13 de ese mes. Después ya sabemos lo que ocurrió. Y la Corte quedó integrada. Para muchos, como absoluta garantía de impunidad. Como se acostumbraba hasta entonces. Como había sido siempre.

Pero un año más tarde, el panorama era distinto: casi un gabinete entero estaba en prisión preventiva. La corrupción se había vuelto “el tema”. Y después salieron dos de ese grupo de trece que llegaron al pleno del Organismo Judicial.

El agua sigue pasando debajo del puente. Mucho más de lo que nos hubiéramos podido imaginar hace 25 meses, pero menos de lo que la situación amerita, por lo grave de sus características.

Es fundamental que no se pierda en el camino la aprobación de la reforma constitucional. Con los ajustes necesarios y pragmáticos que necesita. Sin la obstinación del “todo o nada” ni la cerrazón conservadora del “nada a toda costa”.

No hay tales de “nueva política”. Ésta sólo podrá surgir de los procesos en marcha, si sus desenlaces son lo suficientemente contundentes como para cimbrar aún más a la sociedad. Porque para que haya “nueva política” se precisa de una justicia renovada y fortalecida que pierda el miedo y que pase, a su vez, por una depuración. Eso mismo tendrá que suceder en el Congreso, lo cual va en camino con el inminente retiro de inmunidad de varios diputados.

En realidad, esos casos paradigmáticos deben ser útiles para educar a una generación que, esperemos, ya no verá como “normales” las sucias componendas, los tratos bajo la mesa, los negocios turbios, los sobornos cuantiosos ni las “pláticas de rutina” que son putrefactos ejemplos de tráfico de influencias. Por ello, reitero e insisto: Blanca Stalling debería renunciar. Por dignidad. Por decoro. Por decencia. La Corte Suprema de Justicia tiene un tsunami a las puertas. El Ministerio Público y la CICIG están de regreso.

Confío en que pronto destapen más cloacas de corrupción. En los tres poderes del Estado. De hoy, de ayer y de anteayer. De un lado y del otro. De este gremio y de aquel. Para un nuevo país, la consigna es que la justicia siga de frente, con el debido proceso, “caiga quien caiga”.